Norteamericanos, canadienses, incluso rusos han llegado al valle de Casablanca a degustar los vinos de Loma Larga. Y esa es precisamente la apuesta de Felipe Díaz: vinos con personalidad que den que hablar, que traspasen fronteras y sean capaces de competir con los franceses, los españoles y los californianos. Desde una pequeña bodega, que atesora la historia incipiente de esta viña boutique, y donde se pueden hacer catas verticales a partir de la primera cosecha del 2004, hablamos con el que lleva las riendas de este negocio familiar.
por Macarena Ríos R. / fotografía Teresa Lamas G.
Sencillo y de bajo perfil, habla con la propiedad del que tiene una viña chateau, del que ha dedicado años de su vida a estudiar sus suelos, a medir temperaturas y a embarcarse con cepas fuera de lo común. A probar, catar y comparar para ofrecer un producto diferente y desmarcarse de lo típico que se hace en el valle. Sin ser enólogo, sabe donde plantar malbec, el suelo que necesita un syrah, los cuidados de un cabernet franc y también sabe que es el lugar —Lo Ovalle, una de las zonas más frías del valle de Casablanca—, el que les permite hacer este vino. Vinos redondos gracias a las bajas temperaturas que permiten que la maduración sea lenta.
Con una producción acotada, para Felipe no solo el pinot noir es carta en el valle de Casablanca, también lo son el syrah, el malbec y el caballito de batalla de la viña: el cabernet franc, único en Casablanca.
TINTOS EN CASABLANCA
Hijo del abogado Patricio Díaz Quiroga y Rosa Santelices, pasó su infancia en un campo, Agua del Palo, a los pies del cerro Manquehue, cuando todavía no se urbanizaba. Sus vecinos eran las familias Rabat y Mena, con los que hacía turno para ir al colegio Tabacura. “Siempre me gustó el campo, andar a caballo, la vida al aire libre”.
En los años ochenta su familia se abocó al forraje y las vacas lecheras. Tuvieron un campo en Osorno, donde se dedicaron a la ganadería y otro en Melipilla con una casona antigua que su padre refaccionó. Pero fue a mediados de los noventa cuando compraron un campo lechero de setecientas hectáreas que no prosperó y decidieron aventurarse con los tintos en una tierra dominada por los mostos blancos.
Un joven Felipe, ya ingeniero comercial tras un breve paso por agronomía, se hizo cargo de la viña. Como no había experiencia de ningún tipo, —salvo la de su bisabuelo que trajo vides desde Francia y las plantó en la Chacra Victoria (Santiago) —, levantó un vivero y se dispuso a plantar todo tipo de especies. “Tuve que estudiar mucho, ver qué plantábamos, cómo lo hacíamos y qué tipo de variedades. Después de un acucioso análisis de los suelos, descubrimos que teníamos varios sectores con distintas temperaturas, aptas para distintas cepas”.
Los inicios de Felipe fueron precavidos. Asesorado por Jorge Morandé, primero plantó chardonnay, sauvignon blanc y pinot noir, variedades que sabía que se iban a dar en forma segura. Pero no pasó mucho tiempo para que comenzara a experimentar con clonales.
Buscando diferenciarse y sacar el máximo potencial al lugar, Felipe, de la mano del enólogo francés Emeric Montignac, se aventuró el 2001 con los tintos cabernet franc, malbec y syrah en las laderas porque se dio cuenta de que estas cepas se adaptaban tanto al frío como al calor. La experiencia estaba: un cabernet franc que se da muy bien tanto en la región fría del Loire en Francia, como en las zonas calurosas de California, o un Malbec que brilla de la misma manera en la región calurosa de Mendoza, que en Cahors, Francia.
¿Cómo fue la primera cosecha?
La primera cosecha fue syrah, pinot noir y chardonnay el 2004. Cuando saqué mi primer syrah invité a los periodistas especializados César Fredes y Patricio Tapia, con buenos resultados. En ese tiempo Tapia le puso 91 puntos en Descorchados. Tenía todas las características de un buen vino y fue una gracia, porque eran parras de solo tres años.
¿Fuiste arriesgado?
Es que el riesgo uno lo va midiendo. Para mí, el mayor riesgo es injertar.
¿Qué venden?
Un vino de terroir, pero no un terroir marketero, sino que somos especialistas en Casablanca. Al final el vino se hace en los viñedos y esa es nuestra apuesta: Que en la bodega tenga el mínimo de intervención posible.
¿Mitos del vino?
No necesariamente un vino es bueno porque estuvo en guarda, o porque tiene madera, o porque tiene corcho. La gracia del vino es la fruta, es la uva, es hacerlo ahí, en el viñedo. Para los vinos frescos (pinot, chardonnay, sauvignon), la tapa rosca anda impecable.
¿Syrah o shiraz?
Se puede decir de las dos maneras.
¿Se diluyó la ruta del vino en Casablanca?
Está agarrando vuelo. Cuando se hizo cargo Georgiana (Cúneo), con su mentalidad empresarial, le dio un giro importante al turismo en el valle. En la industria han ido cambiando las tendencias. Hay interés por las viñas chicas. Nosotros ofrecemos catas, paseos a caballo, en helicóptero, que se convierten en un plus para quienes nos visitan.
¿Tienes algún vino reserva?
En Chile un vino reserva o gran reserva no significa nada. En España, un gran reserva tiene que estar mínimo dos años en barrica. Acá hay muchos vinos que dicen ser reservas pero que en vez de estar en guarda, están madurados con chips o duelas o taninos de madera. ¿Para qué confundir? Cuando un vino reserva es barato sabemos que no está guardado en barricas, sino que es una argucia de marketing.
LOMAS DEL VALLE
“La madera es un invento francés que otorga mayor complejidad al vino, pero uno puede hacer vinos sin madera, más frutosos”, se decía Felipe. Y el tiempo le dio la razón. El 2009 desarrolló una nueva línea de varietales que coincidió con la llegada del enólogo francés Cèdric Nicolle: Lomas del Valle. Vinos más frescos, plantados en el mismo terroir y con las mismas variedades de su línea Loma Larga: sauvignon blanc, chardonnay, pinnot noir, merlot, malbec, cabernet franc y syrah, a los que sumó los ensamblajes rose/ cabernet franc y Quinteto.
El frío del valle de Casablanca y la ausencia de guarda en barricas, les imprimió a sus nuevos vinos un frescor y acidez natural, que los tienen muy bien evaluados y les ha permitido un mayor volumen productivo. Vinos sin madera, vinos con pura fruta, vinos puros que expresan lo que es el lugar. “El que sabe, lo aprecia. Acá es original, pero en la zona del Loire, de donde viene Cèdric, se da mucho”.
¿El desafío más grande?
Ser una bodega con concepto chateau (que todo se hace aquí) y competir con las bodegas industriales, dueños de una economía de escala potente y cuyo discurso es que les acomoda el vino bueno y barato, porque el gran negocio de ellos es el volumen.
¿Qué ha significado tu alianza con Miguel Torres?
Era lo que esperábamos. Ellos aportan la logística y nosotros, un producto distinto. Somos complemento. Este es un negocio a largo plazo en el que me tengo que especializar en producir vinos distintos. Nuestra mejor inversión es que nos visiten en la viña: clientes, importadores, distribuidores, dueños de restorans, somelliers. Queremos que el vino sea el mejor embajador.
¿Tu brazo derecho?
Mi familia, mi señora, mi papá, que siempre estuvo involucrado en el tema.
EN FAMILIA
Casado con la encantadora Daniela Muzard, periodista y encargada de los eventos y las comunicaciones de este emprendimiento familiar, hoy viven en Santiago, pero fin de semana por medio vuelven a refugiarse en la centenaria construcción de adobe, tejas y pisos de baldosas que los acogió recién casados: la casa patronal del fundo en Casablanca.
Y mientras el negocio de la viña iba creciendo también lo hizo la familia con la llegada de Daniela (13), Augusta (11) y Dominga (6). “Los primeros años fueron titánicos, muy difíciles”, comenta Daniela. “Pero aunque muchas veces nos dijeron que era una locura, ha sido maravilloso. Hemos visto crecer las parras, el proceso de la uva, ha sido toda una aventura”.
Con una producción de un millón novecientos mil kilos, de los cuales cerca del veinte por ciento los destina a bodega, Loma Larga (www.lomamarga.com) exporta a Brasil, Estados Unidos, Inglaterra y Australia. El resto lo vende como uva Premium a otras viñas.
¿El vino ícono en Loma Larga?
Rapsodia, un ensamblaje de cabernet franc, malbec y syrah que va directo a barricas de roble francés.
¿Tu apuesta?
Ofrecer vinos con personalidad como el cabernet franc, que es frecuentemente identificado en las catas a ciegas. Cuando te reconocen un vino, es porque tiene valor.
¿El próximo paso?
Como ya llevamos tiempo en este negocio, el gran desafío que viene ahora es hacer catas comparativas internacionales. Cuando uno sabe que tiene algo bueno, la mejor inversión es que te visiten, que te conozcan. Mi idea es traer a los gurús del mundo, a un Robert Parker, un Jay Miller, una Jancis Robinson. Los periodistas especializados deben mostrarles más alternativas al consumidor.
¿El secreto del éxito?
Mantener el nivel de los vinos, que tengan personalidad y sean equilibrados. Y seguir diferenciándonos.
“Hay que entender que cada variedad demanda ciertas características. Más que llenarte de asesores, primero tienes que estudiar el tema, porque cada lugar es distinto. El gallo que lo hace mal acá, es porque es bruto”.