Nació en Santiago pero vivió toda su vida en Concepción. Acá se inspiró con la belleza del verde y del mar cerca de Talcahuano, pero también conoció el lado oscuro: no tener dinero para costear talleres de pintura, artistas que se negaban a enseñarle gratis y puertas que se cerraban porque no tenía un nombre, ni contactos, ni estudios formales. Le tocó una realidad desagradable, pero él se vengó retratándola lo más bellamente que pudo.
Monserrat Quezada L. / fotografías Sonja San Martín D.
Entrar a una sala cuyas paredes estén cubiertas con las telas de Sergio Martínez es un golpe a los sentidos. Sí, a todos. La armonía, los colores, las texturas que logra reflejar, llevan de inmediato a imaginar el sabor de esa manzana, el olor de la tierra durante ese amanecer e incluso la suavidad de una piel. Y no es casualidad: “busco producir estímulos visuales que se parezcan a otros placeres: el del gusto, el de un aroma, el de la música. Yo creo que inevitablemente los perseguimos, pero por una cuestión de tendencias la plástica le ha dado la espalda, y el concepto hoy día pareciera ser el único fin reconocido o valorado que podría tener una obra plástica. Pero si uno lo piensa bien, es difícil que alguien anteponga otras cosas al placer, y eso me gusta reflejarlo”.
LA PARTIDA
Sergio Martínez nació en Santiago el año 1966 y vivió con sus abuelos hasta los siete años en Talcahuano. Después vivió en casi todas las comunas de Concepción Metropolitano, lo que incluso lo llevó a que en su última visita fuera nombrado Hijo Ilustre de Hualpén.
Según se cuenta en la biografía que aparece en su página (www.sergiomartinez.com), fue la aprensión de sus abuelos lo que lo llevó a ser un niño tímido y a desarrollar la capacidad de observación que luego desembocaría en una notoria facilidad para el dibujo.
¿Por qué empezaste a pintar?
Lo que ocurre es que, cuando eres niño, si no eres bueno para el fútbol o las matemáticas, estás perdido, entonces tenía que buscar algo de lo cual sentirme orgulloso. Es como aferrarse a algo en una edad en que tienes muchas inseguridades, ganas de identificarte con cosas, querer agradar. Yo no tenía ningún referente relacionado a la pintura pero era bueno para dibujar, entonces siempre llevaba algún monito de regalo para cumpleaños de mis tíos o fiestas, pero yo sentía que era algo de niños y que ellos también lo veían así. A fines de la básica, sin embargo, los profesores empezaron a mostrar sorpresa al ver mis dibujos y me di cuenta de que algo había ahí.
Pero según tu biografía también incursionaste en la poesía y en la música…
Claro, me encantaba sufrir (risas). Transformaba mi sufrimiento en una melodía en guitarra, le ponía letra y alcanzaba a hacer todo lo que me permitía la duración de ese sentimiento. Se me ocurre que ahora los chicos lo expresan en plan gótico o haciendo graffitis, pero es lo mismo. Ahora que he conocido escritores no me atrevería a decir que lo mío era poesía, y lo mismo con la música.
¿En qué momento te diste cuenta de que la pintura era lo tuyo y no esas otras formas de expresión?
No creo que haya habido un hecho en particular, pero cada suceso se convirtió en un escalón más. Por ejemplo, el primer hecho que me activó de pequeño fue una mentira. Yo tenía que hacer un trabajo de artes plásticas y no lo había hecho, y un hermano de mi madre bueno para dibujar se fue a quedar a mi casa. Me vio que muy tarde iba a empezar a dibujar y me dijo que me durmiera, que él lo tendría listo en la mañana. Al otro día encontré una escena de unos pescadores entrando un bote al agua, similar a la idea que yo tenía, pero con más personajes, más complejo. Como no tenía otra opción, lo presenté, y por supuesto causó conmoción. Al comienzo me sentía mal pero al poco rato me encantó el reconocimiento. Y me logré sobreponer y me lo adjudiqué (risas), pero junto con eso, me di cuenta de que estaba asumiendo un compromiso. Supe que con un esfuerzo mucho mayor de lo normal, lo podría haber conseguido igual. Eso fue lo que me obligó a que ese fuera mi punto de referencia, que mis próximos trabajos tenían que estar a ese nivel. Esa fue una de las primeras cosas que me impulsó.
¿Y luego de eso te matriculaste en algún taller?
Luego de eso, fue un pintor profesional al liceo a darnos una charla, y fue la primera vez que vi óleo en tubos, para mí sólo existía en tarros. Vi la intensidad de los pigmentos y su plasticidad y quedé tremendamente sorprendido. Empecé a experimentar con éste y entendí que había algo que me podía permitir muchísimo más. Pero tuve que descubrirlo solo, porque no tenía dinero para costear clases de pintura y el pintor que había conocido no me quiso aceptar becado en su taller.
¿Cómo te sientes respecto a eso?
Por una parte, es lamentable porque si me hubieran enseñado hubiese ganado tiempo. A lo mejor lo que estoy haciendo ahora lo hubiese hecho hace diez años y ahora estaría haciendo lo que viene después. Por otra parte, siento que fue bueno porque tuve más libertad de creación, me fui por el lado que quise. Pero en su minuto, dolió.
LO REAL
El “lado que quiso” Sergio Martínez fue el realismo, o hiperrealismo como dirían otros, y es este estilo el que le ha dado el reconocimiento que hoy ostenta y que lo ha llevado a tener un envidiable trabajo en una Galería de España.
¿Por qué te decidiste por esa corriente?
Siempre me salió así. Tengo técnica suficiente y he visto la cantidad de obras necesarias como para probar con el surrealismo, pero me nace pintar así. Cuando estaba en Chile, estaba influenciado por el medio para decidir qué hacía y ser más aceptado y vivir de esto, pero en España trabajo hace seis años exclusivamente para una galería que tiene el compromiso de comprarme todo lo que hago y nunca me han sugerido qué pintar.
¿Cómo se gestó tu viaje a España?
A comienzos del ‘90 había un proyecto de hacer una sala de exposiciones en el hall de entrada del Teatro Concepción que se iba a inaugurar con una muestra mía. Había trabajado durante más de un año en ella y dos meses antes de la inauguración, se truncó. Así que tenía muchas obras que me gustaban mucho y empecé a buscar dónde exponerlas. Había una comisión que se repetía en muchas salas y que elegía quiénes iban a exponer, dónde y cuándo y, quizás un poco por las ganas de repetirse entre ellos, tenían muy copados los calendarios y ni siquiera para otro año me prestaban salas. Para ellos era fácil porque nadie me conocía y no había tenido formación, etc. Así que agarré mis cuadros y nos fuimos a Noruega, donde mi mujer tenía un contacto, y a Alemania. Estuvimos tres meses en cada país. Ahí expuse en cafés, centros culturales, vendí algunos cuadros, cosas de ese estilo. Y cuando volví, ridículamente pensé que como había estado afuera, me podía ir mejor acá, y lo más gracioso fue que sí, que me prestaron tres salas para regodearme.
¿Y expusiste en las tres?
La Municipal no porque era muy grande pero en las otras sí. De hecho, en la Sala Universitaria fue un momento histórico porque en esa época conocí a Nibaldo Mosciatti, quien me apoyó muy fuerte con la difusión. Hasta ese entonces, la gente no sabía que no cobraban en las exposiciones y las personas más sencillas no entraban por eso. Mosciatti entendió que yo quería que TODOS fueran e incluso hubo difusión en radio El Carbón de Lota, y vino mucha gente de esa zona, una cantidad de personas inimaginable. Yo a veces me quedaba parado en la escalera porque no podía entrar. Era impresionante. Esa fue la exposición más alegre, más espectacular en cuanto a eso, a lo que se pudo generar.
¿Qué te decían esas personas, que quizás era primera vez que iban a una exposición?
Hubo señoras que me besaban la mano, gente que me regalaba flores. En ese entonces no existía ni el mall y todo era local. En ese contexto, una exposición, que normalmente le interesa a tres pelagatos, se transformó en un megaevento.
¿A qué crees que se debe tu éxito?
Pienso que cualquiera podría llegar mucho más allá en lo que hace si se exige mucho, si sus puntos de referencia siempre los está subiendo, si es que siempre opta por la parte más complicada en vez de la más fácil. Creo que, sobre todo en pintura, hay mucha gente guiándose por lo más fácil, por lo probado, por la fórmula, pero lo que yo he logrado se debe a que hago justamente lo contrario.
“En Chile, estaba influenciado por el medio para decidir cómo pintaba y ser más aceptado, pero en España trabajo hace seis años exclusivamente para una galería que tiene el compromiso de comprarme todo lo que hago y nunca me han sugerido qué pintar”.