Toda fábula china tiene una línea difusa que separa fantasía de realidad; también hay en esos relatos un núcleo basado en sucesos reales. Es el caso de la Orden de la Grulla, y los muchos relatos en su rededor.
Uno de esos, cuenta acerca de un salteador de caminos, feroz y despiadado. Se ocultaba tras la apariencia de apacible labriego. Se instalaba en la vía a Ch'ang-an a esperar a sus víctimas. Siempre cargaba un rastrillo, inocente herramienta con que destrozaba el cráneo de quienes atacaba. Diestro como nadie, en otra época había sido un maestro en el manejo de la maza; más aún, había sido un gran guerrero que llegó a comandar una unidad militar. Pero, en una purga hecha por la actual emperatriz, debió refugiarse en los montes. Así, la esquiva fortuna lo había llevado a este oficio de acechar cada día esperando una oportunidad.
Un día caluroso, vio venir a un jinete y su sirviente marchando a pie. El jinete montaba un bello corcel, vestía ropa de seda y cruzaba su pecho un morral. El bandido escrutó al joven y al criado y estimó que había llegado la tarea de ese día. Caminó rápido y les dio alcance. Al pasar junto al sirviente vio que era un hombre de aspecto tosco, que cargaba una espada a la espalda. Luego pasó junto al jinete, entonces reparó en su belleza excepcional, casi femenina. El relato incorpora un diálogo entre el supuesto campesino y el hermoso doncel. Finalmente el bandido hace de una vez su trabajo. Ataca de súbito al joven con un solo y contundente golpe, mientras el criado se da a la fuga. Al registrar el cuerpo del muerto nada halló. Pero en el morral había un monedero bien lleno y un sobre de pape, que arrugó y lanzó al borde del camino. Recogió el rastrillo, montó el caballo y cabalgó buscando al sirviente. Los cadáveres del infortunado mozo y su sirviente fueron hallados más tarde y conducidos a un pueblito cercano. Ahí, los aldeanos comentaron acerca de las dos nuevas víctimas del "Lobo del Camino Real", el temible salteador del que nadie sobrevivía para contar cómo era su mirada funesta. Pero además, todos quedaron fascinados por los rasgos y figura del joven que aún muerto conservaba intacta su belleza sorprendente.
En tanto, un grupo de viajeros recogió una carta hecha un ovillo, y siendo que tenía un lacre oficial, la entregaron en un puesto de guardia. El documento lo firmaba el gobernador de Ching-chow, e iba dirigida a su majestad la emperatriz, y decía: "El portador de la presente, el joven Wei An-Tsing, ha pedido a este fiel súbdito interceder ante Su Majestad para ser admitido en la Orden de la Grulla, y servir a Su Majestad y al Imperio, como es deber de todo súbdito calificado para tal puesto. El joven Wei, como su Majestad podrá verificar, está dotado de atributos que le dan justo derecho a aspirar al alto honor de formar parte del selecto grupo que reúne la Orden de la Grulla. Yo mismo estoy dispuesto a garantizar con mi vida el desempeño de este mozo en el ejercicio del arte de la nube y de la lluvia, cosa que practica con extraordinaria competencia, siendo como es, dueño de una rara y vigorosa belleza sub-abdominal". Ciertamente la emperatriz Wu lamentó no haber recibido a tan bien recomendado joven y no haber comprobado su excepcional naturaleza.
Wu Tse-tien había nacido el año 625. Muy joven había ingresado a la corte donde no tardó en llamar la atención, y después enloquecer al emperador Tai-Tsung, fundador de la dinastía T’ang. El emperador solo tuvo ojos y tiempo para Wu Tse-tien que se dice, “le mordía la salud y lo extenuaba, como el mar gasta los promontorios”. Cuando murió el emperador, bastante joven por lo demás, su hijo conservó para sí a la fogosa preferida de su padre e incluso la hizo su esposa. Pero, la mujer era hábil y manipuló como quiso a Kao-Tsung. Pasó el tiempo y en el año 690 Kao-Tsung murió de manera extraña. Su ya muy famosa mujer hizo encarcelar a sus propios hijos, persiguió y eliminó a todo posible conspirador, e hizo una depuración en el ejército hasta no dejar a ningún oficial leal a la dinastía. Entonces, tras barrer con todo vestigio de la familia T’ang, quiso fundar una nueva descendencia a la que denominó Chou.
Tras siete años en el poder y cuando cumplía ella misma setenta y dos, formó un harem de mancebos para su propio disfrute y deleite. Su curiosa escuela erótica de jovencitos era llamada La Orden de la Grulla. La abastecían los gobernadores provinciales que, buscando congraciarse con la temible tirana, le enviaban los mejores ejemplares varoniles de cada reino. La señora Wu murió el año 705; y cuentan que a su edad aún estaba muy activa y animosa. Tras su desaparición, la dinastía T’ang fue restablecida, y se prolongó por dos siglos de pleno esplendor.