Charles Aznavour vuelve a Santiago el 18 de mayo a cuatro días de cumplir ochenta y nueve años. Su penúltima visita, en 2008, fue promocionada como la gira de despedida. Hizo un show soberbio en Espacio Riesco, donde lo lógico fue preguntarse el por qué del retiro si artísticamente lucía en forma.
Y así lo tenemos de vuelta, el cartel solo dice su nombre, nada de un eventual adiós. Con los cantantes y músicos populares en categoría de estrellas, sucede una exigencia que lentamente se ha diluido mientras la expectativa de vida aumenta: ser eternamente jóvenes y que, ojalá, sus gargantas se mantengan intactas.
En 1994 cuando The Rolling Stones anunciaron la gira Voodoo lounge, la prensa hizo mucho chiste sobre si tocarían en sillas de ruedas. Por esos días apenas se encaramaban en la cincuentena, los años que hoy lucen en el carné U2, Red Hot Chili Peppers y miembros de Pearl Jam. Indudablemente hay un factor estético involucrado, la presunción de una lozanía eterna. Pero es un poco iluso. La edad y la experiencia solo suman bonos en otras categorías artísticas. No importa mucho cuántos años tiene un pintor, un director de orquesta, un cineasta. Incluso, si guarda relevancia, es a favor. Denota experiencia, conocimiento, finalmente maestría.
Paul McCartney, que cumple setenta y uno el próximo mes, ha dicho que no ve ninguna razón para pensar en el retiro. Cher se ha ido oficialmente tres veces y sigue. Ozzy Osbourne hizo una gira de despedida en ¡1992! y lo tendremos en Chile con Black Sabbath por primera vez en octubre, más encima con el primer álbum de la alineación original en treinta y cinco años. Las leyendas
viven un tercer tiempo y solo nos queda disfrutar la posibilidad.