Hace muchos años, un colega y amigo compartía algunas observaciones personales conmigo sobre la importancia de una imagen país en el mundo entero. Y no me refiero a un eslogan como el que se aprovechó de exportar a raíz de lo sucedido en la mina San José: "Do it the chilean way" -cosa que apoyo-, sino más bien, a íconos habitables que conmemoren "algo" importante de Chile y su historia pasada o reciente. Frente a esto último, era fácil invitar a la memoria casos como el Coliseo en Italia, la Torre Eiffel en Francia o la Ópera de Sidney en Australia, entre muchos otros casos.
José Pedro Vicente, Arquitecto. Pontificia UC. Santiago.
Cuando tratábamos de referirnos a Chile, no había nada construido por el hombre por lo cual nos sintiéramos orgullosos de transformarlo en una de nuestras postales como símbolo de identidad nacional, a no ser que sigamos insistiendo en las casas de adobe de San Pedro de Atacama o en una torre con antenas en el centro de Santiago. A pesar de esto, no nos quedábamos atrás. Efectivamente, contamos con muchas postales en las que se exhiben, por ejemplo, las Torres del Paine, el desierto florido, las grandes masas de hielo antártico o la Cordillera de Los Andes, es decir, no sólo nos identificamos, sino también, nos enorgullece -y con toda razón- a partir de un conjunto de bienes naturales. Era ahí la conclusión de mi distinguido colega: todo lo que llama la atención de Chile fuera del territorio nacional, le pertenece a la naturaleza, y todo lo que llama la atención en países de otros continentes, está hecho por el hombre. Por lo tanto, terminaba cuestionándose por el rol del arquitecto en nuestro país, formulando afirmaciones contradictorias que se barajaban entre "lo mucho que nos queda por hacer", o bien, "no hay nada que podamos hacer".
Luego de estas reflexiones y volviendo a NY, no podíamos terminar sin mencionar uno de los íconos más representativos de Estados Unidos: la Estatua de la Libertad, una imagen que conmemora el centenario de la independencia y libertad frente a la opresión, y por la cual, junto con sentirse identificados, son reconocidos en el mundo entero. Cualquiera de las dos alternativas subraya que dicho objeto le es muy propio, sin embargo y curiosamente, su origen es francés, producto de una alianza estratégica franco-estadounidense que buscaba consolidar la amistad entre ambos países.
Uno de los datos que la hace más francesa aún, es quien se hace cargo de su resistencia estructural, nada más ni nada menos que Gustave Eiffel, el mismo personaje que se hizo responsable de la torre que identifica a París. En este caso y a diferencia de la anterior, tuvo que diseñar una estructura metálica que quedaría oculta por las planchas de cobre que se utilizaron como revestimiento. El producto definitivo alcanza una altura total de 92,99 metros, sumando base y estatua, lo que consigue, junto con su ubicación estratégica, una presencia significativa entre los elementos que conforman la ciudad. Situada en la isla de la Libertad, paradójicamente lo que antes fue una base militar, se hace cargo de reciclar las fortificaciones y transformarlas en el pedestal que sostiene tan importante concepto.
Independiente del costo económico que significó concretar este proyecto, abordando todo tipo de colectas, participación privada, aportes internacionales y de las innumerables gestiones que debieron realizarse para definir lugar, autoría del distrito a cargo, mantención y administración, cabe mencionar las palabras de uno de los grandes de la arquitectura, el distinguido Richard Rogers. Él sostiene que toda inversión que no esté directamente relacionada con la retribución inmediata, lamentablemente no es de interés. Algo así como el ejercicio de las inmobiliarias, las cuales compran, proyectan, edifican e idealmente venden "en verde", es decir, el negocio se concreta satisfactoriamente antes de terminar, de no ser así, la operación ya no seduce.
En este otro caso, tenemos una evidencia empírica de que sí podemos embarcarnos en proyectos de largo aliento, sobre todo, en pro de la imagen de un país. La estatua con más de cien años de coparticipación urbana recibe más de tres millones de visitas al año -dejando de lado el desajuste que significó el múltiple atentado del 11 de septiembre- por lo tanto, basta con hacer el cálculo entre la venta de tickets y la sumatoria de sus externalidades, es decir, los beneficios colaterales propios de su presencia. Cabe destacar que este tipo de edificaciones, con su debida mantención, permanece en la ciudad -por siglos- sin que haya intenciones de derribarlas. Distinto es el destino, al menos en Chile, de los edificios con la misma antigüedad.
Pd: Estimada alcaldesa: le insisto, tenemos que hacer una gaviota habitable -con todo el programa comercial que tienen todos los hitos urbanos- como el gran símbolo de Chile en el mundo. Que no nos ganen otras regiones.
Pd: Ahora sí, The End.