¿Imagina usted los poemas de Sabella como base para una obra musical? ¿Y que, además, los interpretó en alguna oportunidad Víctor Jara en guitarra? Pues sí. Existe. Sabelliades a Ruiseñor Rojo.
Pero vayamos por parte:
Andrés recuerda los primeros acordes de música en casa de su abuela Delfina Tello, en Copiapó. Ella era quien entonaba sus canciones de cuna, tratando de reemplazar a la madre ausente, cuando Andrés era un niño pequeño.
Recordamos la voz de la abuelita Delfina, cantándonos en la infancia. Ella tomaba la guitarra, pasados los sesenta años, y punteaba y cantaba, y si había que girar “en un pie de cueca”, sacaba pañuelo y lo cumplía.
En sus años de estudiante de leyes en Santiago escribía boleros, que cantaba en sus noches de bohemia. Andrés cita:
Oreste Plath cuenta, en el libro El Santiago que se fue, que en el bar ‘La Antoñana’ el poeta Manolo Segalá preparaba el sánguche de los pobres, pan untado con ají, mientras cantaban boleros con letra de Andrés Sabella.
Andrés era un gran admirador del tango, ritmo que escuchaba con sus amigos en el bar Shangay Lily de calle Bandera.
Sabella fue uno de los fundadores del Club de Jazz de Santiago. Recuerdo las tardes en que en Santiago escuchábamos llorando Saint Louis Blues y luego asistíamos noche a noche a las ‘jam sessions’ del trepidante ‘Dragón Rojo’, en calle Bandera.
Es de destacar también que el poeta dibujaba todas las tardes en la soledad de su casa escuchando música de jazz.
En otra “Linterna”, Andrés relata un episodio pleno de antofagastinidad: Un 14 de febrero se juntó el grupo de antofagastinos, que estudiaba en Santiago, en un conocido bar-salón de fiesta-restorán, llamado El Rosedal. Allí le pidieron al pianista, también antofagastino, que tocara el vals Antofagasta, en homenaje al aniversario de la ciudad. Les salió tan bien, tan entonado, que decidieron volverlo a cantar, lo repitieron nuevamente, y otra vez, y otra vez hasta completar ¡diecisiete veces!, para desesperación de los otros habitués, que no eran antofagastinos. Y, por supuesto, cada una de las interpretaciones iba acompañada de las respectivas copas de vino y los ¡salud! por nuestra ciudad.
El Coro de la Universidad del Norte lanzó un disco con los poemas de Andrés Sabella y que fue reproducido en un CD en los años 2000.
En 1963, Andrés, junto a sus amigos, el compositor Gustavo Becerra y el cantante lírico Hans Stein, organizaron las primeras Semanas Culturales del Partido Comunista de Chile y Andrés escribió las canciones de Altacopa. Surgió un precioso libro que se llama Canciones de Altacopa, cantata en 120 versos y una sed. Estos poemas fueron publicados también en la revista Patrimonio Cultural en su número llamado “Salud” y que dedica varias páginas a esta obra de Andrés. Surgió así Sabelliades para Ruiseñor Rojo. Gustavo Becerra puso música a los poemas ‘El burro en camiseta’, ‘Dibujo de Enero’, ‘Lengua de Erizo’, ‘Balleto Azul Marino’, ‘Canción Abierta’, ‘Niños jugando entre las Tumbas ́, ‘Canto y No Canto al Primero de Mayo’, ‘Otoño’, ‘Sebastián Vásquez’, que fueron interpretados por el tenor Hans Stein (1963). He aquí uno de los poemas musicalizados:
CANCIÓN ABIERTA
Digo: Paz.
Dilo conmigo
Sonríe la fragua
de labio plural;
se abrazan el agua,
la sed y la sal.
Digo: Paz.
Dilo conmigo
Danzan el arado
y el martillo puro,
Un aire sagrado
repite el conjuro.
Digo: Paz.
Dilo conmigo
El pianista y compositor Fernando García, con la soprano Gabriela Lehmann, interpretaron Sabelliades en el Salón de Honor de la Universidad de Chile y luego en el Teatro de Coihaique. Radio Beethoven de Santiago retrasmite Sabelliades, interpretado por coros. En Internet apareció una noticia: en un Festival de Coros en Lima, Perú, se interpretaron estas canciones de Sabella.
Y, como broche de oro, en el Festival de Música Contemporánea, de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, Sabelliades fue interpretado por la cantante Claudia Pereira, acompañada por el pianista David Inzunza, en la Sala Isidora Zegers, ¡el año 2012!
Sabella, entonces, no solo tiene presencia en la literatura sino también en la música. A casi veinticuatro años de su muerte, ¡Andrés más presente que nunca!