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EDICIÓN | Abril 2013

Oro Verde

La ruta del cactus

Voy a contarles un secreto: en el norte, en la región de Tarapacá, es posible realizar la Ruta de los Cactus, un viaje por el día a lo largo de un gradiente altitudinal, desde la costa hasta el altiplano. Allí se encuentran catorce especies de cactus distribuidas entre los quinientos y cuatro mil metros de altitud. Tal como en el país de las maravillas, este recorrido es una ruta pomposa cargada de valor patrimonial, bellezas indómitas y, lo mejor, lo desconocido.

por Soraya Valdivieso V. / fotografía Arturo Kirberg

Para abrirse paso por esta ruta les recomiendo conseguir el libro realizado por la bióloga Raquel Pinto y el doctor Arturo Kirberg: Cactus del extremo norte de Chile, guía con la cual hicimos este maravilloso viaje y conseguimos el objetivo: observar el oro verde del norte.

El amanecer nos indica que es hora de partir. Son las siete de la mañana y, ansiosos, tomamos la carretera A5, saliendo desde Iquique. Nuestro destino final es Cariquima, pequeña localidad ubicada en el altiplano, a doscientos treinta kilómetros. Necesariamente portamos agua, sombreros, comida liviana y binoculares.

Subiendo el acantilado que separa a Iquique del desierto, irrumpimos entre dunas de arena color dorado y recovecos entre cerros. De pronto y radicalmente se presenta la Cordillera de la Costa. Nos encontramos entre los quinientos y novecientos metros sobre el nivel del mar. La vista es insospechada, porque entre medio de curvas y recovecos, encontramos un ángulo que nos permite observar el magno Pacífico de frente. Cuesta respirar de lo sorprendente que es.

Aquí conocemos un impresionante micro hábitat, que pareciera ser una zona habitada por pequeños nomos. Las piedras entre la quebrada están decoradas por hermosos líquenes de colores fluorescentes y comunidades de cactus que, sobre la cumbre, hacen gala de una asombrosa estructura, conteniéndose de forma extraordinaria en abruptas caídas hacia el mar.

Al observar detenidamente, podemos comprender lo que relata nuestra guía: estamos insertos en un ecosistema de niebla, lo que significa que la bruma atrapada en los cerros permite el desarrollo de vegetación. Uno de los puntos en contra de este entorno es que cuando la niebla es muy densa, es fácil perder la orientación y caminar sin rumbo.

Todas las especies que habitan este sector viven en condiciones de extrema sequedad y dependen solo del manto de niebla y de algunas lluvias esporádicas producidas por el fenómeno del Niño.
Muchos de estos ejemplares están entre la vida y la muerte; sin embargo, al enterarnos de los beneficios al medioambiente que aportan estos “faroles de espinas”, comprendemos lo fundamental que es protegerlos. Las especies que habitan esta zona son Eulychnia, Opuntia y Eriosyce.


COMUNIDADES DEL DESIERTO

Atravesamos la Cordillera de la Costa y en el kilómetro quince de la ruta que va hacia la Panamericana, se ven, a ambos lados del camino, Tillandsiales, una vegetación estacional también conocida como el clavel del aire, pues no enraízan, sino que descansan sobre el suelo. Se ubican a los mil metros en las laderas de cerros.

El siguiente paso es cruzar el extenso trayecto de la pampa. El desierto casi absoluto nos hace quedar a todos en silencio. Recuerden que en el pueblo de Huara se toma el desvío a Colchane, como si fuéramos camino hacia Los Andes.

Boquiabiertos quedamos al divisar una figura impensada: es como el de los cuentos, de los dibujos animados y la televisión. Estamos frente al típico candelabro que todos alguna vez hemos dibujado.

Ingresamos a la precordillera a unos dos mil quinientos metros, y en las quebradas aledañas al camino comienzan a aparecer ejemplares de browningia candelaris, cactus candelabro en lenguaje simple. El libro nos explica que estos se distribuyen en un rango altitudinal muy estrecho; específicamente aquí, forman una pequeña población de alrededor de quince individuos de no más de dos metros de alto, siendo más abundantes en laderas sur. Utilizamos los binoculares para observar las comunidades de cactus a lo lejos, pero uno se puede acercar a grandes especies que están cercanas al camino.

Consumido con azúcar, su fruto es medicina para la vesícula, también se utiliza como champú, porque deja el cabello sedoso. Esta especie ha sido históricamente utilizada como leña y material de construcción, su madera es visible en casas antiguas en puertas, muebles y vigas.

Es muy probable que el bosque de esta especie haya tenido, antiguamente, mayor densidad que la actual, pues producto de la explotación maderera fue disminuyendo y, en el futuro, podría verse afectada por el auge minero en la zona. En el libro Cactus del extremo norte de Chile podemos observar que su estado de conservación es vulnerable. Hay preocupación respecto al futuro de la browningia candelaris.


ENCANTO Y SABOR

Llegamos al punto anhelado. El paisaje cambia de manera abrupta e inesperadamente un sinfín de colores comienza a resplandecer con el sol, cada vez más intenso. A orillas de la carretera se han acomodado varias especies de plantas y flores, que dan cuenta del cambio de zona. De a uno comienzan a aparecer los primeros ejemplares de corryocactus brevistylus, y nos asombramos de la sensación de pequeñez que nos provocan. Esta especie puede llegar a medir 3.5 metros de alto, pero esa no es su mayor gracia, debido a que su extensa frondosidad le confiere una característica única y prodigiosa.

Seguimos ascendiendo entre los dos mil ochocientos y tres mil quinientos metros; es aquí donde la población del cactus gigante es más abundante. Estamos en el momento justo y en el lugar correcto para ver y disfrutar el fenómeno de fructificación de esta particular especie.

Rumba es el nombre del ácido fruto que nace de este cactus. Contamos hasta diez frutos por ramas, todos muy hermosos y, desde lo alto, pareciera que se burlaran porque no podíamos alcanzarlos. Inicialmente es muy espinudo; cuando madura, las espinas caen. Miden hasta siete centímetros de diámetro, pesan doscientos ochenta gramos y, según la experta, contienen hasta dos mil trescientas semillas.

Cuando está listo para comer es liso y amarillento por fuera, con una pulpa jugosa, sabrosa y ácida. En lo personal, cuando lo probé, sentí que le hacía un favor a mi organismo porque es una bomba de vitamina C. Las semillas se deben masticar para absorber sus propiedades.

En el mercado recomiendan la rumba como medicina y últimamente también en la preparación de aperitivos. Arrancarlos desde este “árbol” tiene su dificultad, por lo que les recomiendo comer aquellos que están en buen estado en el suelo cercano. Fíjense bien, porque muchas veces hay frutos listos para ser degustados, sin hacer mucho esfuerzo. El tallo sirve de alimento para ovejas y cabras. Una maravilla de la naturaleza.

Muy pocos conocen el altiplano tarapaqueño, para la mayoría es una zona desconocida que ni siquiera pueden imaginar. Portento por su riqueza patrimonial, debería ser resguardado por la comunidad y celosamente conservado por la autoridad local. Salares, bofedales, ancestrales cerros y piedras preciosas, entre muchas otras cosas, se pueden encontrar en este maravilloso mundo. Es como estar en una versión salvaje e inhóspita del campo, pues aquí se da de todo, su tierra es fértil y generosa. Un milagro endémico.

Este sector corresponde a la gran planicie alto andina, entre los tres mil setecientos y cuatro mil trescientos metros de altitud, donde se yerguen inmensos volcanes que sobrepasan los seis mil metros. Son características de la zona sus extremas temperaturas entre el día y la noche y las precipitaciones de verano bastante localizadas.


ODA A LA PASACANA

En el kilómetro 20 desde el desvío de Cariquima, en medio de una planicie, donde crece un grupo de arbustos bajos llamados tola, reaparece, a los tres mil setecientos metros de altura, la echinopsis atacamensis, comúnmente nombrada como pasacana.

Su nombre viene del griego echinos, erizo y de opsis apariencia, por ser plantas espinudas como el erizo. Se caracteriza por ser de tronco espinudo rara vez ramificado; las flores son blancas o con tinte rosado, de entre diez y quince centímetros de diámetro y en forma de embudo.

Mide entre seis y ocho metros de alto y sus plantas adultas son las que adquieren forma de candelabro por presentar mayor ramificación. Su fruto mide cuatro a cinco centímetros de diámetro cubierto con pelos blancuzcos. Esta planta arbórea de indescriptible belleza se encuentra distribuida en Chile dentro de las regiones de Tarapacá y Antofagasta, suroeste de Bolivia, Oruro, Potosí, noreste de Argentina, Jujuy, Salta, Catamarca y Tucumán.

En cada metro recorrido, descubrimos colores y texturas que nunca antes habíamos visto. También entendemos que, a pesar de lo agreste del paisaje y de las espinas que cubren estos especiales “bosques”, también entregan sombra y frutos generosos que, seguramente, alimentaron a pastores y rebaños de otras épocas.

La naturaleza nos hace enmudecer y mientras volvemos a casa, miramos con otros ojos estos cerros y quebradas que cada día nos impresionan un poco más, por la vida que se esconde tras cada piedra que parece inerte y que, en realidad, nos pueden contar historias ancestrales... si es que estamos dispuestos a escucharlas.

RECONOCIMIENTO NACIONAL
El libro Cactus del extremo norte de Chile recibió un distinción del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, luego de resultar ganador del proceso de adquisición de libros, enmarcado en el Fondo Nacional del Libro, por lo cual la exitosa guía de fácil comprensión y excelente gráfica se encuentra disponible en la DIBAM y distribuida por la redes de bibliotecas nacionales.

Es importante destacar que el ánimo de Raquel Pinto, autora del libro, es la conservación de especies y la replantación cactácea en el interior de la región, motivo por el cual trabaja, hasta el día de hoy, con el apoyo de CONAF, realiza talleres de recuperación, viveros de investigación y replantación de especies con las escuelas ubicadas en las localidades del interior.

 

 

Salares, bofedales, ancestrales cerros y piedras preciosas, entre muchas otras cosas, se pueden encontrar en este maravilloso mundo. Es como estar en una versión salvaje e inhóspita del campo, pues aquí se da de todo, su tierra es fértil y generosa. Un milagro endémico.

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