Cientos de placas de mármol, metal o madera, repletan los santuarios de las animitas. Son testimonios de cientos de personas que por diversas razones recibieron una ayudita del cielo.
Las animitas milagrosas existen en todo el país. En las regiones de Tarapacá y Antofagasta, durante el ciclo salitrero se les rendía culto en las oficinas y en las ciudades ubicadas en la costa. Hombre o mujer que dejaba este mundo, en forma trágica y dramática, se convertía muy rápidamente en animita que hacía los milagros más difíciles. Donde la ciencia fracasaba, la animita cumplía, con la ayuda de los ángeles y demás seres del cielo.
Cientos de placas de mármol, metal o madera, repletan los santuarios de las animitas. Son testimonios de cientos de personas que por diversas razones recibieron una ayudita del cielo. Alumnos que agradecen la ayuda prestada en los exámenes. Otras que salvaron a un pariente de la muerte y hasta gratitud por haberle ayudado en sus negocios.
GRACIAS POR LOS FAVORES CONCEDIDOS
En algunas oficinas salitreras de Tarapacá se recurría al milagro que obraba la “La Patita” ¡Sí! Tal cual los chilenos llamamos a nuestros pies. Según la leyenda existen dos supuestos orígenes de esta animita. La primera versión cuenta la historia de una persona que fue asesinada alevosamente, siendo incluso descuartizada. Cuando lo enterraron advirtieron que mientras su cuerpo permanecía bajo tierra, la extremidad inferior retornaba a la superficie. El fenómeno se repetía una y otra vez.
Otros aseguraban que se trataba del pie de un niño irrespetuoso con su madre. La maldición de ella, impedía que el pie permaneciera enterrado. Hay cientos de historias en el patio del cementerio No 3., donde no es extraño encontrar a fieles seguidores de sus milagros.
Otra animita que se encuentra en el camposanto nació en Alto Hospicio. Se trata de “La Kenita” que tiene su santuario en un barrio popular de Iquique. Falleció en un accidente de motocicleta y su muerte fue macabra. Su cabeza rodó por el suelo, junto con otros miembros de su cuerpo. “Acuérdate de mí ¡oh! Piadosa Kenita” se escribió un el muro de su popular santuario. Hoy es animita más solicitada de Iquique.
ERA UNA NIÑA DE DIECISEIS AÑOS
Elvirita Guillen venía de un pueblecito del Norte Chico. Plena de optimismo encontró trabajo en la casa. Todo iba bien, los patrones estaban satisfechos. En los permisos de domingo conoció a un matrimonio, que un día cualquiera, la invitó a una fiesta. Allí conoció a un sargento, que se ofreció a acompañarla a su casa. Nadie se preocupó. Al día siguiente un disparo alteró la tranquilidad: Elvirita se había suicidado: se especula que el uniformado la forzó sexualmente y ella no pudo la vergüenza. En el cementerio No 2 de Antofagasta se le erigió un mausoleo.
Evaristo Montt es un caso aparte. Muere por la explosión de la caldera de una locomotora. Su cuerpo voló por el aire y algunas partes quedaron pegadas en un muro de calle Valdivia. Ese es su santuario, cubierto de velas y agradecimientos.
Dicen que la fe mueve montañas y también, renueva las esperanzas. Como sabe... en una de esas si prende una velita, se puede cumplir su sueño.