Cortar, tejer, bordar, enhebrar, teñir, desteñir, embarrilar, trenzar, coser, retorcer, unir, deshilar, hilar, cubrir, son parte de los gestos textiles que utiliza Macarena como lenguaje visual para entregar su propia mirada a través de sus obras.
por Lorena Cisternas M. / fotografía Andrés Gutiérrez V.
Su gusto por las artes lo trae desde la cuna. Heredera de una familia de arquitectos, dibujó desde siempre, con la libertad de crecer en un ambiente lleno de creatividad. “En mi casa el único gran pecado era no saber combinar”, recuerda Macarena Gutiérrez, artista plástica nacida en Santiago, criada en Oxford y formada en Antofagasta.
“Mi familia es amante de la estética: mi papá es arquitecto y mis dos hermanos también lo son. Además, influyó vivir en Europa, eso me dio la posibilidad de ir todos los fines de semanas a París, a Grecia, a distintos lugares y ver arte en todas partes, lo que no ocurría en Chile en 1974, que fue el año en que llegamos allá”.
Al volver a Chile, fue alumna del tradicional del Colegio San José, luego estudió Licenciatura en Artes en la Pontificia Universidad Católica de Chile, donde formó parte del primer grupo de mediadores culturales creado en Chile, el grupo de “Guías” del Museo Nacional de Bellas Artes de Chile. Pero el norte la llama, y de regreso en Antofagasta retoma su carrera a través de la gestión cultural y la realización de murales.
EUROPA Y EL ARTE
“Mis primeros cuatro años de colegio, mi primer ciclo básico, lo viví en Inglaterra, con una mentalidad mucho más abierta, con las artes a la mano. Cuando estaba en primero básico, mis papás estudiaban y yo ya me sentí independiente, autosuficiente en muchos aspectos y me sirvió para tener siempre claro lo que quería”. Macarena no escatima elogios para hablar de lo constructivo que fue su periodo de infancia, tan estimulada.
“Ya en enseñanza media, mis planes eran estudiar artes, mis padres decían que me iba a morir de hambre, que solo iba a poder tomar café. Yo pensé que tenían razón, pero sabía que era lo único que me llenaba. Estudié y saqué mi carrera y mi especialidad en la Católica. Mientras estudiaba, trabajaba en texturas, pintaba telas, y así empecé a derivar en otras cosas y, de repente, esto que era una pintura, se convirtió en algo más volumétrico y estaba haciendo una tela que ya parecía un colchón. Comencé a bordar, a tejer y así fui experimentando hasta llegar a lo que hoy hago”.
La artista, desde el comienzo de su investigación textil, ha ido experimentando con teñidos con vino, trabajando con lanas de llama, estudiando los trenzados precolombinos y aprendiendo tejido en todas las formas posibles. Usa como concepto base, la idea de comunidad que surge entre mujeres que se unen por su condición de género en una ciudad minera, a la que han llegado por diversos motivos.
Macarena siente que durante generaciones marcadas por el machismo, “la mujer se expresa a través de lo manual, donde la paciencia y el cariño se entrelazan con cada cosa que hace”.
“Yo soy de una generación a la nadie enseñó ni a tejer ni a bordar, tampoco tuve a la abuelita que me enseñara. Mi mamá nunca hizo manualidades, no tenía por dónde llegar al tema; sin embargo, intuitivamente, siempre me interesaron estas expresiones. Sentí que transformarlas en objetos de arte era una forma de poner en valor estas labores que son muy de la mujer, de la dueña de casa. En esta búsqueda entré a clases con unas abuelitas de una iglesia, y ahí se fue generando esta especie de comunidad, en la que las mujeres participan de manera tan tradicional, tejiendo, entrelazando hilos, lanas y telas”.
ANTOFAGASTA Y LA VIDA
A pesar de que Macarena no nació en Antofagasta, siente esta como la ciudad que la acoge y que se transforma en su hogar. Es aquí donde pone sus raíces tanto en lo profesional, como en lo emocional, encontrando el amor y la maternidad.
¿Cómo empezaste tu carrera como artista en Antofagasta?
Me vine de Santiago porque mi familia está en el norte. Al principio fue difícil y trabajé en otras cosas, que tenían relación con mi profesión, pero no me llenaban. Nacieron mis hijos y necesité retomar mi vocación. Quizás ahí me acerqué a las labores de casa y decidí darles otra mirada, utilizarlas como un lenguaje de expresión de arte. Siempre viéndolo del lado de la mujer, específicamente enfocada a la mujer del norte, esa que, quiera o no, está sujeta a la vida del minero. La imagen que se proyecta de nuestra zona, es la de la mujer que espera al minero en la casa cuidando todos los detalles de la vida cotidiana y donde su única manera de expresión es a través de estas manualidades como bordar y tejer.
¿Y relacionas tu trabajo con una especie de terapia colectiva?
He ido investigando este proceso de sanación que tienen las manualidades y he llegado a conclusiones contundentes respecto a los beneficios que pueden producir. Las mujeres se juntan a coser o tejer y se crea cierto tipo de comunidades.
¿Has logrado interpretar estas historias?
El año pasado pude exponer en la Sala de Arte FME, por la convocatoria de Balmaceda Arte Joven. La muestra se llamaba Comunatrama y abordaba la realidad de la mujer extranjera que llega a Antofagasta, ya sea siguiendo a un hombre o buscando una mejor vida.
Macarena es una convencida de que la energía que producen las mujeres al realizar estas labores, provoca un efecto positivo en sus vidas. “Yo no sabía qué era trabajar con lana, y el momento en que estaba aprendiendo, coincidentemente se mezcló con una serie de procesos personales que necesitaban, de alguna forma, ser sanados, y me di cuenta de que trabajar con lana o con fibra tenían un impacto beneficioso en la vida. Tejer me permitía no solo entrelazar lanas, sino que también aspectos de mi vida. Encontré en esta faceta mi medio de expresión y sanación”.
“Tejer me permitía no solo entrelazar lanas, sino que también aspectos de mi vida. Encontré en esta faceta mi medio de expresión y sanación”.