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EDICIÓN | Abril 2013

Súper Mamás

El arte de ser mamá
Súper Mamás

No hay recetas ni trucos mágicos. Ser madre es un trabajo intenso pero lleno de satisfacciones. Menos horas de sueño, cientos de preocupaciones y carreras contra el tiempo se recompensan con abrazos, sonrisas y declaraciones de amor puro y eterno.
 

por Mónica Stipicic H. y Carolina Vodanovic G.
fotografía Andrea Barceló A. / maquillaje Claudia Muñoz

Pero no a todas las mujeres la maternidad les llega de la misma forma: hay algunas que luchan años por tener hijos, otras capaces de entregar todo su amor a niños que no son propios, muchas que deben sacar adelante familias numerosas, miles que no cuentan con un marido que las apoye. Y están aquellas que deben lidiar con enfermedades que nunca imaginaron y que tienen trabajar el doble por lograr su objetivo: dejar en este mundo personas felices, plenas, realizadas y agradecidas de haber contado con una madre jugada, atrevida y, sobre todo, inquebrantable.

Carolina Durandeau y Maite:

ESPERANDO NACER

“En febrero, a la vuelta de vacaciones y tras sentir por varias semanas un fuerte dolor de estómago, consulté a un médico y las noticias no fueron buenas: tenía leucemia. Estaba en el quinto mes de embarazo de mi segunda hija, Maite, y al recibir la noticia algo cambió en mí. Desde ese día he tenido un embarazo más gozado, viendo crecer cada día mi guatita, más pausado y también más preocupado.

Gracias a Dios cuento con Cristián (su marido), quien ha sido una tremenda fuente de contención y apoyo. Me acompaña en todo, sé que estamos juntos en esto. Es un tremendo papá así que de alguna manera descanso en él, porque es de los que muda, que baña, da la comida y juega. 

Estoy aprovechando a concho todos los minutos con Agustín, mi hijo mayor, porque uno nunca sabe lo que puede pasar. Gozo las pataletas, gozo incluso cuando anda mañoso. Antes no lo hacía, pero desde que supe que estaba enferma lo llevo sagradamente todos los días a la plaza, lo meto a mi cama en las noches, le leo un cuentito. Quiero puro regalonearlo.

El doctor me dice que viva el día a día, que no proyecte. No puedo dejar de hacerlo. Ya le compré toda la ropa de invierno a Agustín y tengo lista la pieza de la Maite. 

Una vez que nazca mi hija se me viene un mes dentro de una burbuja, un mes en el cual me realizarán la primera quimioterapia y estaré desconectada de todo el mundo, inmunosuprimida. Quiero dedicarme en ese tiempo a escribir un libro a mis hijos, contarles cómo fueron pensados, que ellos sepan cómo me los imagino en el futuro, que sepan qué espero de ellos.

Esta prueba, Dios me la puso a mí porque sabe que seré capaz de salir adelante. Sabe que soy fuerte, que soy luchadora, que soy positiva y que algún día me moriré de gagá, pero no de esto”.
 

Carolina Bulnes, Roberto y Juan de Dios

ADOPCIÓN Y APEGO

“Antes de casarnos, con mi marido, Roberto Ugarte, supimos que no íbamos a poder tener hijos biológicos. Aunque fue muy fuerte, siempre supe que más que el problema tenía que ver la solución, y que adoptar iba a ser mi manera de ser mamá.

Nos casamos hace casi seis años y, como sabíamos que el proceso de adopción tomaba su tiempo, lo iniciamos de inmediato. Pero no fue tan fácil. En el primer proceso nos rechazaron por estar recién casados y, aunque en su minuto nos costó entenderlo, decidimos trabajar en eso. Fuimos a terapia para que nos ayudaran a madurar nuestra relación y a entender más lo que significa la adopción.

Cuando llevábamos dos años y medio de casados llegamos a la Fundación Chilena para la Adopción, donde fueron muy acogedores. Fuimos pasando todas las etapas. Cuando te dicen que estás lista, realmente te sientes como si estuvieras embarazada, con la única diferencia de que no tienes la seguridad de cuando llega tu guagua. En nuestro caso, Robertito llegó a los siete meses… Nunca me voy a olvidar de esa sensación, te llaman para decirte que al día siguiente puedes ir a conocerlo y esa noche es muy difícil dormir.

Lo recuerdo como una alegría inmensa, pero también con mucho nerviosismo. Él tenía cinco meses y mientras esperas la “audiencia de cuidado personal”, que es el trámite legal correspondiente, solo puedes ir a visitarlo para ir creando un vínculo. Pasan algunos días antes de que puedas llevártelo a la casa y sentirlo realmente tuyo.

Siempre quisimos tener más de uno, así que apenas terminó el trámite de adopción legal —que dura entre seis y ocho meses— empezamos el segundo proceso. Con Juan de Dios fue un poco más fácil, pero no porque el proceso lo sea, sino porque uno está mejor preparado y tiene menos temores. En su caso, esperamos diez meses a que llegara. Estoy feliz con mis dos hombres, pero no siento para nada que la fábrica esté cerrada, me encantaría tener más. 

Tengo un vínculo muy fuerte con mis hijos porque me preocupo mucho del apego en la primera etapa: los primeros días no los “presto” a nadie, los tengo mucho en brazos, les hago masajes, para ir creando lazos. Ellos están mucho conmigo. Dejé de trabajar cuando llegó Robertito por lo mismo, porque creía que ellos necesitaban mucha atención y recuperar el tiempo que no pudimos estar juntos”.

María Luz Tagle y su hijo León

NO HAY LÍMITES

“La llegada de León fue muy fuerte, muy traumática. Las ecografías nunca nos mostraron nada, el embarazo fue normal y, lamentablemente, el equipo médico que teníamos en ese momento no fue capaz de darse cuenta de que durante la gestación él no había formado correctamente sus bracitos, así que el día del parto nos encontramos de golpe con esta realidad. 

Lo primero que pensé fue qué voy a hacer, cómo voy a sacarlo adelante, pero hoy, seis años después, puedo decir que volvería a vivir todo esto de nuevo. León es un niño maravilloso, tierno, simpático y con una perseverancia increíble. 

Tengo la suerte de contar con mucha ayuda, el día que él nació, la abuela de mi marido llegó a la clínica y me dijo que no me preocupara, que todos los costos que implicara sacar a mi hijo adelante los asumiría ella. Fue así como, después de pasar por la Teletón cuando él era muy chiquitito, pudimos contar con dos terapeutas exclusivas, lo he operado tres veces en Estados Unidos y yo dejé de trabajar para dedicarme a él y sus hermanos. Después de León tuve dos hijos más. La verdad es que viví esos embarazos con mucho miedo. Aunque contaba con un gran equipo médico, hasta que no vi a mis guaguas en vivo y en directo no me quedé tranquila.

Para León nunca ha habido límites. Al principio fui yo la que me ponía trabas, pero en la terapia aprendí que él iba a hacer todo lo que se propusiera. Hoy está en el colegio (el San Benito) y comparte normalmente con el resto de los niños. Logra todo lo que se propone, nunca pide ayuda y trabaja mucho para salir adelante. Mi objetivo es sacarlo adelante y estoy segura de que lo voy a hacer un campeón. Además de las terapias, lo hago practicar natación y karate, necesito que desarrolle lo más posible sus bracitos y que aprenda a caer, porque uno de los peligros más grandes que tiene es que, al no tener el apoyo de sus manos, las caídas son peligrosas. Al colegio lo mando con casco y, lejos de provocarle conflictos con los demás niños, todos lo protegen y lo cuidan… ¡de hecho me llaman los papás preguntándome dónde compré el casco porque ahora todos quieren uno! Él vive su diferencia con total tranquilidad y he notado que el resto de sus amigos también. Siempre les he dicho que León es como Nemo, el pescadito de la película de Disney que nació con una aleta más cortita…”.

María José Rovira, Iñigo, Pedro y José

A LA UNA, A LAS DOS Y A LAS TRES…

“Estábamos en la consulta del doctor, listos para hacernos la ecografía y confirmar el embarazo, cuando el médico prendió su celular y con la cámara nos enfocó. Habíamos hecho estimulación así que sabíamos que podía ser más de uno, pero jamás nos imaginamos que veríamos tres huevitos tan perfectos. 

Al principio no lo asumimos porque pensamos que el escenario podía cambiar, pero al correr de las semanas y tras escuchar sus latidos supimos que venían para quedarse.  

Siempre pensé que serían dos niñitos y una niñita, incluso a ella le compré un par de cosas. Pero cuando nos confirmaron que eran tres hombres, cerca de la semana veinte de embarazo, empezamos a pensar en nombres y el primero que decidimos fue Iñigo, ya que a Francisco (Calleja, su marido) le encantaba. Luego vino Pedro y finalmente José.

Tuve que aprender a ser práctica. Tengo una hija de cuatro años (Valentina), con la que trabajé mucho el tema del apego, pero con los niños me he tenido que relajar. Al principio les daba papa a los tres, por lo menos una vez al día, pero me di cuenta de que me estaba volviendo loca. Ahora me saco leche y les doy, tuve que sacrificar un poco lo del apego y descomplicarme. 

También la ayuda de Francisco es fundamental; él es un santo, un colaborador total, que ayuda en todo de igual a igual. Da papa, muda, de noche estamos los dos despiertos. Es un partner total. Y la familia se ha puesto con los pañales, hicieron una “pañaletón” y también nos prestan muchas manos. Hemos tenido un montón de ayuda, los fines de semana siempre todos están dispuestos. Ha sido una prueba, pero una prueba súper bonita y estamos muy agradecidos de la vida”.

 

 

 

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