Que otras ciudades respetan más sus edificios históricos, que los parques son más extensos, que la gente hace vida de barrio, que en cada esquina hay un carrito con un sabor exótico. El tema es que el año pasado, tres millones de viajeros se atrevieron con Chile y, de ellas, la mitad se quedó a conocer la capital.
Podríamos decir que Santiago es gris, por el color oficial de la vestimenta de muchos oficinistas o por la capa de smog que hace años oculta la cordillera. Pero de acuerdo con varios artículos publicados en la prensa extranjera, también es colorido, exótico, moderno, seguro, desarrollado, tranquilo, gourmet, cultural y variopinto.
Por ejemplo, en su lista anual de 2011, el prestigioso New York Times escogió a la capital chilena como su primera recomendación dentro de un total de cuarenta y seis destinos, que incluían verdaderos rockstars del turismo internacional. Así, dejó atrás lugares como KohSamui en Tailandia, Milán y Londres, por mencionar tres ciudades que también figuraban en el top ten. La publicación describió a Santiago como un lugar con apellido de conservador, pero que con la adición de “museos modernos (como el GAM o de la Moda), hoteles de diseño elegante y restaurantes sofisticados”, se había vuelto “decididamente más vibrante”.
Lonely Planet, la biblia del mochilero, también felicitó a este nuevo Santiago, refiriéndose también a su “excitante vida nocturna”.
Si nos vamos a los rankings, el de la multinacional Mercer ubica a Santiago en el puesto noventa y uno entre las ciudades con mejor calidad de vida del mundo. En América, queda tercera, detrás de Buenos Aires y San Juan de Puerto Rico. En la medición, se consideran condiciones “duras” como infraestructura, servicios, seguridad y estabilidad política, pero también otras menos predecibles, como las posibilidades de recreación o el clima.
Otra positiva imagen se forma revisando el índice de desarrollo humano que publica todos los años el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo. En su versión 2013, el reporte titulado “El ascenso del sur: progreso humano en un mundo diverso”, revela que Chile posee un nivel de desarrollo humano “muy alto”, que lo sitúa en la posición cuarenta entre ciento ochenta y seis naciones, la puntuación más alta para Latinoamérica.
Hay cosas que objetivamente solo se ven por aquí. Tierra de sismos de grandes magnitudes, el ingenio local reproduce el efecto con una bebida típica: el terremoto. La “piscolita” también aparece destacada en varias publicaciones extranjeras, de prensa especializada o bitácoras de viajeros. Otro clásico: el “coffeewithlegs”, local donde se sirve café con vista a las generosas piernas de las garzonas.
Qué decir de la cazuela, caldo intraducible para varias lenguas extranjeras; la sopaipilla (¿chileanwaffle? ¿chilean cake?) y la marraqueta, ambas untadas en jugoso pebre.
Tenemos el récord de poseer la torre más alta de Sudamérica, y pocos kilómetros hacia el poniente, un conjunto de pasajes cerrados que conforman el patio de una serie de viviendas construidas en fachada continua a su alrededor: los cités.
A los emplazamientos “tradicionales” de turismo, como el Palacio de La Moneda, los cerros San Cristóbal y Santa Lucía y el Museo Nacional de Bellas Artes, se agregan otros tanto más atractivos para el visitante, como La Vega o la Plaza de Armas y el barrio Patronato, que reflejan —para ellos— la imagen de una capital multicultural, con sus habitantes hijos del mestizaje, aunque también acogedora de las migraciones por guerras y oportunidades comerciales. Residentes palestinos, coreanos, chinos, hindúes y peruanos; viajeros de toda América, Europa, y de forma cada vez más presente, Oriente Extremo, todos seducidos por el encanto capitalino.