Encontró en los telares mucho más que un pasatiempo. Mucho más que un trabajo e, incluso, más que una forma de manifestar su talento; la lana la sanó, tanto del alma como del cuerpo. Es lo que realmente le apasiona y, por lo mismo, quiere llevarlo más allá, con la creación de un espacio que reúna a los pequeños artistas de nuestro país.
por Mónica Stipicic H. / fotografía Andrea Barceló A.
Periodista, MBA de la UC y con un largo currículo en grandes empresas y agencias a cargo de áreas de marketing y publicidad. Francisca Santa Maríaera, a todas luces, una mujer exitosa: satisfecha en lo profesional, con cuatro niños, dueña de una preciosa casa en Chicureo y casada con un reconocido publicista.
Pero hacía rato que algo no andaba bien en ella. Su personalidad acelerada y perfeccionista empezaba a pasarle la cuenta y el cuerpo empezó a reclamar: dolores muy fuertes, períodos en que no era capaz de subir una escalera y, por ende, desesperación. El diagnóstico no fue muy alentador: sufría de fibromialgia, una enfermedad neurológica que se manifiesta en dolor crónico y generalizado.
“El año 2007 había conseguido entrar a una empresa muy grande, de esas donde la gente mata por estar. Cuando estaba ahí, mi marido tuvo una crisis y estuvo a punto de quebrar… fue muy fuerte, lo perdimos todo. Yo decidí dejar mi pega e irme a trabajar con él. Fueron tres años desde la nada, un proceso muy estresante y cuando eso terminó estaba agotada y sentí que era mi momento, que me tocaba, así que me fui a la casa, me metí a un curso para aprender a hacer telares y descubrí que era lo que realmente me apasionaba. Y de paso, me curé por completo… la enfermedad se fue para siempre”, explica.
¿Por qué telares?
Nos íbamos de vacaciones a Pucón y siempre veía estos telares colgados en las tiendas. El bichito estaba dando vueltas y decidí pedirles a mis hermanos que, en vez de complicarse con mi regalo de cumpleaños, se pusieran de acuerdo y me compraran un telar. El primer día de clases (con la profesora Ximena Roa, en Chicureo) me pasó algo muy raro; llegué y sabía hacerlo todo, me nacía, había una conexión. Encontré mi onda altiro. La lana realmente tiene alma y poderes curativos, sólo olerla produce una conexión impresionante. Para mí fue la salvación de todos los males.
¿En qué minuto decidiste dejar de hacerlo para ti y empezar a vender?Cuando la gente empezó a pedirme. Este no es un arte muy valorado, la lana es cara y la mano de obra lenta, por lo tanto, no son cosas baratas ni fáciles de vender. Pero no me gusta hacer cosas a pedido, tienen que surgir naturalmente.
¿Qué se puede hacer con un telar?
Hay, básicamente, dos tipos de telares. Uno son los de peine, para hacer vestuario y ropa de cama. El otro es el telar tapicero, que es el que permite mucho más detalles y con el que se hacen cuadros. Yo hago los dos y, muchas veces, fabrico también mi propia lana, en una rueca, hilando el vellón y mezclando distintos materiales. Es un proceso lento pero maravilloso, como estar en otro planeta.
¿Cómo es el proceso de un telar?Lo primero es un dibujo y después hay que definir los materiales, buscarlos o hacerlos y en ese proceso no solo usas lana: cáñamos, yutes, cordeles, plásticos, diarios… todo lo que se puede tejer sirve. Y recién ahí empiezas. Todo a mano, pasando las hebras de a una y después golpeando para que se apriete.
¿Es difícil desprenderte de tus trabajos para venderlos?
No, para nada. Yo los hice y puedo hacerlos de nuevo. Lo que sí me cuesta es negociar… por mí lo regalaría todo. Si a alguien le gusta mucho algo y no puede pagarlo, se lo doy. Perdí todo el apego a lo material y, lo que siento, es que he disfrutado tanto cada uno de los cuadros, que cuando los entrego estoy regalando un millón de pensamientos, un pedacito de mi alma.
MARKETING Y ARTESANÍA
“Cuando empecé me dio un poco de cargo de conciencia. Me cuestioné haberme preparado tanto para el éxito profesional para terminar tejiendo. Y empecé a darle vuelta a la idea de combinar las dos cosas y me di cuenta de que, no sólo eran compatibles, sino que se acoplaban de manera perfecta”, dice.
Así nació Nua, que en Rapa Nui significa abuela, un sitio web que debiera estar operativo a mediados de año, y que pretende reunir a pequeños artesanos, muchos de los cuales no tienen dónde exponer y, además, crear una red de proveedores a lo largo del país.
“El mundo de la artesanía es muy informal y buscar buenos proveedores es difícil. Por ejemplo, yo encontré a una señora en Empedrado, un pueblito minúsculo cerca de Constitución. La idea es darle cabida a esa gente en este lugar, para que los artesanos también podamos comprar”, explica
El gen del marketing inevitable…Terrible, no puedo escaparme. Mi idea es poder dedicarme también a eso, y tener un espacio para exponer mis propias cosas sin la presión de tener un stock gigante, porque esto bajo presión no funciona. Uno no puede crear como si fuera una máquina, quiero disfrutarlo. Tengo clarísimo que me enfermé porque soy muy exigente conmigo misma y hacer esto me convirtió en una persona mucho más pacífica, me conecté con mis emociones. Fue como volver a la Pachamama.
¿Hay negocio en esto?
-Se supone que la venta directa. Tenemos un catálogo con carro de compra y despacho a domicilio a nivel nacional. Y en una segunda etapa, queremos lanzarlo para afuera, sobre todo Estados Unidos y Europa, donde este tipo de artesanía es muy valorada. Cuando una persona participa y pone su producto se cobra una comisión sobre la venta.
¿No te asusta la informalidad de este mercado?Como son piezas únicas, las cosas tienen que estar disponibles para ser publicadas. Las otras, las que son más rápidas de hacer, deben tener un stock crítico que se va reponiendo y analizando. Pero tampoco me interesa que se transforme en un foco de estrés en mi vida.
“El mundo de la artesanía es muy informal y buscar buenos proveedores es difícil. La idea de Nua es tener un espacio para que los artesanos podamos comprar”.