Cada hoyo, cada palo, cada movimiento en la cancha, le recuerda a su madre. Por ella se inició en este deporte, tomó clases, lo hizo bien y entró en la competencia ganando no solo varios torneos, sino impulsando, además, un proyecto que la llevó a formar una escuela de golf para niños y adolescentes, hace algunos años. El golf lo tiene en su ADN y en su corazón. Es la herencia de Carmen Winkelmann y la prolongación de un lazo imperecedero.
por Verónica Ramos B. / fotografía Patricio Salfate T.
A simple vista se nota que es deportista. Alta y delgada, no pasa inadvertida entre la gente que circula por la terraza de un café, lugar de nuestra cita. Comienza a hablar y su rostro de niña se ilumina con los recuerdos de infancia y de las innumerables ocasiones que acompañó a su madre, Carmen Winkelmann, al Club de Campo Pan de Azúcar.
El golf lo conoce desde pequeña y en condiciones muy distintas a las de hoy. “Éramos cinco alumnos y, en ese entonces, existía un pasto largo, felpudo y nada más. El resto era arena y me acuerdo que nos pasaban quince pelotas, jugábamos un rato y luego, paseábamos en un caballo que mi madre nos había comprado. Nos formaron en el swing, pero no jugábamos en la cancha”.
A pesar de que Claudine Copetta (38) siempre vio en su madre una gran pasión por los deportes (golf, esquí y windsurf), no se dio el tiempo para practicarlos. Recién a los veintisiete años, motivada por Carmen, entró a la cancha de césped para participar en un campeonato de parejas entre madre e hija. Practicó y tomó clases en Santiago. Cada tres meses volvía a retomar el aprendizaje para superar su juego, afinar los tiros... hasta que lo lograba.
¿Ella siempre fue tu motor?
Comencé a jugar en el año 2002 porque me dejó diez clases pagadas con el profesor y me dijo: ¡no me hagas perder la plata, tú tienes todos los atributos para jugar!
Nada contra eso...
¡No! ¡Nada! Dejaba a mi hija en el colegio y me iba a las clases. Entre las prácticas se apoderó de mí el orgullo y me repetía ¡cómo no voy a ser capaz! ¡Cómo no podré superarme!
¿Se te hizo muy difícil?
Yo sentía que me costaba avanzar o tirar más largo, pero sabía que podía dar mucho más. Lo que me gusta del golf es que nunca terminas de aprender, nunca terminas de mejorar y siempre es una competencia, pero contigo mismo.
AMOR EN EL GREEN
Claudine continúa hilando su historia marcada por intensos episodios. En un momento se le corta la voz y bebe agua. En marzo de este año se cumplió un año de la muerte de su madre, producto de un cáncer. “En el año 2011 la operaron y durante su quimioterapia me dijo que debíamos ir a esquiar, porque tal vez sería la última vez. ¡Lo pasamos espectacular! Fue muy bonito y gratificante poderla acompañar durante todo ese tiempo. No quedó nada pendiente”, cuenta emocionada.
Detrás de todo esto, ¿sientes una gran admiración por tu madre?
Mi madre, antes de que le dieran todos los dolores, se fue al Club Médico a jugar y ganó el campeonato de golf... ¡hasta las últimas siempre ganando! Ella hacía algo para ganar, era muy competitiva y creo que eso yo no lo tengo (se ríe).
¿Juegas porque lo disfrutas?
Así es, para mí es un placer... el golf es una terapia. Yo no compito con los demás, disfruto con mi juego y con la naturaleza. Si he tenido algún malestar físico, como lumbago, ¡juego igual! Incluso participé en varios campeonatos con mi dolor y salí en segundo lugar en dos ocasiones. La verdad, es que juego golf por amor al arte y por apoyar campeonatos que son por una causa. ¡No me doy por vencida y siempre doy la pelea!
¿Conociste a tu pareja gracias al golf?
¡El me conoció a mí! (risas). Supo que yo jugaba golf y se propuso que su mujer debía ser golfista.
Entonces, ¿él te conquistó?
Yo había enviado una carta al Club de Golf Pan de Azúcar para que me dejaran jugar, porque salir a la cancha tenía un costo alto para mí y en ese entonces estaba estudiando. Rodrigo era parte del directorio del club y me llamó. Yo pensé que era por lo de la carta, pero era para invitarme a un café. Cambié el café por un juego de golf. Fue muy simpático y desde entonces estamos juntos, hace once años.
¿Fue muy crítico con tu juego?
¡No! Rodrigo encontraba que tenía un swing precioso (risas). Me motivó siempre a mejorar y a tomar clases.
HOMENAJE A GUILLERMO ENCINA
Una lesión en su espalda, le impidió a Claudine, años atrás, continuar con el golf en términos de competencia. Se alejó de los campeonatos, pero no de este deporte. Motivada por enseñar a niños, habló con su profesor y le propuso crear una escuela de golf. Junto a su pareja, Rodrigo Tapia, lo plantearon a la Federación de Golf en Santiago y, en el verano del año 2004, comenzaron a dar forma al proyecto. Estuvo un año aprendiendo la metodología para enseñar y entregando por completo toda su pasión.
Tres años después, recuperada de su dolencia, participó en un campeonato internacional y obtuvo el Primer Neto. “Este es el primer premio más importante a ese nivel. Gané otros, pero eran torneos regionales”.
“En una ocasión, hace algunos años estaba practicando y se me acerca un señor y me dice ¡usted tiene un defecto en lo que está haciendo! Yo le respondí ¡sí, no soy buena en el putter, así que tengo que tomar una clase urgente! Me dice ¡por qué no lo practica de la siguiente manera! Comienzo a practicar y, la verdad, es que con muy buenos resultados. Al rato, el señor desaparece”.
¿Y quién era?
¡Era Guillermo Encina!, un ícono del golf chileno... una leyenda. Un año después, me reencontré con él en un torneo abierto. Conversamos y le comenté sobre mi idea de abrir el golf no solo a los hijos de socios, sino a nivel comunal. Invitar a los colegios y a cualquier persona que tuviese la inquietud de aprender a jugar golf. El fondo de esto, era cambiar esa concepción de que el golf es un deporte de elite.
¿Te apoyó en la idea?
Así es. En homenaje a él, a la escuela la bautizamos Guillermo Encina. Lamentablemente, después de su accidente en Granadilla, no pudimos concluir nuestro sueño, que era ampliar este deporte a la comunidad. Lo que sí logramos, en el año 2007, fue una escuela de golf en Pan de Azúcar y en La Serena Golf. Llegamos a tener setenta y dos niños y jóvenes ¡Eso fue un tremendo logro!
¿Qué truncó este sueño?
La crisis económica de ese año. Las escuelas siguieron su curso, pero de manera individual. A raíz de la escuela Guillermo Encina, renacen las escuelas de golf, con una metodología de diversión y con muchos de los elementos que nosotros implementamos.
¿Sientes nostalgia de esos años?
Es que yo sentía que eran mis niños y que sus logros eran los míos. Si me preguntan si volvería a hacerme cargo de la escuela de golf, ¡lo haría feliz!
PAREJA GANADORA
En junio del año pasado, Claudine y Rodrigo obtuvieron el Primer Neto del Torneo Peugeot realizado en La Serena. Una dura competencia regional, que les dio la posibilidad de participar, dos meses después, en Chicureo, con las mejores parejas de otros clubes, a nivel nacional. El desafío era representar a nuestro país en el Torneo Internacional de Golf de Saint- Cloud de París, en septiembre de este año.
“Tuvimos una gran desventaja, pues nuestros green no tienen la misma calidad que en Chicureo. Es otro tipo de pasto, la pelota corre más, entonces nos vimos complicados. Ahora, el juego en cancha estuvo muy bien, pero ¡nos faltaron dos palos!, de lo contrario ganamos.
A pesar de que no lograron clasificar y continuar su camino a Francia, Claudine se siente triunfadora, para ella cada torneo es una instancia que disfruta a “concho” y este año sus golpes han dado nuevos frutos. En febrero participó en el campeonato abierto de verano en el Club de Campo Pan de Azúcar, adjudicándose el primer lugar con el mejor score (ciento sesenta palos) y recibió también, el premio long drive.
¿Qué satisfacciones te ha dado el golf?
¡Muchas! Crear una escuela, que nació de una semilla y hoy es un arbolito. El tener hijas sanas. Un vínculo importante con mi pareja y la gran herencia de mi madre... el punto de partida de una hermosa relación.
“... juego golf por amor al arte y por apoyar campeonatos que son por una causa. ¡No me doy por vencida y siempre doy la pelea!".