Las colosales curvas de acero de sus obras, invitan a entrar, subir, deslizarse o esconderse, a tener un espacio de encuentro personal. Gricelda ama ver cómo esto ocurre y se emociona al recordar que las personas se apropian de ellas. Esto no solo sucede en La Serena, también en sitios tan lejanos como Rusia, Tailandia y China o en excéntricos espacios, como la montaña de un millonario estadounidense, donde se han emplazado sus obras.
por Carolina Farías O. / fotografía Patricio Salfate T.
Entra a su taller y va directo a sintonizar la radio. Su trabajo es en solitario y la música, junto a las herramientas que dan vida a sus obras, son sus únicas compañeras en largas jornadas de trabajo. Soldadora, máscara para soldar, esmeril, martillo, lima y una huincha para medir son las principales y las que lleva siempre en su maleta cuando asiste a simposios fuera de Chile. Al resto de los utensilios los extraña cuando se instala en las plazas del extranjero a trabajar junto a otros escultores.
Quería estudiar historia, pero entró a la Facultad de Arte de la Universidad Quería de Chile para aprender pintura. Un día descubrió la maravilla de forjar acero al rojo vivo, fue entonces, que pasó a ser una de las tres estudiantes de escultura de su clase.
Con la inspiración del gran formato que heredó del arquitecto español Eduardo Chillida, comenzó su historia.
Su primera muestra de gran formato fue, en el 2004, en la plaza Gabriela Mistral, con las obras Alegoría y Traslación, que le abrirían las puertas al mundo de los simposios, partiendo por México. Más tarde se sumarían a esta lista: Rusia, Tailandia, China, Estados Unidos y Argentina.
¿Por qué eliges hacer esculturas de gran formato?Me gusta la obra grande porque la puedo instalar en espacios públicos y con este formato siento que la gente se apropia de la obra. Juegan, entran, tocan y se arrastran por ellas. Es una oportunidad para recuperar lo comunitario… estamos demasiado aislados y eso no está bien.
¿Qué representa el acero para ti?
Tiene mucha fuerza y presencia por sí mismo. Observas una obra en metal y se ve monumental. No así la madera, que es más suave. El metal se impone, es atrayente, me gustan las cosas fuertes. He trabajado también adobe, pero es muy efímero.
¿Las curvas son las protagonistas de tus obras?
La curva es sensual, es dinámica; el espacio lo resuelves rápidamente con una curva, lo abres, se embellece. Eso me atrae de la curva, pero es mucho más dificultoso el trabajo. Cuando hago un boceto digo: ¡no voy a hacer nada más con curvas, va a ser algo sencillo! y ¡no! Veo que se ve armónico y aparecen de nuevo.
¿Cómo vives el proceso de tus esculturas?
Este es un trabajo muy profesional. Soy muy rigurosa, me informo, hago mis síntesis y luego dibujo, proceso que puede extenderse por semanas. Hago la maqueta y resuelvo. El punto de emoción máxima es cuando levanto la obra. El tiempo más íntimo entre la obra y yo es el momento máximo... de alegría mayor.
¿En qué te inspiras?
Cuando existe la libertad para crear. Tengo obras que tienen como temática al hombre asfixiado por la sociedad, obras que tienen espacios donde el hombre puede quedarse para encontrase consigo mismo. A esto lo llamo “recintos”.
PROVOCACIÓN Y DINAMISMO
Con el Fondart que ganó este año, Gricelda se atrevió a incorporar nuevos materiales. Las doce piezas creadas en formato pequeño se exponen actualmente en el Museo Mistraliano.
¿Por qué quisiste usar el cobre y el acero inoxidable?
Para innovar, para hacer un trabajo de color con la obra, porque al acero inoxidable lo puedo pulir y hacer texturas, lo que no me permite el acero corriente. Puedo contraponer colores, texturas y provocar un mayor dinamismo. Para mí, el cobre era un enigma. ¡Chile, con tanto cobre y yo nunca había probado trabajar con él!, es demasiado caro.
¿Cómo doblas las planchas?
Con una máquina que inventé. En ella introduzco la plancha y hago fuerza para ir haciendo la curva. Es cansador, a veces me agoto...
¿Y qué máquina te serviría para eso?
Hay una máquina que vale sobre un millón de pesos, le das las medidas de cómo quieres la curva y la hace perfecta. En cambio, la mía no es así. Como voy haciendo una fuerza manual, no siempre doy con la medida que calce con la otra pieza que debo ensamblar. Entonces tengo que inventar cómo resolver, utilizando prensas... es mucho trabajo.
¿Qué percibe el público de tu trabajo?
Los niños son súper expresivos y dicen muchas cosas sobre las obras y yo les digo: “sí, es eso”. Si bien yo puedo relatar lo que significa para mí, también me importa lo que los demás puedan pensar y sentir con la obra, y eso va a depender de cada persona, de la capacidad que cada uno tiene. Cada persona es un mundo distinto.
SIMPOSIO
El simposio que recuerda con más cariño, por lo acogedor y místico, es el que se realizó en las montañas cercanas a Boston, Estados Unidos. Debió trabajar en piedra, escoger una colina donde emplazar su trabajo y, luego de un ritual, descubrir su obra montada en las alturas.
¿Cuál es el objetivo de los simposios de escultura?
Difundir el arte y la escultura en particular. Porque la pintura está muy a la mano de las personas, no así la escultura. Y estos simposios, que es como trasladar el taller a la calle, son para demostrarle a la gente lo duro que es el trabajo. No es algo simple. La gente tiene la oportunidad de ver cómo se hace, interactuar con el artista e ir comprendiendo y apreciando más el arte. En Chile, no sé por qué no se generan. A veces se hacen una vez y mueren al otro año. Esto es importante, porque nuestras obras quedan emplazadas en la ciudad y permanecen como patrimonio cultural.
¿Cuáles son tus aspiraciones?
Me gustaría hacer un simposio en La Serena, conseguir apoyo, financiamiento y mostrar a la gente el trabajo de los escultores, y finalmente que esta ciudad se pueda quedar con ese patrimonio.
“La curva es sensual, es dinámica; el espacio lo resuelves rápidamente con una curva, lo abres, se embellece”.