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Entrevistas

EDICIÓN | Abril 2013

Mirada al conflicto mapuche

Sonia Montecino, antropóloga
Mirada al conflicto mapuche

Para entender los alcances de los enfrentamientos en territorio mapuche, es necesario escarbar varios siglos de historia, de políticas públicas justas e injustas y de una forma de relacionarnos con nuestros pueblos originarios que hoy está mostrando sus consecuencias. El relato de alguien que ha estudiado el tema, puede ayudar a desenredar está complicada madeja.

Por Mónica Stipicic H. / Fotos Andrea Barceló

Aunque es el tema del momento, no es fácil encontrar alguien que hable con propiedad del conflicto mapuche, que sea capaz de explicar con argumentos de peso sus orígenes y desarrollo.

Sin duda, Sonia Montecino es una de esas personas. Doctora en antropología, escritora y profesora de la Universidad de Chile. Ha dedicado su carrera a los estudios étnicos, perspectivas de género y análisis culinario, todo desde el punto de vista antropológico. El 2005, ganó un Altazor por su libro Mitos de Chile. Diccionario de Seres, Magias y Encantos. También es autora de Cocinas mestizas de Chile. La olla deleitosa y fue distinguida por la Real Academia de la Lengua por su libro Madres y huachos. Alegorías del mestizaje chileno.

¿Es posible establecer un comienzo del conflicto mapuche?
Desde el momento de la colonización española existe un “conflicto” con la sociedad mapuche, un proceso que ocurrió con todos los pueblos originarios de América, pero que acá cobra una particularidad porque los mapuches no fueron vencidos, sino que se estableció con ellos una relación de constantes pactos de paz. Los mapuches mantuvieron una frontera y desarrollaron su cultura defendiéndose de las incursiones coloniales a través de la guerra. Recién a fines del siglo XIX, los chilenos realizaron una arremetida frontal, transformando esa autonomía mapuche en sujeción y derrota militar. Lo paradójico es que esa incursión se denominó “Pacificación de la Araucanía” y tuvo como corolario el confinamiento de los mapuches a un sistema reduccional, con lo que sus territorios, su sistema ganadero, su cultura guerrera, su organización política y su libertad se vieron violentamente transformados.

¿Cómo se las arreglaron para no desaparecer en esas condiciones?
Esa es una particularidad de la sociedad mapuche. En estas reducciones, reelaboraron su cultura y pasaron a ser campesinos pobres, pero se acantonaron en sus sistemas de parentesco, en sus rituales y mantuvieron la memoria de las usurpaciones. Mientras tanto, el Estado de Chile decidió no continuar con la política de los parlamentos, que en el pasado colocaba a mapuches y españoles en el mismo plano de negociación, lo que situó a esta etnia en un nivel subordinado. También es interesante entender que, muy tempranamente, los mapuches buscaron continuar la lucha por sus reivindicaciones, creando organizaciones políticas como la Sociedad Caupolicán, el Frente Único Araucano, la Federación Araucana, entre otros, comprendiendo que la política podía reemplazar la violencia de la guerra. A comienzos del siglo XX, ya existía un diputado mapuche (Francisco Melivilu) y relación con algunos partidos políticos.

Uno de los principales temas del conflicto tiene que ver con las tierras, ¿cómo fue el proceso de quitarles o entregarles tierras a los mapuche?
Es un proceso complejo. En primer lugar hay que comprender que una sociedad que habitaba desde períodos prehispánicos a lo largo de todo Chile, se vio confinada a la zona sur, desde donde desarrolló sus estrategias económicas, militares y culturales, expandiéndose al otro lado de la cordillera, traficando libremente con ganado entre ambos países, estableciendo redes, desplazándose en libertad y con tierras abundantes para la reproducción de sus habitantes. Todo eso se pierde con el confinamiento, y se trata sobre todo de una pérdida simbólica porque para esta cultura la tierra significa toda la existencia… no por nada Mapuche significa “gente de la tierra”. Básicamente se trató de usurpaciones y cualquier persona puede leer en detalle las injusticias que allí se cometieron en el informe de la Comisión Verdad Histórica y Nuevo Trato, presidida por Patricio Aylwin durante el gobierno de Lagos.

CHILE, PAÍS RACISTA

“La relación histórica con el pueblo mapuche está marcada por las luchas y demandas permanentes. Constantemente están requiriendo mejoras en educación, salud y desarrollo económico para resolver su situación de pobreza”, explica.

¿Y cómo el Estado se ha hecho cargo de esas demandas?
En la década del cincuenta, el gobierno de Ibáñez creó la DASIN, una instancia de Estado abocada al desarrollo indígena, posteriormente el gobierno militar determina, mediante una ley, la propiedad individual. Los gobiernos de la Concertación, a través de la CONADI, recogen algunos anhelos, como la reparación por la pérdida de las tierras, la educación y la mantención de la lengua. Pero también en ese período surgieron nuevas agrupaciones que ampliaron las reivindicaciones: más allá de la tierra, educación y salud con pertenencia cultural, la aspiración a ser tratados como una nación autónoma o la existencia de nuevos mecanismos de participación política dentro de la sociedad chilena empiezan a ser enarbolados por un sector. Por cierto, no todos piensan igual ni están en organizaciones, eso es muy clave de comprender, pues se tiende a asociar estas con la totalidad del pueblo mapuche.

¿Es Chile un país racista?
No cabe duda. No solo hay racismo con las personas que pertenecen a pueblos originarios, sino contra quienes tienen la piel morena. Es, además, un racismo que se confunde con la segregación de clases sociales: las clases altas desprecian a las medias y bajas. Siempre se buscará una “distinción” con aquellos que no pertenecen a su mismo grupo social y existen muchas formas de discriminación, desde las del lenguaje (los rotos, los flaites), hasta las espaciales (las comunas son una clara expresión de las diferencias y de los guetos que existen en nuestro país).

Uno escucha cosas muy fuertes respecto de los mapuches, que son flojos, ignorantes, que no aportan en nada culturalmente… ¿de dónde surgen esos prejuicios?
Esos son los prejuicios del racismo. Generalmente se trata de flojos a todos aquellos que no se conducen dentro de las normas establecidas y por los modos de producción y consumo, como un modo de denostar y construir negativamente a los indígenas. Los aportes culturales del mundo indígena son enormes, solo que no nos gusta tener nada que ver con ellos, negando así nuestro propio mestizaje. Aunque no lo queramos, somos producto de una amalgama entre indígenas y europeos, así se construyó nuestro país. Como hay enorme ignorancia sobre estas culturas es imposible que la gran mayoría pueda percibir los legados y la riqueza que se encierra en las distintas maneras de concebir el mundo y las cosas. Esa ignorancia es fomentada, desde los programas educacionales hasta las industrias culturales (televisión, cine); sin duda cuando no conozco al otro no puedo quererlo, no puedo “afectarme” con su existencia. Desde mi punto de vista, esa ignorancia radica en la poca densidad cultural que ostenta el Chile contemporáneo, la banalidad en la cual se vive. El empobrecimiento del abanico de saberes sobre lo que nos ha constituido y sobre la maravillosa riqueza simbólica, literaria e histórica de los aportes del mundo indígena a Chile, nos empobrece como sociedad y habla muy mal de nuestro pretendido desarrollo y modernidad.

¿Inserción o exclusión? ¿Cuál es el término que se adapta mejor a la relación con el pueblo mapuche?
Hay que comprender que los mapuches han formado parte desde siempre de la sociedad chilena y son la base de nuestro propio mestizaje. Lo que ha sucedido es que los hemos negado, excluido, reducido, pero ello no ha significado que desaparezcan. Por el contrario, el no querer verlos es lo que los mantiene vivos en nuestra propia existencia; lo que se niega cobra más vida. Por otro lado, a través de sus organizaciones políticas y de su resistencia cultural han estado imbricados en la sociedad nacional a través de la política y ese, creo yo, es el lugar desde el cual tenemos que relacionarnos. Cuando existían los parlamentos coloniales había una relación de igual a igual y debemos volver a eso. Pero hay que partir por derribar nuestro racismo y prejuicios, nuestra ignorancia, cambiar profundamente. Este es un tema que no tiene rápida solución, se arrastra por siglos, pero es posible relacionarse y pactar a través de la política y de una nueva participación indígena.

“NADA JUSTIFICA LA VIOLENCIA”

“La violencia de hoy es la violencia de ayer, la que se ejerció en un momento determinado para despojar tierras y que abre un círculo que debe ser superado. Nada justifica la violencia, pero la historia fue implacable en ejercerla y en marcar la memoria con ella. Se deben buscar caminos políticos para evitar que ese círculo pueda mantenerse en el tiempo. Tanto los mapuches como los no mapuches que realizan actos violentos no toman conciencia de que con ello reproducen el círculo. Ahora, la violencia no solo se expresa en atentados, incendios o disparos, sino también en, por ejemplo, el auge de las forestales y sus ganancias producidas en tierras que los mapuches habitaron hace apenas un siglo, unas enriquecidas y los otros empobrecidos. Aun cuando las políticas de buena vecindad se han aplicado, no se ha llevado a cabo, por ejemplo, una política donde algunas de las ganancias de las forestales se repartan en las comunidades mapuches. A eso me refiero cuando digo que tenemos que hacer un cambio profundo en la sociedad chilena, en sus empresas, en el modelo que nos rige, para cambiar la situación con los mapuche”, aclara.

¿Es el pueblo mapuche un pueblo peligroso o violento?
Ningún pueblo es peligroso o violento, eso es pensar sesgadamente y con racismo. Lo que sucede en la historia de la humanidad es que, bajo determinadas circunstancias, aparece la violencia. Nadie nace o es violento, sino que ese sentimiento se desborda de acuerdo con los contextos.

¿Cuál es la real relación que existe entre estos dos “bandos” que conviven en el sur?
No creo que haya dos bandos, si pensamos así reproducimos el círculo de la violencia. Creo que hay muchos grupos, pensamientos, formas de comprender y comprenderse en el sur de Chile, no debemos confundirnos.

¿Cómo debe el Estado reconocer a los mapuches, como una etnia o como una nación?
Eso debería definirse políticamente, con amplia participación del mundo indígena, las autocomprensiones son las claves, nosotros no podemos determinar esa identidad, eso debería ser un proceso de larga conversación y negociación de toda la sociedad chilena.

¿Es posible saldar la deuda con el pueblo mapuche?
La complejidad del tema mapuche radica justamente en qué noción utilizamos. La deuda puede ser infinita, por lo que hay que pensar en nuevos pactos con un pueblo considerado como igual. Esa es para mí la dirección, un pacto que permita negociar las “deudas históricas”, sin víctimas ni victimarios. Por otro lado, al suscribir Chile una serie de convenciones internacionales relativas al género, derechos humanos y a la no discriminación, y específicamente el convenio 169 relacionado con los pueblos indígenas, es un deber de nuestra sociedad reflexionar y comprender a cabalidad lo que esos convenios suponen. La idea de Chile como un país plural y diverso debe hacerse realidad en nuestra cultura y no solo ser un discurso de lo políticamente correcto. Avanzar en interculturalidad, en diálogos sin prejuicios entre las distintas culturas, en conocimientos mutuos de las  visiones de mundo, de proyectos sociales compartidos, es fundamental a la hora de querer encarar las relaciones con nuestros pueblos originarios.


“No sólo hay racismo con las personas que pertenecen a pueblos originarios, sino contra quienes tienen la piel morena. Es, además, un racismo que se confunde con la segregación de clases sociales: las clases altas desprecian a las medias y bajas”.

 

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