Podría sostener que para nosotros, los artistas, el color es el lugar donde nuestro cerebro y el Universo se encuentran. Por eso el color parece tan dramático para los verdaderos creadores del arte.
Porque el color para el cerebro es más que una sensación, es una longitud de onda detectada por nuestros ojos. Y es esa sensación, sensible y entrenada, lo que finalmente permite al artista transformarse en oráculo, sin ideas preconcebidas, de donde mana lo profético.
Vemos limitadamente dentro del espectro de la luz. Nuestros ojos se limitan a ciertas frecuencias de onda; pero hay más. El proyecto ALMA —los radiotelescopios instalados en el altiplano chileno— puede ver un espectro sutilísimo de la luz, desde el ultravioleta al infrarrojo. Los radiotelescopios nos permiten detectar la luz emanada desde el origen del Universo o Big Bang, hace más de dieciocho mil millones de años atrás. Luz fosilizada.
Asimismo, nuestro robot llamado Curiosity, instalado en Marte, ha detectado y confirmado la presencia de agua gracias a un detector espectral que analiza los componentes minerales en la geología del planeta rojo, mediante la luz y el color. Agua es vida. Así como luz es color. Comprendidas las implicancias de este hilván de cosas, se entiende la íntima relación del color en la comprensión del Universo. Este y las nuevas tecnologías, le abren las puertas a la humanidad a una nueva era: la era del conocimiento, la cultura y el arte.