Escribo en Semana Santa, y no puedo evitar elegir un tema bíblico; por lo demás, el mismo Jesús nació en el Asia. Pero, resultó especialmente motivadora una conversación con mis estudiantes al analizar la influencia centroasiática sobre ese interesante personaje de las Sagradas Escrituras que es Sansón.
Sansón, que corresponde al período denominado De los Jueces, tuvo existencia real en algún momento del siglo XII-XI antes de la venida del Mesías. El personaje histórico fue un jefe de clanes hebreos quien —como otros— protegió la permanencia de la comunidad israelita en la tierra palestina. Es conocida la permanente tensión entre hebreos y filisteos, siendo estos últimos, grupos armados que obedecían órdenes de jefes que no solo no aceptaban la presencia hebrea en su país sino que estaban decididos a expulsarlos. La todavía sin consolidar comunidad hebrea no había podido constituirse en un reino sólido y organizado, como sí lo eran algunos vecinos, principalmente a causa de una poca clara continuidad en el liderazgo.
No discuto la existencia real de Sansón, que no pongo en duda; sino que quisiera apreciar desde otro ángulo su aspecto y conducta de campeón. Sansón es un forzudo de talla gigantesca, con cualidades atléticas que están más cerca de un héroe griego que de un conductor hebreo. Pero, lo que me hace levantar sospechas es su melena leonina, fuente de su fuerza titánica.
Según la leyenda que rodea al personaje, desde pequeño no se le cortó el pelo pues el Señor así se lo había indicado a su madre. Había nacido para ser el brazo armado de Yahvé para tormento y demolición de los pueblos que se oponían a Israel. Entonces, nos encontramos con un campeón que no calza con los arquetipos presentados en la secuencia desde Moisés a ese momento.
Sansón, habitualmente armado con un garrote, es casi una réplica de la imagen de Heracles, del Nimrud iranio, o incluso de formas tardías del muy conocido y celebrado Gilgamesh. Pero, la explicación la hallamos en las comunidades hititas que vivían en la región al norte de la Palestina. Los hititas eran de origen centroasiático; habían llegado a lo que hoy es Turquía, hacia el año 1600 a.C. y poseían una cultura semejante a la de otros pueblos que provenían de la misma región, como helenos, latinos e indoiranios.
En todos esos pueblos, se destaca la presencia del conductor de huestes que, para ser reconocido como tal, debía demostrar su entereza y dominio de la humana pasión (puesto que es un ser predestinado por un mandato divino) realizando una serie de pruebas casi imposibles, como matar a un monstruoso león que asuela a aldeanos temerosos y desprotegidos. Entonces, el campeón sale al encuentro de la gran fiera y la reduce tan sólo con su fuerza excepcional. Es lo que hizo Heracles con el León de Nemea; Nimrud, otro tanto; mucho antes y por más de mil años, fue aplaudido el gran Gilgamesh, matador de bestias. Gilgamesh es una imagen recuperada por los hititas, puesto que hay versiones de esa leyenda que circularon ampliamente por la región del Cercano Oriente en heteo o lengua hitita. Ese Gilgamesh hitita pudo ser la imagen inspiradora para dar más lucimiento al pacato y seco Sansón hebreo e histórico.
Igualmente interesante es la idea del pelo como fuente de fuerza. En muchas imágenes de héroes griegos, se les exhibe con frondosa y larga cabellera. La costumbre se mantuvo en polis tradicionales, como Esparta y otras de pura estirpe dórica, donde todo guerrero, aparte del buen manejo de armas y habilidades de combate, debía poseer una larga y ondulada cabellera.
Y más coincidente todavía es el caso de la bella mujer que, mal aconsejada, es utilizada por la fuerza enemiga para desposeer al campeón de su fuerza original. Usted dirá que todo eso es como forzar las comparaciones, pero hay una gran equivalencia en la inocente traición que hace Deyanira a Heracles, o cómo entrega Dalila al poderoso Sansón, o aunque parezca muy distante, el cómo Krimilda discurre el fin del semi-inmortal Sigfrido. Todos, dramas enigmáticos de procedencia centroasiática, transmitidos por siglos a través de imágenes poético-legendarias, de las cuales no fue ajena la tradición hebrea.
Sansón, fiero pelolais hebreo de la era final del bronce, hoy saca aplausos entre mis alumnos, todos de larga cabellera para envidia de su calvo profesor. Sansón, campeón de posible origen centroasiático, se alinea entre otros argumentos para interesarnos en el tema Asia dónde vamos.