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EDICIÓN | Marzo 2013

Trabajador del salitre

Por Juan Vásquez Trigo, Historiador
Trabajador del salitre

Pasa que, a veces, nos quedamos mirando la historia desde una perspectiva en que se realzan personajes que fueron hitos, pero quedan extraviados, entre sistemas y estadísticas, quienes son los principales protagonistas de la historia: los trabajadores y sus familias, sin dejar de mencionar que, en muchos casos, mujeres y niños fueron parte del proceso industrial, esencialmente humano. Son aquellos que, desde Tiliviche hasta Taltal, desde antes de 1809 y hasta nuestros tiempos, impulsaron la gesta humana del salitre, de conquistar el desierto.

El desarrollo de la industria salitrera trajo consigo la demanda por mano de obra, que debía desempeñar tareas y funciones inéditas en el Desierto de Atacama. Todo debía ser nombrado, bautizado con ingenio y sagacidad por quienes llegan a construir un mundo, con sus distintos idiomas, hasta generar uno en común, inteligible para todos. Por eso, ya en 1934, Aníbal Echeverría había publicado Vocablos salitreros, que no da abasto, porque seguirán apareciendo voces, expresiones en este cosmos inédito.

John H. Blake, en 1838, decía que “La industria del salitre en Tarapacá da trabajo a la mayoría de la población”, aconteciendo igual en Antofagasta, cuando llegó su momento de mayor producción y liderazgo. En esas oficinas que vio Blake, no solo reconoció a “obreros especializados”, sino que también a mujeres y niños que se ocupaban de reducir los bolones de caliche “al tamaño de huevos de gallina”.

Entre tantos “oficios” se hallaba el “mono de la pólvora”. W. Russell (1889) describe que al preparar un tiro, se hacía un hoyo, el que se agrandaba con una cuchara gigantesca hasta quedar lo suficientemente ancho para dejar pasar a un niño. Ese era el "mono de la pólvora", o “destazador”, que raspaba la tierra bajo el caliche (la llamada “Coba”), hasta ahuecar la taza para la carga de pólvora con el fin de romper el lecho. Y también hubo niños “matasapos” y “ralladores de bateas”, y las mujeres no solo fueron “libreteras”.  

Baldomero Lillo, que viene a las provincias del norte, a poco tiempo de los sucesos de la Escuela Santa María, da testimonios: “Basta observar por un instante al particular dentro del rajo o zanja esgrimiendo los pesados machos, maza de acero de 25 libras con las cuales se tritura el caliche, para aquilatar lo rudo de su tarea. Los rayos del sol caen sobre él encendidos y fulgurantes, envolviéndolo en una atmósfera de fuego. Ahogado y cegado por el polvo, cubierto de sudor y acosado por una sed rabiosa, lucha contra la fatiga y soporta durante diez horas la brutal jornada. Y tan penosas como éstas, en general, son las demás faenas a destajo o trato tales como las del barretero, chancador, desripiador, etc., que nuestros obreros, según su costumbre, realizan intensivamente no soltando las herramientas, sino cuando el organismo ha llegado a su último límite de extenuación y agotamiento físicos”.

En 1933, un periodista, Atilano Oróstegui, publica Cómo se vive en la pampa salitrera, que a su vez es carta al intendente de Antofagasta, dando cuenta de las duras condiciones de la jornada y los miserables sueldos, que no cubren los costos de la vida. Por entonces, los cambios ya se venían: no hace mucho había terminado el racionamiento de alimentos y cada vez las reformas, las nuevas miradas y las organizaciones obreras, lograrían modificar el contrastado y contrastante mundo pampino, que no por eso dejó de ser menos reverberante, con su sol de mediodía.

 

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