El caminante conocedor acorta tiempo y espacio en sus recovecos y el incauto se pierde en un laberinto de negocios, fuentes de soda, cafés con y sin piernas, cines o peluquerías. Los pasajes comerciales fueron concebidos como una solución para una capital del siglo XX, aunque el exceso de modernidad podría dejarlas hoy como fruto de la nostalgia.
Cuando las cuadras que componen el barrio fundacional eran realmente el epicentrode la vida en Santiago, las galerías que cruzan sus edificios eran sinónimo de varias cosas. Por ejemplo, el lugar para mirar y ser visto; para vestir el último grito de la moda; frecuentar los más finos restaurantes; y perderse en el brillo de perfumerías y joyerías. Hoy, si bien quedan algunos de sus locales “de época”, en general, el filetmignon se cambió por el italiano o el churrasco.
La aparición de ese tipo de construcciones en Chile se remonta a 1850, con el Portal Bulnes, en el costado oriente de la Plaza de Armas, o el Fernández Concha, veinte años más tarde, en la manzana sur de la misma plaza. Pero tuvo que pasar medio siglo para que empezaran a ser vistas por todo el llamado centro cívico. Claro, era la década de los treinta y se respiraba cierto aire, una corriente renovadora; muchos nuevos habitantes que venían a buscar oportunidades desde el campo, nuevas industrias, nuevas fortunas. Eso hizo ver a las autoridades que Santiago debía convertirse en una urbe moderna. Y moderna significaba, en esos tiempos, europea, ojalá, parisina. Hoy persisten cerca de setenta de estas estructuras en la capital.
La figura del arquitecto Karl Brunner selló la transformación. El centro dejaba paulatinamente de albergar los palacetes de grandes familias e iba tomando un carácter comercial y político. Brunner concibe, por un lado, el Barrio Cívico, para edificios administrativos y, por otro, la galería, una transición entre la calle pública y el negocio privado. Funciona como un atajo y conexión entre cuadras, que se adentra en edificios de mediana altura y ofrece comercio para el peatón. El centro, si bien mantiene la forma de tablero, una cuadrícula cerrada y con fachada continua, se transforma en una incipiente red; una innovación para caminar, no tan en línea recta, más bien en zigzag.La galería no fue concebida como espacio autónomo, como hoy es el mall, sino como un pasillo a otros destinos. Las viviendas emigran desde la primera planta a los pisos superiores.
Eso en lo teórico, porque en la realidad, las galerías trajeron vida a los capitalinos. Imperio, Edwards, Astor, Portal Bulnes o Fernández Concha, Paseo Phillips o el Pasaje Matte, son submundos, micro barrios, especializadas por rubro (juguetes, calzado, vestimenta), con personalidad propia. Tranquilidad frente al bullicio de los vehículos motorizados, públicos y privados; orden en medio de carreritas y empujones; sombra y cobijo cuando la temperatura y precipitaciones juegan una mala pasada.
Hubo una época en que allí se encontraba todo lo que una persona necesitaba. Hoy no y es evidente. Si bien el centro es visitado diariamente por casi dos millones de personas, el comercio se nota alicaído, en clientela, aunque no en variedad. Relojerías, lencerías, tiendas de ropa nueva y usada, deportiva y a medida, jugueterías, productos naturales, librerías, celulares, menaje, accesorios, maleterías y muchos, muchos hotdog o completos. El surgimiento de la multitienda, el caracol y desde hace tres décadas, el mall, las ha ido dejando como algo más propio de la nostalgia. No por nada, muchos jóvenes han redescubierto estas tiendas, porque se respira el lado “B”, de negocio chico, artículo exclusivo, boleta escrita a mano, ropa finísima de diseñador italiano usada, juguetes de madera, metal o porcelana, pintados artesanalmente y construidos a escala. Por otro lado, han ingresado a las galerías las tiendas de departamento y supermercados, y de vez en cuando, un anuncio de que un centro comercial remplazará con su unidad a la variedad de tiendas.
El desafío de su permanencia es el de nostalgia versus la funcionalidad.