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EDICIÓN | Marzo 2013

Una leyenda de la montaña

Guillermo Hanshing Chen, andinista
Una leyenda de la montaña

Alcanzó la cumbre del cerro Las Tórtolas en cinco ocasiones. Donó un refugio para andinistas y una placa en homenaje al centenario de Gabriela Mistral. Ambos reposan en la majestuosidad de esta montaña y representan la pasión, el espíritu y estilo de vida de este empresario de origen chino, que nació en Coquimbo y que se ha convertido en el principal promotor del montañismo en la región. Hoy a sus ochenta y dos años, no deja de soñar en un nuevo desafío.

Por Verónica Ramos B. / Fotografía: Patricio Salfate T.

“Yo quería ser químico, pero mi vida habría sido muy distinta en un laboratorio”.

Después de conocer su historia, claramente don Guillermo –como lo conocen en esta zona– le torció la mano al destino. Su vida como empresario le permitió conocer a mucha gente interesante y, su infancia, junto a un padre aventurero, le dio la posibilidad de crear un vínculo especial con el entorno y hacer del deporte, más que una simple afición.

Creció en medio de una quinta en el sector de la Pampilla, junto a sus dos hermanos y a su padre que había emigrado de China, para instalarse finalmente con un negocio de venta de muebles y bicicletas en el puerto de Coquimbo.

“Desde niños tuvimos una vida muy conectada con la naturaleza. A mi padre le encantaba hacer paseos, siempre había un panorama entretenido y como mi madre falleció cuando yo tenía ocho años, partíamos a todas partes con él”, recalca don Guillermo, y agrega con cierta nostalgia… “el contacto con la naturaleza refuerza mucho la amistad entre padre e hijo. Las caminatas, los paseos y las largas conversaciones nunca se olvidan”.

Al egresar del colegio, trabajó en el negocio de su padre y más tarde, en 1953, se instalaron en La Serena, con la entonces, conocida tienda Casa Hanshing. Cuatro años después se casó con Gisela Cornely, hija del fundador del Museo Arqueológico de esta ciudad. Cuatro hijos y once nietos forman parte de este clan, la mayoría aficionados a diferentes disciplinas deportivas.

Mientras conversamos muestra, con orgullo, una medalla al mérito por su colaboración a la primera expedición chilena al Everest, otorgada por la Federación de Andinismo. Acto seguido, saca el libro Chilenas en el Everest, obsequio de Vivianne Cuq, en agradecimiento a su apoyo para realizar un viaje de expedición en la zona.

Y así… don Guillermo busca en los muebles de su oficina, un sinfín de testimonios y evidencias que reflejan no solo el largo camino recorrido hacia las alturas, sino también, su pasión desinteresada por difundir los privilegios de nuestras cadenas montañosas, especialmente en el extranjero.

¿Su conexión con el montañismo nace, entonces, de un estilo de vida?
Mi esposa, desde pequeña, escuchó las historias de expediciones que hacía su padre a diferentes lugares. Se quedó con la inquietud que le transmitían arqueólogos e investigadores y cuando nos casamos comenzamos a entusiasmar a nuestros hijos y amigos para recorrer los diferentes cerros de la zona.

¿Y en qué momento formalizan esta afición?
Conocimos en esa época al fotógrafo Raúl Salfate, quien lamentablemente falleció. Él formó un grupo, en el año 1966, apoyado por un comandante del ejército y por el doctor Guido Díaz, para hacer salidas hacia Juntas del Toro. Cuando nos enteramos de esto, fuimos tímidamente a preguntar a Salfate si podíamos participar. Con mucho entusiasmo nos invitó y así comenzó esta historia.

En el año 1968, él y su mujer se integran formalmente al grupo Club de Esquí, Andinismo y Socorro Andino, iniciativa de Raúl Salfate. “Estaba integrado por estudiantes de la Universidad de La Serena… fue una fuerza muy grande la que logró este grupo. Llegué a ser presidente de la rama socorro andino y mi señora, presidenta de la rama femenina.
 

ALCANZAR LA CUMBRE

Entre un alto de documentos, libros y fotografías, don Guillermo nuevamente saca una carpeta. Todo lo tiene archivado. Es su bitácora de expediciones recortadas de la prensa, desde su primera ascensión en 1968, hasta hoy. Los cerros Porongo, el Molle, Juan Soldado, el Toro, La Viga, la cumbre de La Laguna y varios más forman parte de la larga lista de cerros que Hanshing, con entusiasmo y una energía envidiable, ha recorrido en más de cuarenta años.

¿El gran desafío era subir el cerro Las Tórtolas?
Así es, a pesar de que no es el más alto, porque tiene seis mil ciento sesenta metros según el Instituto Geográfico Militar, y el cerro Olivares, ubicado en el paso Agua Negra, tiene seis mil doscientos dieciséis. 

¿Cuándo cumple su objetivo?
En 1969. Un grupo de veinticinco personas subimos el cerro Las Tórtolas, pero solo seis llegamos a la cima. Esta fue la primera gran ascensión del club.

¿Físicamente, se sintió bien?
¡Bien!, y eso fue una sorpresa para mí. Tuve que liderar el grupo y preocuparme de los que se sentían mal.

¿Y el sentimiento de llegar a la cima?

Sucede algo extraordinario, porque a pesar de que cumples una meta, en ese momento no lo dimensionas. Llegar a una cumbre es un deseo de meses y años y te das cuenta de que, al llegar, terminó el esfuerzo. Surge también un fenómeno curioso: mientras vas subiendo sientes que vas atado a cadenas y cuando alcanzas la cumbre, da la sensación de que estas se soltaron. 

¿Quedan fuerzas para disfrutar la majestuosidad de la montaña?
Aunque sea unos minutos se disfruta ese espectáculo. Uno sabe que tiene solo un momento para apreciar las nubes, las cadenas de cerros y una lejanía que no tiene fin. ¡Es admirable, porque no es habitual! Unos más que otros poseen esa capacidad, porque no todos, físicamente, están bien en la cumbre.

Repitió el ascenso a Las Tórtolas cinco veces más, ¿siempre es la misma sensación?

¡La primera vez es espectacular! Después lo hice para acompañar a diferentes grupos de amigos. Esas cinco veces llegué a la cumbre, porque lo subí muchas veces más.

 

LA ODISEA DEL REFUGIO

En uno de los ascensos a Las Tórtolas, afectados por el viento, el frío y las dificultades de convivencia del grupo ante las inclemencias del tiempo y la altura, don Guillermo pensó en la necesidad de crear un refugio. Hizo las consultas, todos apoyaron la idea, pero nadie se decidió a concretarlo. Sin pensarlo mucho, solicitó a Matteo Albasini que realizara la estructura metálica. Cuando estaba listo el refugio, se dio cuenta de que no contaba con el permiso para instalarlo, ya que este cerro se encuentra dentro de los derechos de propiedad de la Mina El Indio. Finalmente, después de varias gestiones, obtuvo la autorización y el apoyo de la compañía minera.

Y ¿cómo lo instalaron?
Usted piensa que en helicóptero.

Me imagino…
¡No! No hubo helicóptero. Las estructuras metálicas se subieron por partes y en mulas (risas). Dos arrieros del lugar, Geraldo y Miguel, trabajaron en esto. Me conseguí un camión con Italo Schiappacasse, para que trasladara las piezas del refugio hasta los cuatro mil metros de altura, que es la zona donde llegan los vehículos.

¿Movilizó a todo el mundo?
¡Sí! Hubo un gran fervor para llevarlo a cabo. Ocho días estuvimos arriba y nos reunimos cerca de treinta personas. Tuvimos que probar las treinta y seis piezas del refugio para acomodarlas en las mulas. Se hizo un viaje por día. Una mula llevaba la carga importante y la otra mula; cosas más pequeñas. El trayecto era de más de un kilómetro, pero en ascenso. El refugio se instaló en los cinco mil doscientos metros del cerro, un día catorce de enero del año 2007.

¿Y lo inauguraron?
A esa altura no podíamos hacer mucho alboroto con celebración (risas). Pero sí un grupo de andinistas que colaboró en la instalación subió a la cima y luego lo utilizó. Fue una bonita experiencia y siempre me llaman para agradecer la iniciativa.

¿El andinismo es una filosofía?
Uno aprende a conocer su propia tierra y con tanta belleza, uno tiene que ir a buscarla. Es una filosofía de vida porque conduce a tener normas de alimentación, de disciplina, de equipo. Esto acerca a un ser superior y cuando estoy en la montaña siempre me quedo pensando que lo que está frente a mi vista, no es una casualidad. 

¿Tiene algún nuevo desafío pendiente?

Quiero hacer una expedición con mis nietas, hasta el refugio por lo menos. Me voy a preparar, porque quiero, además, poner un letrero de acero inoxidable que me regaló un amigo y que dice “Sector La Lagunita, 5.187 metros”. 

 

“Sucede algo extraordinario, porque a pesar de que cumples una meta, en ese momento no lo dimensionas. Llegar a una cumbre es un deseo de meses y años y te das cuenta de que al llegar a la cima, terminó el esfuerzo”.

 

 

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