Diez años trabajó en Santiago, decorando, con su arte, hoteles, centros comerciales, exposiciones de floristería e, incluso, camerinos de artistas como Eric Clapton, Phil Collins o U2, hasta que en el 2000 se cuestionó si todo lo que le estaba ocurriendo era tan solo una buena racha. Sintió el llamado de su tierra, volvió a la región que lo vio nacer y en Algarrobito —lejos del estrés y la fama obtenida en la metrópoli— instaló su taller, para empezar otra vez.
Por Carolina Farías O. / Fotografía: Patricio Salfate T.
Las cerámicas de arcilla son protagonistas de cada rincón que recorremos en la casa de Cristián. Combinadas con todo tipo de cactus y plantas dispuestas de mayor a menor en su huerta, confeccionan un escenario que, a cada paso, sorprende e invita a admirar. Y es que la simpleza y proporcionalidad de sus diseños, parecen hacernos recobrar la esencia de la naturaleza y de la tierra.
Intenso, ecológico y amistoso, a Cristián le dicen el hippie en el pueblo de Algarrobito. De pelo largo y ojos claros viene a nuestro encuentro. El telón de fondo, un magnífico cactus de grandes flores amarillas. Nos recibe contándonos acerca de la flora nativa del lugar y de la importancia de considerarla para hacer paisajismo en la región.
Se fue de Chile a los dieciocho años, cuando debía hacer el servicio militar. Tomó un bus rumbo a Mendoza, trabajó y juntó dinero para zarpar, dos años después, desde un puerto de Brasil hacia las luces de Portugal. Se instaló en España, país donde conoció a su primer amor y, después de casi dos décadas, regresó a Chile, para trabajar en las cerámicas y el paisajismo con flora nativa.
Entre senderos y siembras en terrazas, caminamos en su terreno en torno a plantas rocaceas, suculentas y cactus de variados tipos. Destacan por su altura los llamados San Pedro. Cristián nos muestra su huerta y los conjuntos que forman las cerámicas dispuestas por tamaño y con la belleza de su simplicidad. Y no menos importante, señala en un gran rincón, el compost con lombrices californianas que tiene para aprovechar los desechos y hacer un aporte a la naturaleza. Su taller no está aquí, pero este lugar perfectamente podría ser una futura tienda o sala de exposición.
LLAMADO DE LA PACHAMAMA
“Me dedicaba al paisajismo y todas estas plantas las fui recolectando y reproduciendo. Pero ya me cansé. Estoy viviendo una vida más simple. Desde hace un año estoy dedicado casi solo a las cerámicas en mi taller Cerámicas del Pacífico, en la localidad de Las Rojas”.
¿Volverías al paisajismo?
No me cierro a esa posibilidad. En el tiempo que he estado aquí, creo haber hecho uno o dos kilómetros de jardines. Entre ellos, en varias urbanizaciones de Algarrobito. Hacer un jardín en el Valle de Elqui te puede resultar muy fácil de manejar y puede ser muy ecológico si utilizas especies de acá.
Su vida como ceramista autodidacta la inició en Santiago, a fines de los años ochenta, cuando sin estar relacionado con el tema compró un taller siguiendo una corazonada. Fue un período de gran felicidad, según nos relata. Fueron diez años en que aprendió todo lo relacionado con este oficio, su negocio floreció y pudo participar en proyectos de gran interés para él. Por eso, su regreso a una vida simple y tranquila —como la cataloga— quizás puede explicarse como una necesidad de volver a lo íntimo, a un llamado de la Pachamama. Hoy está dedicado a confeccionar cerámicas de arcilla a una escala que le permita vivir tranquilo.
¿Por qué quisiste comprar esa fábrica de cerámicas?
En mi vida siempre he hecho lo que me gusta. He tenido pubs, centros naturistas, he trabajado en artesanías, fotografía analógica... pero cuando llegué de España no sabía qué iba a hacer. Me gusta cambiar.
¿Y la fábrica?
Un día supe por mi amigo Fernando Bórquez, gran paisajista, que la dueña de esa fábrica de cerámicas iba a vender y para mí fue como un amor, me latió el corazón, fue un flechazo. La compré, trabajé y me hizo inmensamente feliz. Durante esos años de trabajo hubo un reconocimiento y eso me gustó.
¿Cómo fueron tus inicios en el trabajo de la cerámica?
Nuestro taller en Santiago era muy grande, creo que debe haber sido el mejor de esos años, entre el ochenta y nueve y noventa y nueve. Hacíamos maceteros desde cinco centímetros hasta jarrones de metro noventa. Con un equipo de cinco torneros y cinco ayudantes, entregamos nuestro trabajo a hoteles como el Hyatt, Royal Regency, Marriott; a centros comerciales como el Apumanque en su patio de comidas y para la decoración exterior de Las Tacas.
¿Por qué decides dejar el éxito conseguido en Santiago?
Todo ese tiempo fue como una gran obra, donde a veces me sentía cansado y estresado y paré en un buen momento. Era conocido, tenía todo el mercado y todo el reconocimiento, pero quise parar. En Santiago trabajaba absolutamente presionado, por eso decidí vender el taller y venirme a La Serena. Estando acá, me pregunté ¿fue casualidad que hicimos cosas tan lindas y tuvimos tanto éxito? Es que nos llamaban de todas partes. Íbamos a todas las ferias de floristería que se hacían, entregábamos a los mejores jardines, incluso nos pidieron decorar los camerinos de artistas como Eric Clapton, Phill Collins y U2, cuando vinieron a tocar a Chile.
¿Quizás fue el ego?
Puede ser.
¿O sentiste el llamado de la Tierra?
Sí. Creo que hay que dejar un espacio para fundirse con ella. Mi motivación para volver a la cerámica fue ver si era capaz de hacer lo mismo, pero en un plan más tranquilo… sintiendo tener lo justo y conectándome con personas que le den valor a lo que uno hace. Hoy trabajo con el que, estimo, es el mejor tornero de Chile, mi amigo David Pardo. Me conoce e interpreta a la perfección mis conceptos y diseños. He descubierto que lo que creí casualidad no es tal, pues las piezas mantienen el estilo de antes e, incluso, diría que son mejores.
LÍNEAS SIMPLES
Compró el terreno en Algarrobito un mes de septiembre y vive allí hace doce años. Mientras nos ofrece un jugo de papayas elaborado por él, insiste en hacer un recorrido por el lugar. Nos muestra la tina de baño con dos duchas fabricadas por él y en arcilla; la ventana corredera que inventó en el techo y que reposa justo sobre la cama del dormitorio para ver las estrellas; las ventanas regaladas por un amigo y las conservas y dulces que confecciona para compartir.
¿Cómo elaboras tus piezas?
Yo no soy tornero, pero sí comprendo y sé hacer todo el trabajo. Cargo los hornos, hago esmaltados, sé todo el proceso de confección que es larguísimo.
¿Cómo es el proceso?
La arcilla se pone a remojar en un estanque por tres o cuatro días, luego se pasa por rodillos para revolver hasta que se forme una especie de plasticina. Después, se lleva a un sitio de guarda para reposar un día, tras lo cual se saca para comenzar a amasar y a modelar en el torno. Si ya está firme se lleva a una habitación de secado por dos o tres días, aislada del viento. Se carga el horno, poniendo las piezas con cierto orden para protegerlas de cualquier movimiento telúrico. Cerrado el horno se proporciona el calor necesario, atendiendo que vaya incrementándose gradualmente. Finalmente, se hacen los tratamientos de impermeabilización.
¿De dónde obtienes la arcilla?
De la zona del Panul, al interior de Coquimbo. Tiene conchitas de nácar porque es de origen marino.
¿Dónde se pueden adquirir tus cerámicas?
Como la producción es limitada, las tengo expuestas solo en dos sitios: en jardín Serena y en la tienda de decoración Aurora.
¿Cómo describirías tu trabajo?
Se trata de proporcionalidad y líneas simples. Es algo que lo debes entender y sentir de manera innata.
“He descubierto que lo que creí casualidad no es tal, pues las piezas (de arcilla) mantienen el estilo de antes e, incluso, diría que son mejores”.