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EDICIÓN | Marzo 2013

Tocando el cielo

María Isabel Carrasco Weber, piloto civil y comercial
Tocando el cielo

A los treinta y ocho años cumplió el sueño de toda una vida. Impetuosa, obstinada y autodidacta se devoraba los libros de aeronáutica, hasta que tuvo la oportunidad de hacer el curso de piloto civil, luego el de piloto comercial e, incluso, el de paracaidismo. Hoy, es la única mujer del país que se dedica al servicio de transporte aéreo y hacerlo le renueva el alma, simplemente… ¡la hace feliz!

Por Verónica Ramos B. / Fotografía: Patricio Salfate T.

Era una niña, cuando su padre la llevaba al aeródromo Tobalaba para disfrutar de un paseo dominical. Los veía de lejos. Desde el cierre perimetral, se tomaba del segundo alambre y observaba, sin descanso, cómo estas aves gigantes surcaban el cielo.

Desde entonces, su quimera fue ser piloto. Ya en la adolescencia, comenzó a indagar sobre el trabajo de la mujer en el mundo de la aviación. Corrían los años sesenta y las filas de la Fuerza Aérea en nuestro país, eran de ingreso exclusivo para hombres.

Su obstinación la llevó, a los quince años, a escribir una carta dirigida al entonces, comandante en jefe de la Fuerza Aérea, general Gustavo Leigh. Grande fue su sorpresa al recibir no una carta, sino un llamado telefónico del edecán Alserrica, quien la invitaba a su oficina para una entrevista.

¿Cuál fue el tenor de la conversación?
Me explicó que existía un plan de acuerdo internacional para dar espacio a las mujeres en diferentes áreas, pero que en nuestro país era incipiente. Me dijo que debía tener mucha paciencia, que no era el momento para mí y que en el futuro, probablemente, otras mujeres sí podrían hacerlo. Después me preguntó si había volado y le dije ¡nunca! Me contestó: ¡entonces hay que partir con eso!, y me invitó a volar dos días después.

Me imagino que no dormiste
(Risas) ¡No dormí nada! Era la primera vez que tocaría un avión. Es muy difícil de explicar… estaba muy ansiosa esperando el día.

Y llegó el momento…
Recuerdo que mi sonrisa era de oreja a oreja. Fuimos en un Cessna hacia el Cajón del Maipo y de pronto hizo un stoll, una maniobra en que el avión pierde la sustentación. Me asusté, pero al rato le estaba pidiendo otro más (risas). Me dijo ¡nada más, está claro… ya me di cuenta de que te encanta!

¿Tuviste otras opciones para ser piloto?
La única alternativa era hacer un curso de piloto civil, pero en ese entonces mis hermanos estaban en la universidad y mis padres no podían pagarlo. Con el tiempo, llegó a mis manos un folleto de la fuerza aérea norteamericana. Las mujeres estaban empezando a hacer carrera en la aviación. Le dije a mi madre ¡tengo que ir! Empecé a estudiar inglés y a prepararme académicamente, en el intertanto conocí a un amigo de mis hermanos, me enamoré y me casé.

Y ya no te quisiste ir…
Es que además, en esos años, era complicado viajar. Recuerdo que Estados Unidos estaba en conflicto con otros países, así que finalmente me quedé.

¿Eso te obligó a desistir de la idea de ser piloto?
¡Nunca! Pensé ¡tendrá que ser en otra vida! Así que entré a la universidad en Temuco y estudié tecnología médica. Trabajé en clínicas privadas y como fiscalizadora en FONASA por largos años. Paralelo a esto, nunca dejé de mirar el cielo cuando pasaban los aviones. ¡Jamás dejé de soñar!

TENACIDAD

Descendiente de familia de marinos daneses, María Isabel creó un lazo entrañable con su abuelastro ucraniano. “Con él conocí la historia. Sufrió mucho durante la Segunda Guerra Mundial y en ese sentido me enseñó importantes lecciones de vida”.

Nació en Santiago y en el ochenta se radicó en Temuco, hasta el año pasado, cuando decidió instalarse en La Serena, junto a su marido y a su socio norteamericano.

¿En qué momento cumples tu sueño de volar?
Mis dos hijos ya estaban grandes. Con mi esposo teníamos un gimnasio en Temuco y un día me dijo: ¡te has sacrificado todo este tiempo por nosotros y sé que no has podido cumplir tu sueño! En un acto de generosidad máximo me ofreció pagar el curso. En el año dos mil ¡por fin!, a los treinta y ocho años, pude hacer el curso (se emociona).

¿Cómo fue todo ese proceso?
En cinco meses hice el curso en el Club Aéreo de Temuco. Tomé todos los libros y me los devoré, porque además ya había estudiado los libros de mi hermano, cuando él estaba en la aviación.

¿Tenías sentimientos encontrados con tu hermano piloto?
Era una admiración profunda. Le planchaba su uniforme y…

¿Te pusiste alguna vez su uniforme?
¡Sí! (risas). Él no sabe, pero sí, muchas veces me lo probé.

¿Qué hiciste cuando obtuviste la licencia?
Un domingo, tomando desayuno, le comenté a mi familia que ya tenía la autorización para volar con pasajeros. Mi hija dice ¡tengo scout!, mi marido ¡tengo que arreglar el auto! Miramos a mi hijo mayor y dice ¿Y por qué yo? (risas). Finalmente volé con mi hija.

¿Cuáles fueron los siguientes pasos?
Tuve la posibilidad de hacer el curso de oficial de reserva de la Fuerza Aérea en el año 2003 pero para financiar estos gastos me fui a Santiago e hice un curso de instructora de aérobica y comencé a hacer clases en el gimnasio.

También hiciste el curso de piloto comercial
Hice el curso en un año y, la verdad, es que si estudié para ser piloto civil, para ser piloto comercial es muchísimo más, pues está al nivel de un examen de grado universitario.

Ser piloto comercial también requiere mayor responsabilidad…
El criterio es un factor tremendamente importante en un vuelo comercial. Ya no vas sola, eres responsable de personas, de bienes, etc. La seguridad es fundamental, soy muy rigurosa.

VUELOS DE SERVICIO

Conoció a su socio Philip Paul, a través de su hermano. Él le pidió a María Isabel ser la representante de una fábrica de aviones en la FIDAE 2006 y aceptó. Paralelo a su trabajo en FONASA, se dedicaba, durante las noches, a preparar todo lo necesario para el evento y a estudiar, una y mil veces, el manual del avión que se exhibiría.

¿Qué hiciste cuando recibiste el avión?
¿Viste la película El imperio del sol? ¿Cuándo el niño toca el avión?, bueno, eso me pasó… es una conexión increíble, se me vinieron a la mente tantas imágenes de mi niñez. Pensé ¡esto es otra cosa!, es poder desarrollarme como persona, a través de un trabajo.

Y cuando lo piloteaste, ¿qué pasó?
Philip viajó piloteando el avión cinco días, desde Estados Unidos. Se sentó y me dijo ¡María Isabel, tú estás bien preparada, sé que estudiaste… toma las llaves, estoy muy cansado! Hice lo que decía el manual y ¡así fue, tal cual, como si lo hubiese volado toda la vida!

Se presentó en la FIDAE con el objetivo de representar la marca y adquirir una red de contactos para una nueva oportunidad de negocio. Con el tiempo, las cosas no se dieron como ella pensaba. No fue fácil vender la aeronave modelo Airvan GA8. “Es un monomotor, ala alta, con tren fijo, similar a un Cessna, pero con capacidad para ocho pasajeros. Tan simple de volar… tan confiable… tan lógico. Es alucinante, pero no es barato. La venta se hizo difícil, así que le propuse a mi socio formar una empresa y finalmente Philip compró el avión”.

¿Así es como llegan a La Serena?
Renuncié a mi trabajo en Temuco después de veinticuatro años. Mi esposo me apoyó y decidimos buscar el lugar ideal donde operar. Por clima, por desarrollo, turismo y economía elegimos esta ciudad. Nos vinimos en abril del año pasado y en junio recibimos la certificación de nuestra empresa “Aeroservicios Toqui”.
Ubicados frente al Aeropuerto de La Serena, en un amplio terreno, se dedican hoy al servicio de trabajos aéreos y transporte no regular de pasajeros. Cumplen un rol vip de “taxi aéreo”, cualquiera sea la razón del viaje y el destino.

“Cuando vivíamos en Temuco, trabajamos como apoyo y solidariamente después del terremoto del 27F. Fuimos los primeros en llegar a la Isla Mocha. Pasamos una semana prácticamente sin comer, fue una experiencia muy dura, porque tuvimos que trasladar cuerpos y en condiciones muy complicadas”.
¿Es la experiencia más fuerte que te ha tocado vivir como piloto?
En términos logísticos, ¡sí! Tuvimos que improvisar muchas cosas, incluso por sobre lo escrito… eran situaciones de vida o muerte.

ALAS DE LIBERTAD

María Isabel es la primera mujer piloto que tiene el curso de habilitación de lanzamiento de paracaidismo y la única mujer del país que trabaja en el rubro de servicio de transporte aéreo comercial. Su experiencia de trece años en el área, le permitió, entre otros privilegios, ser elegida por una productora para realizar un capítulo de la segunda temporada de la serie Prófugos, la que será emitida en mayo de este año por HBO.

¿Qué tal esta experiencia?
¡Espectacular! Aprendimos mucho y nos dimos cuenta de que estamos bien preparados. También tuve que actuar y conocí a Benjamín Vicuña, ¡eso fue lo mejor! (risas). Quedamos muy contentos, ¡ahora solo falta vernos!

¿Qué sientes al pilotear un avión?
Siento que las alas del avión son las mías. Soy yo la que flota en el aire. Es una sensación de libertad tremenda y de sentir que estoy en otro plano, en el que todo lo terrenal, incluso lo negativo de las personas, queda allá abajo.

¿Es otra dimensión?
¡Volar es fantástico… es difícil explicar por qué me gusta, pero me hace muy feliz! Tanto, que si estoy triste, vuelo y bajo absolutamente renovada.

¿Más aún si lo compartes o tiene un sentido para los demás?
Así es, nosotros apoyamos los vuelos populares del club aéreo La Serena. Me tocó volar con un señor muy viejito. Cuando se bajó gritó ¡Por fin! ¡Por fin! (se emociona). Compartir esta pasión, sin duda, tiene doble mérito.

“El criterio es un factor tremendamente importante en un vuelo comercial. Ya no vas sola, eres responsable de personas, de bienes, etc. La seguridad es fundamental y hay que ser muy riguroso”.

 

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