Jorge Salomó, historiador y gerente de la Corporación Cultural de Viña del Mar, reúne en su reciente libro, cientos de recuerdos y, en especial, la trayectoria de aquellos empresarios y familias que levantaron esta tradicional calle de la Ciudad Jardín.
Por Maureen Berger H. / Fotografías Vernon Villanueva B. y gentileza Jorge Salomó.
Todo viñamarino que se precie de tal, tiene en su disco duro bellos recuerdos de niñez y juventud vividos en la Calle Valparaíso. Las maravillosas onces en el Mirabel o Samoiedo, las eternas tardes de vitrineo en Galería Florida, Cristal o en el Carrusel, los exquisitos pasteles comprados para la once en calle Ecuador, los paseos en el trencito del viejo pascuero, cuando cerraban la avenida en Navidad… En fin, cada cual tiene sus episodios memorables en esta calle, muchos de los cuales hoy pueden ser revividos gracias a un libro recién publicado por el historiador Jorge Salomó.
“Hay dos hechos que me llevaron a escribir esta obra. El primero fue el cierre del Samoiedo en junio del 2011, que para los viñamarinos que vivimos muchas historias de carácter familiar y afectivo vinculadas con el café, fue un gran impacto. Esto me inspiró a dejar un testimonio. Y en segundo lugar, coincidentemente, me encontré como historiador con el dato que la Calle Valparaíso había sido pavimentada en 1912 y terminada en enero de 1913, por ende, el libro festejaba los cien años de esto. Además, sentí que era el momento de hacerle un regalo a mi ciudad”, comenta emocionado, con evidente brillo en sus ojos, el autor de Calle Valparaíso, siete cuadras de historia, mientras disfrutamos un cortado y galletas, obviamente, en el pequeño café Samoiedo de Galería Florida.
¿Qué recuerdos personales tiene de esta calle?
Yo nací en Viña hace cincuenta años, que cumpliré en diciembre de este 2013, y con mis padres hemos estado vinculados a esta ciudad de siempre. Viví en calle Arlegui, en Chorrillos y hoy estoy en Recreo. En la Calle Valparaíso, en mi juventud, nos juntábamos en la Galería Florida para organizar con los amigos las salidas a la playa, al cine y a bailar y “taquillar” los viernes y sábado.
CALLE DEL COMERCIO
También llamada la Calle del Comercio y trazada en paralelo a la línea férrea, su eje nació en 1855, con la apertura del ferrocarril que atravesaba el valle del Marga Marga, para unir el puerto con las ciudades del interior (Limache y Quillota) y desde allí llegar hasta Santiago. Se mantuvo como una huella de tierra durante toda la segunda mitad del siglo XIX, para ser pavimentada recién entre agosto de 1912 y enero de 1913.
Muchos locales tenían el apellido de las familias…
Sí, eso era parte de la personalización; en cada local te encontrabas con el dueño en la caja o detrás del mostrador, atendiéndote directamente, lo que le daba a esta calle una familiaridad, un encanto y un nivel de amistad muy grato.
El libro destaca a muchas empresas y familias, pero ¿cuáles siente que están entre las más emblemáticas, tanto por su permanencia como tradición?
Es difícil restringirse a algunas, pero quiero destacar a la familia Cruciani, que estuvo cien años en esta calle y acaba de trasladar su taller de automóviles al sector de Limonares. La familia Aste, con Samoiedo, don Juan, Giancarlo y Silvana con el nuevo local, han estado siempre vinculados aportando con su servicio. La panadería Viale, que se ubica en una esquina que ha sido panadería por ciento treinta y cinco años, un emblema sin duda. Eugenio Prida es el bastión de lo que fue Viña y su labor, manteniendo una camisería y tienda especializada en ropa masculina elegante, que compite de manera heroica con lo que llega a granel de oriente. Dino Samoiedo Trabucco tuvo el emporio Viñamarino y El Gastronómico, ambos muy recordados, especialmente por sus pastas frescas. Y El Casino Chico fue un referente muy significativo como punto de encuentro, por ahí pasaron personajes y profesionales destacados y también delincuentes. Fue la representación de una Viña del Mar casta y pecadora, como me dijo Rafael Mena, hijo de uno de los dueños. Viña es casta, medio puritana y anglosajona y, por otro lado, pecaminosa, con historias ocultas.
¿Alguna anécdota de El Casino Chico?
Hay varias. Uno de los personajes nocturnos más recordados fue Ricardo Basta, camionero que puede ser calificado como uno de los mejores peleadores entre los años cincuenta y los setenta. A él se unía el grupo conformado por el Rucio Campos, Pato Carrión, Patricio Pellerano, Cocoliso Fricke y el poeta y artista Juan Luis Martínez. Uno de los enfrentamientos más violentos se dio por un cruce de palabras con un grupo de santiaguinos que se burlaron de las mujeres de la ciudad, calificándolas de frívolas y de mal vivir. La mayoría de los que participaron fueron apresados por Carabineros, mientras que Basta se escondió y nadie lo halló. ¡Estuvo tres días durmiendo dentro de un ataúd de la Funeraria Azócar, justo frente al Casino Chico!
PASTELES PARA LOS BOMBEROS
Jorge Salomó Flores es licenciado y pedagogo en historia, máster en historia de la PUCV, conferencista especializado en historia del arte y gestión cultural, diplomado en administración municipal en la Universidad de Haifa (Israel). Además de su labor de gerente en la Corporación Cultural de Viña del Mar, desde 1995, es académico de la Universidad Adolfo Ibáñez y asesor artístico del Casino de Viña del Mar, y ha sido curador de importantes exposiciones retrospectivas que se han presentado en Viña, Santiago, Talca, Concepción. Desde 2004 ha asesorado la actualización de inventario patrimonial artístico y bibliográfico de la Armada de Chile.
Cabe destacar que su reciente libro incluye un DVD complementario, con un viaje virtual de veinticinco minutos a través de fotografías antiguas y actuales, por la calle Valparaíso, editado por Pablo Salomó, hijo de Jorge Salomó.
El autor nos relató que la Primera Compañía de Bomberos estuvo en Calle Valparaíso 255 desde 1920 hasta 1971, pero el terremoto de 1965, que afectó gravemente el edifico y las graves dificultades de tránsito que implicaba el incremento del comercio en la avenida, llevaron a que más tarde se trasladara a otra dirección y luego a calle Álvarez. Las panaderías, fuentes de soda y pastelerías también gozaban el beneficio de tener voluntarios en sus cercanías. “Los bomberos antiguos recuerdan que, a diario, iban hasta la Dulcería Miramar, en calle Ecuador, para comprar repollitos con crema y pasteles chilenos. Muchas veces, cuando llegaba el público, la frase habitual de las dueñas de la pastelería era: ‘se acabaron, los bomberos se los llevaron todos’, que quedó como un dicho clásico”, comenta Salomó.
Entre las anécdotas, aunque parezca increíble, gracias a un chancho nació la heladería Timbao. “Ricardo Lovisa se integró a trabajar en Hotel Español y en una oportunidad se ganó un chanchito lechón y comenzó a criarlo escondido en el subterráneo del hotel. El secreto logró mantenerlo hasta que los ruidos del animal ya crecido lo delataron. Lovisa debió tomar su chancho e irse del hotel, pero gracias a la venta del animal consiguió el capital para abrir sus emprendimientos personales: un local de venta de pollos al spiedo y más tarde la heladería Timbao, que fue decorada por el mismísimo Renzo Pecchenino, Lukas”.
Otro tema que resaltó Salomó fue la arquitectura de la calle, como el caso de la actual Farmacia Cruz Verde: “tiene un portal en la parte superior que fue del Banco de Chile en 1910, luego Librería Cervantes, más tarde Sederías Viña del Mar y hace doce años, es farmacia. Es un portal centenario que cada año sigue luciendo, en Navidad un árbol gigantesco, lo que mantiene la linda tradición de sus anteriores propietarios”.
SIETE CUADRAS
Jorge Salomó dividió su obra en siete cuadras de esta calle, desde el Cerro Castillo hasta la plaza de Viña del Mar. “No es que las otras cuadras no tengan historia, pero hacia el otro lado el comercio se ligaba más al rubro de lo utilitario y económico. La gente lo frecuentaba más para trasladarse hacia el Rodoviario y para el consumo diario, no tanto para la sociabilidad, como en las otras siete cuadras”.
¿Qué rubros predominaron?
Hubo varias lavanderías, como la Parisien de Enrique Mastrantonio, Lavandería Universo, Lavaseco Sandrico, la Tintorería Le Gran Chic y Lavaseco Central Express de Jorge Gliewe, que fue hasta hace pocos años una de las más emblemáticas de la ciudad. Muchas tiendas de moda, como Sastrería Real, Tomarelli, Sastrería Inglesa, Cosas, Flaño, entre muchas otras.
En el libro menciona algunos hechos dramáticos como los incendios…
Sí, hubo incendios desastrosos. Los más célebres fueron dos: en 1966, en menos de cuatro meses, se quemó tres veces la misma esquina de calle Villanelo, donde estaba la ferretería Covadonga y otros locales, sobre lo cual se tejen muchas teorías. El segundo, fue el incendio del Portal Álamos, en 1971; fue muy violento, destrucción a la que se sumó un terremoto ocurrido el 8 de julio del mismo año.
¿Cuál fue la época de gloria de esta calle?
Fue entre los años cincuenta hasta el comienzo de la década de los ochenta. Pero con el toque de queda esto cambió, pues los locales tuvieron que empezar a cerrar mucho más temprano. Además, en 1998, al llegar el mall de 15 Norte, también vivió un gran impacto. Lo que no significa que la Calle Valparaíso no sea importante hoy, pues, a mi juicio, sigue siendo el principal lugar de encuentro, donde la gente aún se da el tiempo para conversar detenidos en la misma calle, al aire libre, cosa que no ocurre en los mall. Soy un convencido de que la Calle Valparaíso ha sido, es y va a seguir siendo el eje de sociabilidad de Viña del Mar.
“El Casino Chico fue un referente muy significativo como punto de encuentro, por ahí pasaron personajes y profesionales destacados y también delincuentes. Fue la representación de una Viña del Mar casta y pecadora”.