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EDICIÓN | Marzo 2013

El origen del doble estandar

Por Nicolás Larraín
El origen del doble estandar

Somos malos para decirnos las cosas en la cara. Alguna vez leí que esto viene desde la colonia. Que los españoles que llegaron no eran precisamente de la nobleza y para esconder este dato, se desarrolla la cultura de esconder la mugre bajo la alfombra y se acuña la frase “mejor no toquemos esos temas”.

De este acontecimiento se desprende un rasgo marcado a fuego: “mejor no te digo lo que pienso porque si no, nos peleamos para siempre”. Y lo que provoca este episodio es que no resistimos que nos digan nuestros defectos y debiéramos pensar que todos los tenemos y que todos no somos solo ese defecto, somos eso y muchas otras cosas.

Entonces decirle a alguien “me carga cuando te pones a pedir cosas en la oficina de tan mal modo, te crees gerente y te pones insoportable” o “te pones tan mal educado en nuestras reuniones sociales, no saludas, estás con cara de lateado todo el rato”, debiera servir para que sepamos nuestros defectos y no vivamos peleando siempre.

Trabajando muchos años con argentinos he confirmado que ellos no tienen tan desarrollado ese rasgo chileno de “estar sentido”. Ellos se llegan a sacar la madre por algún tema y, al rato, se están tomando un mate juntos. Nosotros acá ni siquiera alcanzamos a escuchar alguna opinión distinta, para que altiro le cortemos el saludo a alguien.

Me acuerdo en mi época de estudiante de publicidad (yo con veinte años), decidimos con un amigo yunta comentarle a otro amigo, casi yunta, que no sentíamos la misma confianza para decirle las cosas en su cara, algún defecto o alguna crítica, y que justamente le decíamos esto para no ser doble estándar, por lo que esperábamos que se lo tomara a bien para así reforzar nuestra amistad. Se lo tomó pésimo, se ofendió, nos trató de chuecos y hasta ahí no más llegamos, nunca más nos vimos.

Vivimos “sentidos”… que este no me llamó, que por qué no me invitó, que supe lo que dijo de mí, supe que me anduvieron pelando… todas esas reacciones delatan un problema anterior y eso es lo que no nos gusta, que nos digan los defectos. Eso ha provocado un problema mucho más grande: no sabemos hablar, no sabemos discutir, debatir, no escuchamos, nos picamos altiro, contestamos cualquier cosa nada que ver con lo que me están diciendo (y todo esto por culpa de nuestros antepasados españoles).

Algunas recomendaciones para empezar a cambiar es que no estigmaticemos a nadie. Había un dicho que decía algo así como “juzga hechos, no personas”. Cuando algo te caiga mal de alguien, dile: “Esto me cayó mal o hoy estuviste pesado”, y no la típica clasificación para toda la vida: “Me caes mal o eres pesado”. Eliminen el verbo ser en presente para hablar de las personas y van a empezar a ser mucho más escuchados cuando le quieran decir algo molesto a alguien. Cuando te encuentres pelando a alguien piensa en sus cosas buenas: “Pucha, que se pone pesado en el trabajo… pero cuando nos tomamos una cerveza igual lo pasamos increíble”.

Y por último, para asimilar mejor nuestros defectos, cuando alguien nos diga algo que nos cae pésimo, díganse a sí mismos: “creo que es culpa de los españoles que no le enseñaron a los antepasados de esta persona a expresarse bien. Sé que le caigo bien y que me encuentra talentoso, es solo este pequeño error que cometí y que él no me lo sabe explicar bien y quizás le suena un poco mal, pero en nada cambia la opinión que tiene de mí. Soy el mismo de siempre y solo trataré de corregir este lapsus”. Si pueden controlar la ira y pensar de esta manera, les aviso que estaremos viviendo en el país más educado del mundo.

“No resistimos que nos digan nuestros defectos y debiéramos pensar que todos los tenemos y que todos no somos solo ese defecto, somos eso y muchas otras cosas”.

 

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