La razón suele caracterizar el dibujo de una tela estampada como alegre, triste, serio, vivo… Los mismos adjetivos son utilizados por los músicos para determinar la interpretación de una pieza.
Sin embargo, esa primera impresión o golpe de vista, nos impide ver lo que hay detrás de formas y colores que, al ser utilizados como símbolos, con el tiempo adquieren un valor casi jeroglífico, haciéndose lentamente incomprensibles.
Un dragón chino, por ejemplo, nos produce tan poca impresión que podemos tolerarlo tranquilamente en comedores y dormitorios, como a un mantel de mesa bordado con margaritas.
Quizá al final de nuestro tiempo se desarrolle una nueva estética, la que a veces parece que algunos quisieran crear por la fuerza, lo que es casi como el intento de abrir el capullo aún cerrado de una flor.
Todavía estamos estrechamente ligados a la naturaleza externa y aún tomamos de ella nuestras formas. La cuestión está en cómo hacerlo, es decir, hasta dónde ha de llegar nuestra libertad en la transformación de estas formas y con qué colores pueden combinarse.
La libertad puede llegar hasta donde alcance la intuición del artista. Desde este punto de vista se comprende cuán necesario es el desarrollo y el cuidado de esa intuición.
Algunos ejemplos bastarán como respuesta al segundo elemento de la cuestión.
No se trata solo de mezclar, sino de entender por qué se hace. El color rojo, siempre excitante y cálido, adquiere un significado perturbador cuando se mezcla con una forma natural. Los adjetivos surgen para calificar esas combinaciones y solo el artista que impulsa esta mezcla puede predecir qué clase de ornamentación es la que pretende instaurar en nuestras vidas.