Curiosa investigadora, María Cristina Fellay estudió licenciatura en biología y pedagogía, y trabajó gran parte de su vida en laboratorios buscando respuestas. Pero fue precisamente el año en que menos ejerció su profesión cuando más las encontró: se hizo cargo del grupo Abrazos, que trabajó todo el 2010 dando soluciones a los infinitos problemas de los damnificados y a cambio obtuvo —en sus propias palabras— “el mejor año de mi vida”.
Por Monserrat Quezada L. / fotografías Sonja San Martín D.
Como en tantos otros lugares, como tantas otras vidas, esta historia también comienza el 27 de febrero de 2010. Pero un poco después del terremoto; más bien en las réplicas. Y tampoco en las telúricas, sino en las del desabastecimiento, la incertidumbre, los saqueos, las amenazas de asaltos masivos y el terremoto personal de repensar la propia vida y ver —realmente ver— las de los demás.
María Cristina Fellay nació en Viña del Mar y se vino a Concepción cuando se casó, hace casi veintidós años. Estudió licenciatura en biología en la Universidad Católica de Valparaíso, y le ofrecieron estudiar la pedagogía en paralelo. Como era buena alumna, y haciéndole caso a su madre y su frase “el saber no ocupa lugar”, aceptó. Luego realizó estudios de doctorado en la Universidad de Chile en Santiago. Cuando llegó a esta ciudad siempre trabajó en laboratorios, hasta que surgió la oportunidad de hacer clases en el St. John’s, el colegio donde estudiaban sus niños, y aceptó. “Nunca antes había enseñado. La pedagogía se pospuso mucho tiempo, pero la descubrí y me fascinó. Así que después me fui a trabajar a la Universidad del Desarrollo y actualmente sigo ahí y en la Universidad Católica de la Santísima Concepción”.
María Cristina decidió estudiar biología porque se confiesa “tremendamente curiosa. Siempre he tenido una necesidad de explicarme las cosas, sobre todo las asociadas a la vida”. Esta vocación científica la complementa con una enorme fe. “Einstein decía que Dios no juega a los dados. Esta maravilla que es la creación del mundo no puede ser azar, así que detrás toda puerta que no se puede abrir vía ciencia, está Él”.
ABRAZOS
Esta curiosidad siempre la ha combinado con un liderazgo innato, lo que la llevó a guiar la organización post terremoto del barrio donde reside. “Me encargué de la coordinación de guardias, turnos, contacto con autoridades, militares e, incluso, de la farmacia que se formó en mi casa. Fue una experiencia muy bonita, porque nunca había participado en algo de esa magnitud”.
Luego de ese período, le llegó una invitación para ayudar a Dichato con donaciones. “Pero yo no quería sólo enviar cosas, así que fui. Fue horrible ver ese paisaje, esa desolación. Cuando estábamos allá le dije a mi marido: ¡qué guerra nos perdimos!”.
Y en ese paseo por la desolación tuvieron la oportunidad de conversar con el director de la escuela, que estaba desesperado por empezar las clases. “No pude evitar decirle: qué necesita, yo lo ayudo”, cuenta María Cristina. Y esa fue la frase que comenzó todo.
Empezó por enviar correos electrónicos a sus contactos para pedirles útiles escolares para los 530 niños que asistían a esa escuela y su casa se convirtió en una bodega. Fue un éxito.
Luego, recibió un llamado del Hogar de Cristo para ir a abrazar a las familias, a contener. También fue. Se encontró allá con las demás voluntarias y pasaban por todas las casas dando consuelo a quienes no lo encontraban. En eso estaba cuando vio un cerro de ropa embarrada; eran donaciones que habían llegado, pero que nadie se había encargado de recibir, clasificar y repartir, por lo que iba a venir un camión de la basura a retirarla. María Cristina pensó en que este era un país pobre, que no se podía dar el lujo de botar toda esa ropa y pidió permiso a las autoridades para llevársela. La separó en bolsas y se las dio a las demás voluntarias con el encargo de lavarlas y plancharlas. Su madre, voluntaria de la Cruz Roja, le dio la idea de armar kits, clasificándola por edad, sexo y talla, y armar tenidas completas en cada bolsa. Así lo hicieron y mientras iban por las casas en la misión de abrazar, aprovechaban de preguntar cuáles eran las necesidades, cuántas personas vivían ahí y les entregaban los kits correspondientes.
Posteriormente, el capitán Allende, encargado de la acción social de la zona, les solicitó ayuda porque se necesitaban con urgencia útiles de aseo, así que la máquina comenzó a funcionar de nuevo: correos a los conocidos para pedir donaciones. Finalmente, María Cristina decidió ponerse en contacto directo con las dirigentes de los campamentos para ver qué necesitaban e iba con la lista de peticiones al Hogar de Cristo, que ya estaba más armado y funcionando en el segundo piso de la escuela, como lugar de acopio y clasificación. Así pudieron encauzar las enormes donaciones de parkas y botas que tuvieron, por ejemplo, y entregarlas según talla y edad a quienes las necesitaran.
CHICAS SUPERPODEROSAS
De este grupo de aproximadamente cuarenta mujeres convocadas por el Hogar de Cristo, veinticinco siguieron ayudando después de la emergencia inicial. “Pensamos en qué más se necesitaba y nos dimos cuenta de la urgencia de aislar las mediaguas. Empezó la campaña del tetra pack: situamos contenedores en distintos puntos de la ciudad y juntamos muchísimos. Organizadas por una joven arquitecta las forramos y lo hicimos no sólo en Coliumo y Dichato, sino que también en Coronel, San Pedro, Chiguayante, en fin, donde se necesitara”.
Uno de esos días, María Cristina vio a una dichatina con una bolsa de plástico donde llevaba su monedero y se dio cuenta de que, entre las parkas y las botas, se habían olvidado de aquellos accesorios exclusivamente femeninos, como una cartera, y empezó una nueva campaña exitosa. “Además, un grupo de voluntarias realizó rondas visitando adultos mayores en Dichato y Coliumo, acompañándolos y llevándoles ayuda en medicamentos, víveres y pañales y, con la ayuda anónima de muchas personas, se logró la implementación de tres bibliotecas en aldeas de la zona”.
Y como entre las voluntarias cada una tenía sus propias habilidades, quisieron compartirlas con las demás. Una de ellas quiso quedarse haciendo clases de manualidades en una aldea de Coliumo. “Eran cosas básicas, que enseñaba en un contenedor, pero las mujeres estaban agradecidas hasta las lágrimas”.
Otra voluntaria se dedicó a los jardines, y se consiguió donaciones de plantas y árboles y les enseñó a plantar, cuidar, hacer huerta y compost. “Les ayudó a hermosear, con sus propias manos, sus espacios en las aldeas. No es sólo llevar ayuda, es estar y acompañar”.
Luego, los damnificados les preguntaron si podían organizar una navidad para los niños y lograron hacer cuatro fiestas para cuatrocientos niños en total. Lo mismo con el día de la madre. Pero este año, la carga académica de Titina, como le llaman cariñosamente, aumentó y los problemas que el grupo Abrazos podía solucionar, disminuyeron. Sin embargo, los proyectos en la cabeza de esta líder no se detienen: “Aún no sé cómo empezar, pero hay dos ideas que me gustaría poder concretar: una tiene que ver con los tetra pack y la necesidad de crear conciencia en reciclaje y hacerlo en serio, pero hay que tener ayuda de los municipios. Lo que pasa es que con este material se pueden hacer incluso paneles de construcción. Lanzo la idea y que el que quiera hacer un negocio de eso, lo haga. Nosotros estamos dispuestas a ayudar en lo que podamos, pero no podemos seguir tirando tanta basura que puede aprovecharse”.
El otro proyecto tiene que ver con lo que a María Cristina más le gusta hacer: educar. “Pero es una educación desde el corazón a mujeres vulnerables de esta zona. Es ser generosa con los conocimientos que para nosotros pueden ser básicos, pero que pueden marcar la diferencia de muchas personas, como son prevención de enfermedades, primeros auxilios, manipulación de alimentos, cuidados dentales, hábitos de higiene, imagen y desarrollo personal, manualidades, incluso, cómo poner una mesa o hacer un currículum. En el fondo, es seguir trabajando para erradicar la pobreza, no materialmente sino desde la cultura. Empoderar a las mujeres para que emprendan en familia”.
A pesar de que por esta labor ya ha recibido dos reconocimientos, uno del Diario El Sur y otro del Sernam, se nota en sus ojos cuando relata cuál fue su premio más importante: “Un día fui a ver a una dirigenta en la población Manuel Montt. Son doscientas familias que viven allegadas en casas que por fuera se ven bien, pero que en su interior viven al menos tres familias completas. Esta era la última población en recibir ayuda, porque están en un lugar alejado, nadie los veía. Así que cuando fui cuaderno en mano a preguntarle qué necesitaba, ella me quedó mirando. ‘Ahora creo en Dios’, me dijo, y yo quedé en shock. No pude hacer nada más que irme a la playa a llorar. Fue el regalo más hermoso”.
Cómo ayudar: titinafellay@gmail.com
“Me llegó una invitación para ayudar a Dichato con donaciones, pero yo no quería sólo enviar cosas, así que fui. Fue horrible ver ese paisaje, esa desolación. Cuando estábamos allá le dije a mi marido: ¡qué guerra nos perdimos!”.