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EDICIÓN | Febrero 2013

Pastelero del mundo

Jacques Bellenand, fundador del Coppelia
Pastelero del mundo

Pastelero, prisionero de guerra, pobre y millonario. Esta es la historia de un emprendedor que ha construido sus negocios en paralelo a los grandes hitos de la historia. Un hombre que, a los ochenta y ocho años, sigue planeando nuevos rumbos y navegando entre helados, pasteles, barcos y estrellas.
 

Por Mónica Stipicic H. / fotografía Andrea Barceló A.

Jacques Bellenand quería ser ingeniero. Pero el destino y los avatares de la Segunda Guerra Mundial lo convirtieron en un afamado pastelero. Con sus ochenta y ocho “primaveras” —como él mismo dice—, este hombre jovial e intenso ha creado más de veinte empresas y es el fundador de una de las marcas íconos de nuestro país: el Coppelia.

“Nací en París, pero me crié en Suiza. A los quince años tenía todo listo para viajar a Inglaterra a estudiar inglés cuando estalló la guerra. Como mi padre era comandante del ejército, fue llamado inmediatamente y mi madre me mandó a trabajar. Mi primer empleo fue repartidor en bicicleta de una pastelería en Ginebra”, explica.

¿Y ahí se quedó aprendiendo?
El dueño se apiadó de mí y me tomó como su aprendiz de pastelero. Fui un buen alumno, pero tontamente decidí volver a Francia en medio de la guerra. Decidí adelantar mi servicio militar y entré a la aviación, desde donde se supone nos iban a enviar a Argelia. Pero justo en ese momento atacaron la flota francesa en África del norte y los alemanes terminaron de ocupar el país. Entonces caímos como prisioneros de guerra. A los diecinueve años fui trasladado a Alemania a realizar trabajos obligados.

Debe haber tenido mucho miedo…
Miedo no. La verdad es que tuve la suerte de llegar a un pueblo donde vivían alemanes, no nazis. Y como había muy pocos hombres, nos tenían bastante simpatía. Trabajábamos como mecánicos en una fábrica de máquinas de tejer y otra de armas. Yo decidí aprender alemán y en mi único día libre trabajaba en pastelería. Pero aunque no lo pasábamos tan mal, igual éramos prisioneros y teníamos que sabotear a nuestros captores.

¿Sabotear?
Sí, el sabotaje era un deber de los prisioneros y, en nuestro caso, consistía en disminuir su capacidad bélica. Empezamos a cometer pequeños errores en las piezas para armas que fabricábamos, para que no sirvieran. El problema es que cuando se daban cuenta podían agarrar y castigar a los responsables. Cuando yo y mi amigo supimos que nos iba a tocar, y que seguramente nos iban a fusilar, decidimos escapar.

¿Cómo recuerda ese escape?
Fue toda una aventura. Robábamos bicicletas y comida, nos subíamos a caballos, trenes o carretas. En tres semanas logramos llegar a un pueblo de la frontera francesa; ahí me quedé a esperar la liberación de las tropas y, mientras tanto, me empleé en una pastelería. Cuando se anunció el fin de la guerra, tomamos el primer tren de repatriados que llegó a Paris… siempre recuerdo que fue una recepción apoteósica.

En 1945, un joven Jacques volvió a trabajar como chef pastelero y heladero, pero no ganaba mucho dinero. El año cuarenta y siete aceptó el ofrecimiento de su padre para trabajar juntos en la industria textil. Ese mismo año, Francia recibió como indemnización un territorio germano lleno de carbón y acero y él se hizo cargo de las ventas en ese lugar. Como era el único que hablaba alemán, a los veintitrés años ya era millonario.

SUDAMÉRICA A LA VISTA

A pesar de su éxito, las tensas relaciones entre Estados Unidos y la entonces Unión Soviética hacían temer otro brote de violencia en Europa. Por lo mismo, Jacques decidió partir y su opción inmediata fue Sudamérica. “Empecé a aprender español y partí pidiendo una visa para Argentina. Por suerte, el gobierno de Perón no aceptaba franceses. Entonces seguí con Chile… la primera vez me negaron la visa por haber puesto como profesión “pastelero”, pero un amigo conocía a alguien acá que me ayudó con los trámites y pude viajar”, explica.

¿Venía decidido a instalarse con un negocio pastelero?
Sí, por lo mismo estuve cuatro meses trabajando como empleado en el Hotel Carrera, para aprender cómo operaba el negocio en Chile. Y después comencé a recorrer la ciudad para encontrar la mejor ubicación para mi pastelería de lujo. Era 1949 y en Lyon con Providencia se estaba construyendo un edificio, el último de Santiago. Ahí arrendé y me instalé con mi negocio, que en ese momento se llamó Tessino.

¿Y por qué Tessino pasó a ser Coppelia?
Tres años después se instaló al lado un local llamado “Casino del Portal” y Tessino con Casino se prestaba para confusiones, así que me decidí por Coppelia, como el ballet. La única norma que tengo en mis negocios es que los nombres deben ser trisilábicos.

¿Cuándo pasó de ser un negocio de barrio a una cadena?
Cuando conseguí los permisos para importar maquinaria más moderna comenzó mi auge; traje equipos para enfriar jugo, hacer crema chantilly y bañar helados en chocolate, entre otras cosas. Empecé a distribuir las máquinas bajo la marca “Imahe”, que funciona hasta el día de hoy.

¿Cuál es el secreto para mantenerse vigente a pesar de la competencia?
Durante el tiempo que estuve a cargo de Coppelia, remodelaba por completo los locales cada cuatro años, siempre estábamos al día. Hoy existen seis locales más la fábrica.

HELADOS, VELAS Y ESTRELLAS

Hace algunos años que Jacques vendió sus empresas. Durante su larga trayectoria logró formar veintiún negocios en los más diversos rumbos, aunque sin duda, el que más satisfacciones le dio fue Coppelia, donde sigue figurando como fundador: “es la más querida, porque me dio prestigio y la satisfacción de haber realizado algo único y original”.

Otra de sus marcas que alcanzó bastante notoriedad fue la de helados Chamonix…
Tuve el feeling de que una heladería en el centro sería un buen negocio, así que puse un aviso en el diario buscando socios: uno aportó un local en Ahumada, el otro plata, y yo las máquinas y el know how. Al principio vendíamos solo helados, pero al tiempo hicimos sociedad con el café Paula, con lo que pasamos a tener una planta de producción de productos lácteos. Fuimos la primera fábrica de helados, hasta que Nestlé nos compró.

¿Por qué siempre los helados?
Cuando yo llegué a Chile nadie los vendía. Yo he creado muchas fórmulas, inventé los mejores sorbetes del mercado. Ahora, estoy trabajando con mi hija mayor que vive en Inglaterra para abrir una heladería allá. La verdad es que no tengo vida de jubilado.

Viudo de su primera mujer, con quien tuvo tres hijas, se casó en segundas nupcias con Lucy Cossa. Ella ha sido la compañera de las miles de aventuras que emprende este hombre, quien también ha dedicado parte de su vida a la astronomía (fue pionero en El Tololo, fundador del observatorio El Pochoco y corresponsal de la Nasa) y a la navegación (es capitán de alta mar y patrón de la Armada). Y es que para Jacques Bellenand, quien se considera absolutamente chileno a pesar de su acento, “no solo de pasteles vive el hombre”.


“Estuve cuatro meses trabajando como empleado en el Hotel Carrera, para aprender cómo operaba el negocio en Chile. Y después comencé a recorrer la ciudad para encontrar la mejor ubicación para mi pastelería de lujo”.

 

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