Partió a Francia a probar nuevos rumbos y ya lleva ocho años y tres hijos lejos de Chile. Apasionada por la estética infantil dio vida a una serie de personajes, tanto en ilustraciones como en juguetes, que rápidamente han ido conquistando a los más chicos y a sus papás. ¿Su mejor público? Sus propios hijos.
Por Mónica Stipicic H. /Fotos: Andrea Barceló.
La historia personal y profesional de Cecilia está llena de casualidades. Cuando salió del colegio tenía clarísimo que quería estudiar diseño y, seguramente, dedicarse a la creación de muebles. Entró a la Universidad de Chile y, en el camino, se dio cuenta de que lo que realmente le gustaba era la estética infantil: telas, diseños, objetos; algo más allá que los juguetes de uso habitual.
“El problema es que cuando terminé la carrera no pude encontrar pega. Estuve varios meses buscando y no pasaba nada. Fue entonces cuando una amiga me sugirió postular a una beca del Instituto Chileno-Francés para ir a hacer clases de español a niños en colegios franceses. Yo no tenía ninguna conexión con el país, ni siquiera sabía el idioma, pero decidí postular igual”, explica.
El que sí tenía cierto nexo con Francia era su pololo (actual marido), quien tenía descendencia gala, había egresado de la Alianza Francesa y dominaba el idioma a la perfección. Así que partieron juntos a la aventura, pensando en desarrollarse profesionalmente en el Viejo Continente.
¿Cómo recuerdas esa primera etapa?
Llegamos a vivir a Nimes, un pueblo muy rico y plácido. Estuve nueve meses haciendo clases en tres colegios, sobre todo a niños inmigrantes. Yo no sabía nada de pedagogía, pero empecé a aplicar mis talentos, dibujábamos mucho y tenía harto feeling con los niños, siempre apoyándome en el diseño.
El último día de clases, Cecilia supo que estaba embarazada. A esas alturas, su marido ya había conseguido una beca y estaban instalados en Francia. Mientras esperaba a Emma, creó su primer libro de ilustraciones: Les Goutiérrez, una familia de gatos que bautizó con un nombre que podía funcionar en ambos idiomas (Gouttier significa alcantarillado en francés) y que cuenta las aventuras de una tribu felina bastante parecida a cualquiera formada por seres humanos.
¿Ese fue el primer paso para llegar a los juguetes?
La verdad es que no pensé en ponerme a hacer juguetes. Tenía ganas de hacer cosas. Mi papá es sastre, y cuando chica me enseñó a coser y a hacer patrones, así que me compré una máquina y me lancé, primero empecé con ropa para mi guagua, cosas para la casa, hasta que se me ocurrió hacerle su propio “tuto”. Allá son bastante populares unas cosas que llaman “Dou-dou”, que son unos tutos con cabeza y eso fue lo que le hice. Era una ratona, partió con ella al jardín y causó furor, los otros papás empezaron a pedir que les hiciera, así que me lancé con los primeros.
¿Y empezaste a vender?
La primera vez que vendí en serio fue en una especie de feria que se hace en la ciudad. Durante julio y agosto hay un festival que se llama “Los jueves de Nimes”, donde uno puede instalarse a vender sus cosas. Había hecho doce monos, los metí en una maleta y les puse precio, entre quince y veinte euros. Los vendí todos altiro.
CHIC&TITA
Después de la exitosa, aunque artesanal, experiencia de ventas, Cecilia decidió bautizar su proyecto. Tenía que ser un nombre que juntara todos sus trabajos, que funcionara en varios idiomas y que le diera sentido al trabajo enfocado en niños: así nació Chic&Tita. “Son gatos, ratones, bailarinas… animales que van poblando una ciudad imaginaria”, explica Cecilia.
¿Todos los haces a mano?
Sí, me interesa que sean únicos. Trato de darles humanidad, por lo que no son perfectos ni iguales, los bigotes de cada uno son diferentes porque los voy creando en el momento, como si fueran naciendo.
¿Cómo los comercializas?
Por el momento, tengo mi sitio web (HYPERLINK "http://www.chic-tita.com"www.chic-tita.com) y también un sitio de venta on line, además logré colocarlos en un café súper popular en París al que van mamás con sus niños, y en Chile los he vendido en el Mavi, el Museo de Bellas Artes y el Museo de la Memoria. Yo vengo todos los veranos y aprovecho de traer muchos o envío si existen pedidos importantes.
Mientras más gatos y ratones surgían de las manos de Cecilia, la familia también comenzaba a agrandarse. Hoy tiene tres niños entre uno y siete años, lo que hace un poco más difícil la organización, en un lugar donde no hay ayuda externa y en que está lejos de la familia. “He logrado organizarme de cierta forma. Entre colegios, jardines infantiles y guarderías tengo dos horas libres al día exclusivamente destinadas a coser.
¿Por qué crees que tus monos funcionan con los niños?
Para mí lo más importante es lograr conectarse con los niños, ponerse en su lugar y creo que he aprendido a hacer eso. Además, mis tres hijos son el mejor tester, ellos son los primeros en agarrar uno y ponerse a jugar, muchas veces quieren dejárselos para ellos y esa es siempre una buena señal.
¿Estarías dispuesta a fabricarlos de forma más masiva y que perdieran esa calidad artesanal?
Lo he pensado mucho y creo que podría ceder varias etapas del proceso de producción, pero jamás las caras de los monos. Esas tendría que seguir haciéndolas yo, porque ahí está toda su esencia.
¿Crees que funcionarían en Chile?
Funcionan. Todos los que he enviado se han vendido y siempre me están pidiendo más. No creo que sean juguetes muy “europeos”… de hecho, creo que son como mis propios hijos: franceses de nacimiento, pero, en el fondo, bien latinos. Si me preguntas cuál es mi sueño, creo que sería volver a Chile y tener una tienda llena, atiborrada de mis gatos y ratonas desde el suelo hasta el techo. Nada me haría más feliz.
“No creo que sean juguetes muy “europeos”… de hecho, creo que son como mis propios hijos: franceses de nacimiento, pero, en el fondo, bien latinos”.