Tell Magazine

Columnas » Archivo Histórico

EDICIÓN | Febrero 2013

Tortuoso romance en movimiento

por Montserrat salvat, coordinadora escuela pedagogía de educación Media en Historia y geografía, facultad de ciencias de la educación, universidad san sebastián
Tortuoso romance en movimiento

El Transantiago cumple cinco años este mes, y si son o no felices es la sinopsis de una historia de los pasajeros a bordo de la locomoción colectiva: desde los carros de sangre tirados por caballos; el trole, la micro, la liebre; el Llano Subercaseaux y la Ovalle Negrete; una "carrerita" por adelantos y frenazos de los primeros kilómetros de este siglo y medio que tiene el transporte público en la ciudad.

Residir en una comuna, estudiar en otra, trabajar en una distinta, amar, divertirse, socializar, pagar cuentas, visitar al médico: la vida ocurre en demasiados lugares. Porque somos tantos habitantes, es imposible desplazarnos únicamente a tracción humana en una ciudad. Otro hijo de los tiempos modernos, el matrimonio entre el crecimiento demográfico y la migración del campo a la ciudad: transporte urbano.

El transporte colectivo va irrigando la ciudad y conectando sus núcleos vitales. Carretas, carrozas y carros son los primeros vehículos que conoció la capital para mover a las gentes. El carro de sangre, denominado así porque era arrastrado por caballos, comenzó a funcionar en 1857, de acuerdo con lo que publicó la prensa de la época. Cuarenta años más tarde, había más de mil animales en caballerizas desperdigadas por toda la capital, que repartían pasajeros a sus destinos y también algunas inmundicias (producto de la del corcel), que más de una vez causaron indignación y preocupación por parte de usuarios y autoridades.

Los problemas y quejas son tan antiguos como el mismo transporte colectivo. Estos y aquellos también causaban revuelo por sus constantes accidentes -en un caso, por fractura de una rueda luego de un bache en un Santiago aun sin pavimentar-, por la contaminación ambiental que generaban -cuando se levantaba la polvareda- y la congestión de las calles sumidas en el ajetreo enloquecedor de una ciudad moderna.

Antes y ahora hubo que hacer reformas viales y de infraestructura, como cuando, en 1948, se decidió ensanchar la Alameda de las Delicias para permitir el paso de vehículos, situación que inmortalizó el musical de Isidora Aguirre y Francisco Flores del Campo, La pérgola de las flores.

Las soluciones también van creando nuevos desafíos. A fines del siglo XIX se va remplazando la fuerza del caballo por la electricidad: los tranvías, que acortaron los tiempos de viaje con las inauditas velocidades de treinta kilómetros por hora. El moderno Santiago quedó transitable en tiempo y conexiones, al punto que se vislumbró como posible incorporar el área suburbana para generar barrios residenciales.

En los albores del siglo XX, la ciudad es un caos de sistemas superpuestos. El casco de los caballos aún se escucha, cuando se estrena en la capital el vehículo a combustible: automóvil particular y las primeras micros, llamadas góndolas por entonces, eran regentadas por empresarios particulares, que definían el recorrido a su gusto. Era un mundo sin señales en las calles, en que el sentido del tránsito dependía del azar (según la crónica, más bien, por donde se pudiera pasar) y en que no era tan clara la distinción entre camino y vereda.

Recién en los años cincuenta hizo su aparición el microbús, micro, o liebre si tenía la carrocería más corta. Fueron identificándose por su destino más que por un código compuesto de letra y código, como ocurre ahora: Villa El Dorado, Matadero Palma, Colón-El Llano, El Golf-Matucana, Nueva Tropezón y varias intercomunales. Tranquilamente se podía ir desde San Bernardo hasta Las Condes en una sola sentada.

En treinta años ha cambiado el paisaje, con un tono por cada década: rosadas, café, verdes, azules en los ochenta; uniformadas de amarillo en los noventa. Y en los años dos mil, un poquito de ambas: de traje blanco y verde para las "troncales", naranjas, moradas o fucsias para las alimentadoras. Una nueva pinta que llegó con el último de los planes de transporte gubernamentales, que por estos días cumple ya cinco años. ¿Alguien se anima con unas velitas?
 

 

Otras Columnas

Un curso urgente y necesario
Amalia Cubillos
Canción del sur
Presta Oído
La Rotería
Nicolás Larrain
El antes y el después de los observatorios astronómicos
Astronomía
El año de la Serpiente de agua
Asia Dónde Vamos
Flores de verano
Look Urbano
Enemigo íntimo
Especial Inmobiliario
» Ver todas las Columnas


OPINA

  • Verificación Anti SPAM, Ingrese el resultado de la siguiente operación1+9+5   =