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EDICIÓN | Febrero 2013

Piedra Rosada

Piedra laja de Pelequén
Piedra Rosada

En Pelequén, a pocos kilómetros de Rancagua, existe la única cantera que posee este material de lujo. Diez mineros la explotan, otros veinte artesanos instalados en el borde de la carretera, la esculpen. Los viajeros la compran, al igual que las grandes empresas de construcción. Aquí la historia desconocida de la extracción de esta piedra que, por su color, impresiona a cualquiera.

Por María José Pescador D. / fotografía Danny Bolívar U.

La única cantera de donde se extrae esta famosa piedra, cotizada por decoradores, diseñadores, arquitectos y constructores, se encuentra en Pelequén. Cercano a la carretera, arriba de una montaña, trabajan diez mineros que son los encargados de sacar la materia prima: los grandes pedazos de roca que se extraen de forma absolutamente manual. “Para sacar un bloque se hace un socavón y se pone un explosivo, así la piedra se suelta y luego se trabaja de forma artesanal para que queden más pequeñas. Grandes empresas vienen a comprar, desde palmetas, gradas para escaleras, losa para el piso, revestimientos, baldosas, postes, hasta adoquines”, cuenta el administrador, Enrique Barrios, y actual gerente general de la cooperativa.

La laja es un tipo de piedra que posee una forma especial, y la piedra rosada de Pelequén tiene, además, un color rosado pálido que no existe en ninguna parte de Chile. “Hay registros de 1600 de la existencia de esta cantera. Pero los títulos de esta propiedad son de 1840”.

La decoración y lo ornamental son las prioridades del uso de esta piedra con la que se crean artesanías como fuentes de agua, ceniceros y esculturas, entre muchas más. Los compradores oficiales y mayoritarios de la materia prima son los artesanos que están al borde de la carretera, que esculpen pequeñas piedras y, según cuenta don Enrique, son alrededor de veinte.
    
COOPERATIVA

Desde hace años que cada minero trabajaba en forma separada, por lo que la seremía de minería de Rancagua los ayudó para que se convirtieran en la “Cooperativa de Trabajo de Pirquineros de Pelequén”, y así crearan un grupo de trabajadores unidos. “Cada uno de los pirquineros es un empresario”, afirma Barrios.

Antes de la formación de la cooperativa, cada minero laboraba por su lado, no tenían cascos ni ningún tipo de seguridad. Tampoco habían realizado cursos de capacitación. Con mallas cubrían los espacios de trabajo, y con otras, un lugar cercano en donde comían. No tenían baño, ni comedor, ni sala de reunión o descanso. “Cuando nosotros llegamos, lo que hicimos fue ayudarlos a que se juntaran para que así pudiesen acceder a más comodidades”, cuenta Lilian Osses, asesora de Loreto Barrera, Seremi de Minería. “Este lugar es como cualquier pertenencia minera, regulada por el SERNAGEOMIN, inscrita, y cada minero, para trabajarla, debe pedir permiso a la Sociedad Legal Minera que es la dueña de la pertenencia”, explica don Enrique.

El problema es que esta piedra tan considerada, tan requerida y descrita por muchos como un lujo —por ejemplo, para usarla como revestimiento de las paredes exteriores de una casa—, solo la extraen estos diez mineros que llevan más de cuarenta años trabajando con sus propias herramientas. Una afición que, como pocas, ha pasado de generación en generación. “Cuando nosotros llegamos, la explotación era muy desordenada, y la preocupación principal nuestra fue la de otorgar seguridad”, cuenta Osses.

De esta forma, al unirse y gracias a la ayuda del gobierno, lograron que los diez mil metros cúbicos de material de desecho que estaban en los alrededores de la cantera y que hacían peligrar la vida de los mineros, se retiraran. Además, se les capacitó con un curso de monitor de seguridad. Por otro lado, cada trabajador mueve unos doscientos cincuenta kilos, que es lo que pesa más o menos una roca, por lo que tienen riesgos grandes de lumbago. “Además de haber logrado un cambio cultural en ellos, conseguimos traerles instalaciones de faena, con baños, con un lugar donde dormir, con ducha con agua caliente, con cocina, en fin, con todas las comodidades mínimas que debe tener cualquier persona para que su labor sea digna”, explica la asesora.

En la obra se ve a los hermanos Agustín, Juan y David Cornejo, además de don Pedro Barrera. Don Pedro lleva cuarenta años trabajando en esta cantera. Don Agustín empezó a los trece años limpiando los escombros y, poco a poco, empezó a subir de nivel, aprendió la artesanía y luego a extraer la piedra.

¿Cómo ha sido el cambio de este trabajo en estos cuarenta años?
 (Agustín) Antes era todo a pura mano, ahora tenemos más materiales y tecnología. Yo empecé limpiando, sacando fósforos, después aprendí todo. Sé el trabajo completo, hasta dónde quedan los objetos instalados. Soy agradecido de lo que Dios me ha dado, adoro esta pega.

¿Dónde han ido a trabajar?
(David) Estuve un año trabajando en Barnechea camino a Farellones, hemos estado en distintos clubes de golf de Santiago, e instalamos una gran piedra en la plaza San Enríque. Hemos puesto piletas, muros, adoquines en todo Chile.

¿Prefieren trabajar unidos como ahora, o solos como antes?
(Agustín) Es que ahora nos sentimos más apoyados, respaldados y más unidos. Yo me saco el casco por este gobierno, que nos han dado todo, que han hecho las gestiones para ayudarnos. El problema es que los chilenos tenemos mala memoria.

 

“Antes era todo a pura mano, ahora tenemos más materiales y tecnología. Yo empecé limpiando, después aprendí todo. Sé el trabajo completo, hasta dónde quedan los objetos instalados. Soy agradecido de lo que Dios me ha dado, me gusta mi trabajo, adoro esta pega”, Agustín Cornejo.
 

 

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