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EDICIÓN | Febrero 2013

Canción del sur

Por Marcelo Contreras
Canción del sur

Con esa lógica del Colo o la Chile, si te apuran entre Los Prisioneros y Los Jaivas como las bandas más grandes en la historia nacional, ¿cuál es la respuesta?.

Los criados en los ochenta, casi por acto reflejo, se inclinan por el trío de San Miguel, que gritó verdades con melodías pegajosas en días de botas y viseras. La huella de Los Jaivas, que este año celebran cincuenta años, es más universal, gestados en una época extraordinaria en que la juventud asumía identidad por primera vez. Antes, la infancia acababa a los quince, a los veinte trabajabas en un banco, a los veinticinco estabas casado con hijos. Los Jaivas, en su más temprana encarnación, eran una orquesta a imagen y semejanza de esas bandas de quinta de recreo de músicos bien carreteados, pero engominados como caballeros. El clic para descubrir su carácter ocurrió —como suele pasar— tras un viaje. Mochileando por Sudamérica, Gato Alquinta fue seducido por ritmos y sonidos autóctonos. Despertó el creador y regresó con la necesidad de dar vuelta la página, superar la réplica y el jolgorio mecanizado de los conjuntos bailables.  

Con la escenografía del hipismo, Los Jaivas eran los actores perfectos. Lúcidos, no se abanderizaron en una época en que la sociedad chilena interpretaba todo con filtro político, mientras construían un lenguaje musical que urdía en la tranquila Viña del Mar, la misma trenza de Santana en San Francisco: conjugar rock y géneros de la América morena. Ese idioma se expandió, se hizo progresivo, contagió a otros. Músicos argentinos claves como Charly García y Adrián Dargelós, el líder de Babasónicos, han declarado su admiración por los hijos pródigos de la ciudad jardín.

Así como Barranquilla levantó una estatua en homenaje a Shakira, Viña debiera hacer lo propio con Los Jaivas después de este medio siglo de vida y trascendencia. En el arte son creadores genuinos, únicos y seminales. Esas cualidades, al menos merecen un monumento.    
 

 

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