La Odisea. Jueves 23:00 horas en TVN.
La última temporada de Ricardo Astorga con La ruta de… marcó un punto de inflexión en su carrera de casi treinta años en TVN. Le cambiaron el horario —pasó de estelar del domingo a segunda franja nocturna del lunes—, y el conductor aventurero dejó entrever la opción de irse. Al rato, ya trabajaba en un nuevo espacio para el canal público, recorriendo la Patagonia. ¿Qué cambió? Por lo que muestra, hizo concesiones. La Odisea mantiene la columna que ha hecho de Astorga un personaje envidiable —la figura patiperra que anda por donde a nadie se le ocurriría, pero notoriamente cede ante el formato docureality. Sumó dos acompañantes: Pangal Andrade, ex participante de Año 0 y Amazonas, y la ex Miss Chile Gabriela Pulgar. Ya en el primer capítulo quedó claro que los besitos y arrumacos entre ambos, eran cosa de avanzar la temporada.
Si se trata de rasgar vestiduras en pos de la televisión de calidad y cultural y bla bla blá, hay cierto derecho. Bajo la carátula de realidad se esconden guiones y acciones prefabricadas. Quizás el amor de los acompañantes es sincero y espontáneo. Quizás no, no lo sabemos. Lo interesante es cómo navega Astorga en estas nuevas aguas. El dicho que cabe es “más sabe el diablo por viejo…”. El conductor aventurero se instala como el sabio, quien ha visto y recorrido todo. Su personalidad balancea el ímpetu de Andrade, cuyo rol en el programa (aparte de hacerse el lindo con la reina de belleza) es encarnar la osadía. En cuanto a Pulgar, su aporte es menor. Anda con la típica cara de apestada de la lola chilena alérgica al deporte, muerta de frío y quejumbrosa.
Como sea, el update de Ricardo Astorga salda a favor. A nivel de factura técnica, es de lo mejor en su carrera. Salió del ritmo cansino y con aspiración antropológica que caracterizaba su televisión, y sumó con acierto las dosis de vértigo que hoy condimentan los programas del cable de sobrevivencia.