En los colegios, los profesores de historia, cuando enseñan los episodios de la Guerra del Pacífico, relatan las batallas, las causas y consecuencias del conflicto y destacan las grandes figuras que dirigieron las acciones, pero en muy raras ocasiones describen las penurias que sufrieron los soldados comunes.
Afortunadamente algunos soldados, escribieron sus vivencias y las de sus compañeros que marchaban hacia el campo de batalla, en papeles encontrados en las oficinas salitreras de Tarapacá. Uno de estos fortuitos cronistas, fue el campesino Hipólito Gutiérrez. Nacido en la hacienda Colbron en la subdelegación de Bulnes 1844, hijo de Francisco y Tránsito Morales.
En este período de la historia, Chile era un país agrícola y la mayoría de su población estaba formada por campesinos. Al inicio de la guerra fue muy difícil el reclutamiento de campesinos. La gran mayoría se resistía a enrolarse. Fue el hundimiento de la Esmeralda y la muerte heroica de Prat, lo que estimuló a los campesinos a marchar voluntariamente al campo de batalla.
Esta nueva visión de los campesinos, también cogió a Hipólito Gutiérrez. Él lo cuenta así: “Yo Hipólito Gutiérrez en mes de sectiembre de 1879, nos convidamos dos amigos y compadres vivientes con mi entero gusto para ir al norte a defender nuestra Patria hasta morir o vencer por nuestra bandera chilena”.
EL MOVIDO VIAJE AANTOFAGASTA
Al despedirse de su madre que lloraba sin consuelo le dice que volverá “porque nadie muere antes”. El viaje hacia Antofagasta, lo hicieron en un barco desvencijado que se movía como una chalupa en un mar tormentoso. Hipólito describió el viaje, diciendo: “al otro día amaneció cerca de todos los soldados, mareados, botaditos sin poder levantar la cabeza y sin ganas de comer”.
“Al llegar a Antofagasta, los calores era insoportables...insufribles y tan arenoso, y la arena sale cuando íbamos a los ejercicios. Llegábamos inconocibles de tierra y sudor. Y la sé y el agua resacada eran tan mala que no podíamos apagar la sé”.
LA DURA PERMANENCIA EN IQUIQUE
Al llegar al puerto los soldados fueron instalados en un cuartel “sin puertas francas”. “Durante dos días –escribe Hipólito- nos dieron charque seco, galletas de arina y el agua y escasa”. En otra hoja explica: “emprendimos la marcha todos equipados y cargados con la cama a las espaldas, el rifle la caramayola de agua, el morral lleno de balas y de víveres”. Caminaban toda la noche muertos de cansancio y sueño. “Anduvieron toda la noche sin parar, sudando y tanta tierra que volaba que me secaba la garganta”.
“Eran las nueve del día –relata Hipólito- y yo y no podía andar pues todo hecho pedazo. Las ampollas y mi compañero Sandoval lo mismo. Parece que y ni íbamos a llegar. (Los pies) los llevaba con medias envueltos en pañuelos”.
Hipólito Gutiérrez sobrevivió. Como premio a su acción guerrera lo subieron de grado. Volvió a sus antiguas tierras y se casó. Falleció en 1934. Como él repetía: “nadie se muere antes”.