Sentado frente al mar estoy esperando que comience la función de Pacífico, en pleno Parque Croata de Antofagasta. Mientras escucho a Morrissey en mi celular, me vuelco en una profunda reflexión sobre nuestro capital cultural, entre el mar y el desierto.
Se entiende que el capital cultural es un instrumento de poder, bajo la forma de un conjunto de cualificaciones intelectuales producidas por el medio familiar y el sistema escolar. Es un capital porque se puede acumular y también, en cierta medida, es un símbolo de estatus. Como todo capital da un poder a su poseedor.
Existen también bienes culturales y para apropiarse de alguno, es necesario contar con un buen hábito cultural, el que adquirimos mediante una formación básica e institucionalizada.
Con la palabra cultura se indica a todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad y finalmente, expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones para que sirvan de provecho a muchos, e incluso a todo el género humano.
Pronto llegarán la jirafas luminosas y no dejo de recordar cuando en la Plaza Sotomayor, se presentó ya hace varios años, la Compañía Royal de Luxe y su obra: Soldes! deux spectacles pour le prix d'un.
¿Qué porcentaje del bonus track, se habrá transferido al capital cultural de nuestros hijos, de nuestros alumnos?