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EDICIÓN | Enero 2013

Ayuda a Coliumo

Agnes Köbrich
Ayuda a Coliumo

Motivada por la catástrofe que dejó el 27/F en el litoral penquista, Agnes Köbrich comenzó a desarrollar una intensa labor social que favorece a niños y dueñas de casa de Coliumo.

 

Por Érico Soto M. / fotografía Sonja San Martin D.

La bahía de Coliumo recibió con fuerza el azote de la naturaleza, cuando el 27 de febrero del 2010, el movimiento de tierra y el mar golpeó a la Región del Biobío. Principalmente, fueron las olas gigantes que acompañaron al terremoto las que causaron estragos en la caleta, destruyendo casas y botes de la comunidad, es decir, viviendas y trabajo de gente esforzada.  

Agnes Köbrich Uslar sintió la necesidad de ayudar, luego de comprobar el devastador efecto del cataclismo. Conocía el poblado, pues su familia tuvo una casa hasta antes de esa fecha, y es por eso que no quiso quedar indiferente ante la posibilidad de colaborar.

De profesión matrona, pero retirada de la actividad después de dieciséis años de ejercicio, se reconoce una agradecida de la vida. Por esto, se organizó con algunas amigas y puso en marcha dos proyectos que lentamente fueron recuperando el ánimo y la alegría en Coliumo: talleres de tejido para dueñas de casa y clases de vela para niños.

Casada con el arquitecto Enrique Armstrong y madre de tres hijos, cuenta que llegó a una etapa de su vida en que desea hacer muchas cosas. Con más tiempo y compromiso con los que más lo necesitan, apuntó a Coliumo para darle vida a sus iniciativas.

¿Cómo partió esta idea?
Tuvimos una casa en Coliumo durante treinta años. La vendimos y nos compramos un departamento en Pingueral, donde estuvo en funcionamiento la marina, con muelles y veleros. Pero vino el tsunami que se llevó todo. Tenía mucha gente conocida en Coliumo, que estaban viviendo en campamentos y aldeas, y una prima me mandó una caja con tejidos, desde Santiago, para repartir en la localidad. Entonces averigüé que había un taller de manualidades, por lo que se me ocurrió convocar a las participantes y les entregué estos tejidos —que eran preciosos—, sugiriéndoles que hicieran lo mismo con lana y palillo. No todas sabían tejer, por lo tanto hubo un proceso de enseñanza en el que participé junto con cuatro amigas, que estuvieron viniendo todas las semanas: Mónica Reyes, Alicia Yunge, Marisol Rochette y Verónica Neumann.

¿Qué fue lo que hicieron concretamente?
Dos talleres de veinte personas cada uno, en escuelas y aldeas, donde la idea fue entregar herramientas laborales a la gente. Nos repartíamos para estar funcionando en los dos lugares. Fue una instancia de convivencia, conversación, reunión y hasta de kuchen y té. Lo pasábamos súper bien. El segundo año, muchas empezaron a volver a sus actividades e, incluso, se cerró un taller, pero nos mantuvimos. Parte importante fue haber alcanzado un convenio con la empresa Cross Ville de Tomé, que permitió poner en vitrina nuestros productos y que se pudieran vender.

¿Qué aporte significó este proyecto?
Una posibilidad concreta de trabajo, y que continúa hasta hoy. Las señoras, muchas de ellas algueras, tienen un ingreso fijo todos los meses. Estoy muy agradecida de quienes nos ayudaron, porque ellas están súper contentas con eso.

¿Les permite proyectarse en este rubro?
Hemos ido abriendo puertas, en el sentido que aprendieron muchas cosas nuevas, moviéndose en un mundo más fashion, con cosas más sofisticadas. Ellas hoy, prácticamente, están solas en su relación con la empresa (Cross Ville), pues nosotras solo somos intermediarias en este momento. Ellas van a buscar hilados y tejidos y los venden.

¿Cómo ha sido su relación con esta zona?
Con los pescadores, muy buena. Ya nos conocen, saben lo que hacemos y jamás ha habido problemas. Es necesario trabajar juntos, porque muchas veces hay que pedir permisos o extender invitaciones.

¿Hay nuevos planes?
De momento estamos con los tejidos y la vela. Me ha encantado esta experiencia de ayudar. Soy una agradecida de la vida, porque si bien no me ha faltado nada ni he tenido mayores problemas, me gusta esto de hacer cosas para devolver la mano, aprovechando  potencialidades para hacer otras cosas. Con mi marido estamos en una tercera edad, pero rebelde, porque igual como los adolescentes, ya no somos los abuelitos jubilados, sino que queremos hacer cosas. Sin hijos en la casa, hay más libertades, salidas, tenemos tiempo para actividades que durante mucho tiempo ni pudimos disfrutar. Cuando uno se lo propone, y se trata de sueños aterrizados, siempre resultan. Uno visualiza y las cosas se van dando, la gente engancha y no es tan difícil, como en este caso.


VELAS AL VIENTO

La otra iniciativa que Agnes Köbrich emprende en Coliumo va de la mano con el mar y la navegación a vela, a través de una escuela dirigida a los más pequeños e hijos de pescadores. Se trata de un deporte que practicó por muchos años junto a su esposo, tanto en vela menor como en yates oceánicos, y que le permitió recorrer las costas del litoral local como parte de una tripulación que siempre fue familiar.

Patrón de bahía y piloto costero son los grados que posee, necesarios para haber practicado de manera deportiva la vela, una disciplina de la que siempre ha sido cercana. Actualmente, su marido es el presidente de la Asociación Regional de Vela.

También luego del terremoto, surgió la idea de recuperar la confianza de los niños con el mar, y para ello se propuso fundar un club que le diera una oportunidad en el deporte a todos los que quisieran aprender.
"De tanto venir para acá, a principios del año pasado pregunté en la escuela qué actividades extra programáticas había para los niños. Pero me dijeron que no tenían ni siquiera profesor de Educación Física. Entonces propuse la escuela de vela, porque existe una gran cancha para poder hacerlo".

¿Qué dificultades encontró?
No había dinero, pero yo dije que iba a tratar de poner la infraestructura, y después íbamos a ver cómo seguíamos. Escribí una carta a todos nuestros amigos navegantes, para comentarles la idea de hacer una escuela de vela para los hijos de los pescadores.  El lugar es espectacular, pero se necesitaban recursos. En la carta puse mi cuenta bancaria y empecé a llamar por teléfono, hasta que reuní lo necesario para comprar un bote tipo Optimist, mientras que un grupo de médicos y una oficina de ingeniería nos dieron otros dos: el Galeno y el Ingeniero. Afortunadamente, también me han ayudado empresas, como Laboratorio Pasteur, Hernán Boeri y Urbanplay.

Así partió...
El plan piloto contaba con tres botes, un profesor y así anduvimos al principio. Más adelante, por la suerte de que Enrique sea el presidente de la Asociación de Vela, me pasaron otros dos botes en comodato. O sea, tengo tres propios del club y dos facilitados, además de uno de aluminio que nos prestan, con motor, para acompañar a los niños.

¿Cuál fue la respuesta de los menores?
Muy buena. Se interesaron en practicar la vela y ahora les encanta. Ya han participado en competencias, regatas en San Pedro y Talcahuano, e incluso hubo una aquí en Coliumo, por primera vez. Hay una selección con los cinco mejores chicos, que tienen muchas condiciones y siguen practicando.

¿Cómo fueron los primeros pasos?
Con harto trabajo, porque con la  plata de las donaciones llegué hasta enero, paramos en febrero, pero en marzo quisimos seguir. No nos detuvimos, a pesar de necesitar financiamiento. Para poder lograrlo tuvimos que crear un club: el Club Deportivo Náutico Caleta Coliumo. Existe desde enero de 2012 y nos ha permitido presentar proyectos en el IND, que es la única forma de obtener recursos.

¿Quiénes pueden participar?
Niños de ocho a catorce años. Los requisitos son tener ganas, y de momento, ser alumno de la escuela de Coliumo, aunque nos abrimos a las vegas de Coliumo. Y también a los veraneantes, durante las vacaciones. Pero sobre todo está dirigido a los niños de acá, que sufrieron con el terremoto y estaban aterrados con el mar, pues les destruyó las casas y los botes a sus padres. La idea, aparte de darle esa posibilidad de hacer deporte, era acercarlos de nuevo a este de forma amigable.

¿Usted ya no sigue compitiendo?
No, ya me bajé de las regatas. Enrique ahora va con los hijos, que están más grandes y tienen sus amigos. Por años competimos en equipo, como familia. Primero con un laser 2, luego uno bora bora 25 llamado Alcione y después otro de treinta pies, el Magnes. Los nombres eran por los hijos de Eolo (dios griego del viento), aunque al segundo lo asociaban a mi nombre: Mi Agnes o Mamá Agnes. Para el caso, igual valía.


"Los niños sufrieron con el terremoto y estaban aterrados con el mar, pues les destruyó las casas y los botes a sus padres. La idea, aparte de darle esa posibilidad de hacer deporte, era acercarlos de nuevo a este de forma amigable".

 

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