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EDICIÓN | Enero 2013

El arte de escribir

Kaori Tsuji, caligrafía y encuadernación japonesa
El arte de escribir

Tinta negra, un pincel y papel. Es todo lo que necesita Kaori Tsuji para recibir los beneficios terapéuticos de la caligrafía y encuadernación japonesa. De esto se tratan los talleres que imparte en Rukalihuen; que sus alumnos aprendan a conectarse con su interior, y descubrirse.
 

Por Monserrat Quezada L. / fotografías Sonja San Martín D.

Kaori Tsuji se vino a Chile, en 2005, desde Ishikawa, Japón. Llegó, luego de un paso por Camboya, buscando algo difícil de describir, y lo encontró en Quemchi, Chiloé. Es algo como esto: “Fui allá para trabajar con las tejedoras. Una noche, me quedé en la casa de una de ellas porque teníamos entrega al día siguiente. Vivía en una casa arriba de un cerro, sin luz eléctrica. Nos tuvimos que levantar a las 5:30 am porque la micro que nos servía pasaba solo a esa hora. Teníamos que bajar el cerro para llegar al paradero, estábamos a oscuras, así que ella tomó mi mano, sin decir nada, para ayudarme. Ese poder, esa conexión, no era una cosa física ni superficial, era una calidez del corazón que es lo que siempre estuve buscando. Creo que los chilenos tienen que saber que acá todavía existe algo precioso que no pueden perder. Tienen que buscar dentro de cada uno, ahí está la naturaleza, que es la que nos manda, porque somos parte de ella. Para mí la tecnología no significa nada. Lo que encontré acá, sí”.

En Japón, Kaori trabajaba confeccionando ropa para una tienda de la ciudad donde nació. Con esa experiencia, se fue como voluntaria a Camboya, por un programa del gobierno de Japón que envía a personas para capacitar en técnicas y oficios a otros países para mejorar su calidad de vida. Se fue por dos años, pero la experiencia no la satisfizo porque “la gente me veía como una herramienta para hacer dinero, y no era la razón por la que postulé”. Por eso tomó la decisión de irse a otro país por el mismo programa. “Elegí Chile porque quería estar en un lugar donde se hablara español, para aprenderlo. Además, me gustó que la opción de Quemchi consistiera en partir de cero con un proyecto, en conjunto con las personas. Eso era lo que quería”.

Tanto le gustó la manera de vivir quemchina que luego de los dos años volvió a su país por tres meses, solo para hacer los trámites que le permitieran volver definitivamente. “Desde el 2007 que vivo acá, pero el 2008, por problemas presupuestarios de la Municipalidad de Quemchi, me vine a Concepción, por recomendación de una persona que conocía al director de la Escuela de Diseño de la Universidad del Biobío”.

Ahí estuvo hasta el 2010, y conoció a Paloma, hija de Anita y Ricardo, los dueños de Rukalihuen. “Partí esa Navidad haciendo un taller de decoración del árbol en origami para niños y sigo acá. Me encantó la filosofía de este lugar, su mirada hacia las cosas de la vida cotidiana y del universo. Acá no hay fronteras, todos somos iguales y estaba buscando eso. Tuve que venir desde Japón para encontrarlo”.


CULTURA JAPONESA

En Rukalihuen, Kaori Tsuji imparte distintos talleres: cultura japonesa, caligrafía (llamada shodou), diseño textil y, a veces, encuadernación o algo relacionado con el arte. “Acá vienen personas con y sin preparación. Todas tienen algo que aportar y yo también aprendo con cada una de ellas”.  

Los talleres que impartes son artísticos, pero también se plantean como terapias espirituales…
De hecho, al taller de shodou le pusimos MeditArte porque también te ayuda a meditar. La caligrafía japonesa no es escribir, sino dibujar la belleza. Y esta viene de nuestro interior. Es un esfuerzo coordinar el cuerpo a través de la orden del cerebro. Entonces uno tiene que practicar un montón para desarrollar el escrito final, es un proceso lento. En Japón se dice que los trazos de la letra muestran el carácter del autor. Si alguien escribe bonito se le admira, porque demuestra disciplina y paciencia. Por eso, lo que puedo ofrecer en Rukalihuen es una iniciación, porque no es algo que se pueda lograr en tan poco tiempo, sino es una práctica de la vida. Tampoco soy maestra de caligrafía, sino que estoy aquí para introducir este instrumento a la persona y que ella se dé cuenta de esa conexión con su interior. Mi taller es muy silencioso, todos están concentrados porque ese trazo no puede salir sin conciencia. Hacer caligrafía es revisarse y conocer las propias capacidades.

¿Cómo es una clase de shodou?
Primero hago una introducción a la caligrafía por medio de su historia, es decir, el comienzo de la escritura. Luego, les enseño las dos formas de alfabeto japonés y les muestro los elementos de las letras, para posteriormente practicar los trazos y escribir su nombre. Es algo básico, pero al mismo tiempo difícil. Eso es parte de la enseñanza: un simple punto puede costar mucho, es lento, pero una vez que se logra no se olvida. Los aprendizajes que realmente incorporamos para siempre son aquellos en los que pusimos nuestro esfuerzo. Finalmente, creamos un sello personal en carácter chino para cada participante.

¿Y cómo es la de encuadernación?
Yo enseño la encuadernación japonesa que es cosida a mano. Al igual que en el caso de la caligrafía, acá se desarrolla la paciencia, porque hay que medir bien, cortar, aplicar la cantidad justa de fuerza, coser uno a uno los papeles, etc. Requiere tiempo, pero cuando está listo es maravilloso; un objeto hecho por uno, con amor. Eso quiero ofrecer, que volvamos a usar nuestras manos, a trabajar con nuestro cuerpo.


“Mi taller es muy silencioso, todos están concentrados porque ese trazo no puede salir sin conciencia. Hacer caligrafía es revisarse y conocer las propias capacidades”.

 

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