El barrio Bellavista fue el escondite donde se encontraban los que huían de la civilización según el modelo criollo y de un Santiago con creciente ajetreo urbano: órdenes religiosas, indígenas y jóvenes. De ahí que fuera y siga siendo cuna de conventos, escuelas, fábricas, intelectualidad y diversión.
El Mapocho, esas aguas que se “pierden en la tierra”, dividió hace unos siglos el territorio que hoy conocemos genéricamente como Santiago y Recoleta. Al sur del río, la joven urbe, edificada, trazada como tablero, con instituciones públicas, funcionarios oficiales y vecinos. Al mismo tiempo, en su ribera norte o “chimba”, va proliferando un espacio que mezclará en el aire las solemnes vísperas (plegarias nocturnas) de hermanos dominicos y monjas clarisas con la risotada alegre y el ritmo de una melodía profana, entonada por gañanes y labradores.
El “no barrio”, la “no ciudad”: en la colonia, la chimba es la periferia. Las aguas del río no iban encauzadas como se ve hoy, sino que el Mapocho se abría en brazos. Ellos operaban como frontera natural entre dos mundos —el hispano y el nativo— y dos culturas, la urbana y la popular. El del sur, histórico, marcado por la fundación de Santiago de la Nueva Extremadura. Pero en el norte hubo otras tantas inauguraciones: primera universidad confesional, Santo Tomás de Aquino (1622); primeros cementerios, el General (1821) y el Católico (1878); primer hospital público, a cargo de religiosas y consagrado a San Vicente de Paul; y primera capilla, La Viñita, que aún se conserva en pie, fundada por Inés Suárez con el propósito que se rezara durante la perpetuidad por el alma de Pedro de Valdivia.
Eran estas desde hace mucho tiempo tierras fértiles e irrigadas. Acá se ubicaron las chacras de algunos conquistadores, como la del mismo Valdivia, y se sembraban con viñas, frutas europeas y hortalizas que surtían a las casas familiares. Moran acá libremente caudillos, yanaconas y mestizos.
Justo Abel Rosales, en La Cañadilla de Santiago: su historia y sus tradiciones. 1541-1887, describe estos “tranquilos campos de labranza, adonde no llegaban los alborotos de la vecina capital, de quien apenas sentíase los variados toques de las campanas de sus iglesias y conventos, ahogados a veces por el rugido, del buey, el bramido del toro…”.
Se instalan en esta placidez órdenes religiosas, con sus conventos, escuelas para niños y jóvenes, y oficios. Dos ejemplos de ellas podemos apreciar en la avenida que da nombre a la comuna y separada por unas cuadras: Recoleta Franciscana y la Recoleta Dominica.
El siglo XIX acogió una nueva inmigración, de la colonia árabe, que dio a la zona un tinte más comercial, con distintos puestos textiles y de manufacturas, que conforman el barrio que hoy llamamos Patronato. Arquitectura, paisaje, idioma y sabores distintos, que se conservan en la figura de grandes casonas mozárabes y una que otra picada con exóticos sabores; aunque desde finales del siglo XX, se abre paso una creciente colonia coreana y, en menor medida, china e india.
También fijaron ahí su residencia artistas como el pintor Camilo Mori o Pablo Neruda, quien bautizó a su “Chascona” en honor a su mujer, Matilde Urrutia. De principios del siglo pasado es la urbanización del cerro San Cristóbal, antigua cantera, que hoy corona la Virgen de catorce metros que mira atenta a Santiago. Verá de día a turistas, empleados y estudiantes, estos últimos que asisten a un nuevo “barrio universitario”, fundado a partir de los cincuenta con la escuela de Derecho de la Universidad de Chile.
Y al igual que siglos atrás, aparecen los encantos de la noche: allá el jolgorio de una cueca brava o tonada cantadas en las chinganas que se organizaban por todo el barrio de la chimba, cultura popular aliñada con bebidas embriagantes; hoy, con una cerveza de litro compartida entre cuatro estudiantes, reverberante música envasada, la picada con cazuelas épicas o la más elaborada cocina internacional, parroquianos y visitantes que han ido encontrando su refugio desde la década de los ochenta del siglo pasado.