“Kokoro No Niwa” es su nombre en japonés, mientras que, en español, se llama “Jardín del Corazón” y, cómo no, si estando ahí nos trasladamos inmediatamente a la esencia del misticismo oriental. Hoy, es reconocido por ser el parque japonés más grande de Sudamérica. Su simbolismo, serenidad y bellas postales han hecho de este lugar uno de los atractivos más hermosos y contemplativos de la región de Coquimbo. Sin duda, un espacio que trasciende más allá de su historia.
Por Víctor Godoy J. / Fotografía: Patricio Salfate T.
Desde los parques y viejos castillos orientales, templos budistas y capillas sintoístas (religión tradicional japonesa) al centro de La Serena. Verdaderas obras de arte paisajista componen el lugar que se ha transformado en el foco oriental por excelencia en esta región.
En esta oportunidad recorreremos el “Jardín del Corazón”, o más conocido como “Parque Japonés”. Observaremos cada rincón, disfrutaremos del paisaje privilegiado y, acompañados por un experto, conoceremos atractivos detalles de este oasis oriental.
Juan Collao es su jardinero desde que el parque abrió sus puertas. Al conversar con él podemos apreciar la gran experiencia que posee, no solo en sus labores, sino también por los amplios conocimientos culturales sobre lo que él llama “templo japonés, ya que acá todo tiene un sentido espiritual”, afirma. Experiencia que adquirió de manos de los propios paisajistas y arquitectos japoneses y que, hasta hoy, sigue poniendo en práctica para conservar y mantener este lugar.
El objetivo de CAP Minería, propietarios del recinto, era traer a esta región la cultura de sus propios clientes. A fines de los años ochenta comenzó la construcción de estos veintiséis mil metros cuadrados. Fueron seis años de selectivas labores, hasta que, en 1994, y como regalo del aniversario cuatrocientos cincuenta de la ciudad de La Serena, el Jardín Japonés abrió sus puertas.
Es un parque misceláneo, con una mezcla de diversos tipos de jardines japoneses. Es de estilo circulante, compuesto por una serie de senderos curvos que hacen recorrer el lugar con la mejor vista desde donde se le mire. Su estructura y composición va más allá de un elaborado diseño. Al igual que cualquier jardín nipón, representa la geografía y topografía propia del paisaje japonés.
En Japón se hicieron los planos básicos. Nada fue al azar. Cada parte fue exclusivamente seleccionada. Las rocas, en su mayoría, fueron traídas desde el Valle de Elqui, mientras que otras tantas se trasladaron directamente de la mina el Romeral. “Los japoneses recorrieron diferentes localidades, iban marcando cada roca que les llamara la atención, tanto por su forma como por sus tonalidades. Luego las íbamos colocando en lugares precisos que también habían dejado señalados”, afirma Collao.
ARMONÍA Y EQUILIBRIO
Entramos y la nostalgia de haberlo visitado en otra oportunidad, nos demuestra que una segunda vez nunca está demás. Lo primero que nos encontramos es un bello y bien cuidado coprosma en miniatura. Un bonsái trabajado por el propio Juan, quien relata que esta técnica ancestral nació en China por un tema medicinal, para cultivar árboles en reducidos espacios y que al traspasarse a Japón se utilizó como objeto ornamental y espiritual. Nos revela el secreto: “es muy simple: debe existir equilibrio, que siempre haya proporción entre la raíz y el follaje”.
Continuamos el recorrido hacia el costado izquierdo, donde apreciamos un pozo ceremonial, muy típico de la cultura nipona. Según señala la tradición, previo a iniciar la visita por este templo espiritual, hay que mojarse las manos y la cara para quedar purificados.
Mientras nos maravillamos con el entorno natural, avanzamos por el sendero. A un lado, un jardín de piedras delicadamente decorado con rocas de diferentes tamaños en un fondo de arena. Vemos grandes lámparas, típicamente japonesas, esculpidas en piedra, las que fueron donadas por diversas empresas niponas que eran clientes de CAP Minería, entre ellas, una lámpara obsequiada por el alcalde de Tenri, ciudad que, desde mediados del siglo XX, es hermana de La Serena.
Las condiciones climáticas y la salinidad del suelo han provocado que no toda la flora oriental pueda sobrevivir. Un cuidado mayor han tenido, por ejemplo, los cerezos en flor que con gran esfuerzo se han logrado mantener. Rodeados de estas especies observamos, detalladamente, la delicadeza de la jardinería oriental con su poda tan tradicional.
Árboles nativos se entremezclan con los incorporados al lugar. Es el caso de un viejo pimiento que con sus grandes y torcidas raíces nos muestra los años transcurridos. “Cuando un árbol es muy viejo adquiere espíritu”, afirma el jardinero. Por eso es muy frecuente ver a japoneses abrazar a este árbol para descargarse de malas energías y adquirir su sabiduría.
En el mismo sector, entre hortensias, pinos, colas de zorros y un frondoso césped, nace entre las rocas una cautivante y sonora cascada de agua. Es el símbolo de la vida, cuando nace, es fuerte y rápida; al fluir es dinámica y cuando desemboca en la laguna, reposa en calma.
Cruzamos por un paso de piedra, también muy tradicional de este tipo de parques. Aquí es imposible no detenerse para disfrutar del sonido relajante del agua. Un poco más allá se impone la particular belleza del ginko biloba, uno de los árboles más antiguos del mundo e, incluso, fue la única especie que sobrevivió a la bomba atómica, por eso es un elemento infaltable en este parque.
Mientras miramos el agua, vemos cómo todo el fondo está cubierto minuciosamente de piedras. Arduo trabajo de meses que sirvió para tapar la losa de concreto que va de fondo y que hoy se muestra como un empedrado cubierto de musgos, no por suciedad, sino para camuflar el fondo del agua que también sirve como alimento de peces.
Seguimos el recorrido rodeados de coloridos lirios y almendros de flor; entre ellos apreciamos la nandina japónica, ancestral planta que los antiguos samuráis usaban en sus casas para la buena fortuna. Sobresale la presencia de rocas sin cantos filosos, que entre sus tonalidades pasteles y grisáceas se transforman en verdaderas esculturas. A orillas de la cascada y con una singular fisonomía, está la isla “tortuga”, símbolo de la longevidad.
NATURALIDAD ÚNICA
Toda la naturalidad de este parque tiene un simbolismo basado en la espiritualidad y el budismo, tal como la famosa ceremonia del té. Por eso encontramos la “casa del té”. Una rústica y sencilla habitación de madera, con un suelo cubierto de piedras de diferentes tamaños y formas y protegido por un techo confeccionado en cobre. En este lugar se celebra, periódicamente, este milenario ritual.
Desde acá se puede apreciar una vista panorámica de la laguna. Cisnes negros; blancos de cuello negro y las coscorobas, pasean casi impávidos por el agua. Frente a este lugar, otro pozo ceremonial. Desde una caña de bambú cae constantemente un hilo de agua, con el cual uno debe lavarse las manos y enjuagarse la boca, acto previo al ceremonial del té.
A la distancia se aprecia una decena de patos. Es el embarcadero, que recuerda el lugar donde embarcaban los señores feudales para disfrutar del lago. Nos acercamos y, en la orilla, llaman la atención una veintena de coloridos peces koi y carpas doradas que simbolizan la buena fortuna. Estas especies pueden llegar a vivir hasta doscientos años y, según la leyenda, cuando logran nadar río arriba hasta llegar a la cascada, se transforman en dragones; de ahí su parecido.
Damos la vuelta al recinto y llegamos al tradicional puente curvo. Con piso de madera y pasamanos rojos, este puente nos conduce a la isla Grulla que está en el centro del parque; representa la prosperidad y felicidad. “Las islas son lugares libres de todas las malas energías, mejoran el espíritu, ya que lo malo cae hacia el agua que las rodea”, nos cuenta Juan. Allí se encuentra el tercer pozo ceremonial, que es el de buena salud y larga vida; frente a él, una casa de descanso, similar a la del té. Como este tipo de jardines es un arte heredado de China, no se sorprenderá al ver una pagoda. Imponente por su altura, es una bella pieza arquitectónica hecha de piedra.
Cipreses, álamos y magnolios adornan el lado norte. Justo ahí, un gran jardín de piedras conformado por rocas traídas directamente desde el fondo de la mina el Romeral. Este es el lugar predilecto para meditar o practicar tai chi. Sobre la arena, variados diseños simulan las corrientes marinas, mientras que las grandes rocas representan las islas donde descansan los espíritus. Estamos en presencia del jardín del Zen. Al mirarlo de diferentes perspectivas, siempre se verán distintos números de piedras, lo que interpreta la imperfección del ojo humano.
Vamos llegando al final del recorrido, pero antes, tomamos un breve descanso en un sencillo mirador que da hacia la playa de piedras. Este sitio es el lugar predilecto de las pequeñas tortugas de agua que reposan bajo el sol.
Mirto, arrayán, duraznos, camelias, abedules, totoras, entre otros, conforman la flora de este mágico parque que se ha transformado en un oasis en medio del estrés citadino.
Así, llegamos al término de un místico paseo que, en época estival, recibe a cerca de diez mil personas y que gracias a su quietud y paz, nunca estará de más repetir, cuantas veces sea necesaria, una nueva visita.
“Toda la naturalidad de este parque tiene un simbolismo basado en la espiritualidad y en el budismo, tal como la famosa ceremonia del té. Por eso encontramos la “casa del té”.
NUESTRO DATO:
Parque Japonés de La Serena
Contacto: (51) 217013
Horarios: 10:00 a 18:00 hrs.
Dirección: Eduardo de la Barra, entre Ruta 5 Norte y Pedro Pablo Muñoz, La Serena