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EDICIÓN | Enero 2013

El joven y el mar

Jorge Ortúzar Gelten, empresario pesquero
El joven y el mar

Hace unos meses, después de dos años, concretó el sueño de armar su propia embarcación, la que bautizó como “María Pabla” en honor a su abuela paterna. La ingeniería se ancló en su vida profesional y hoy, comienza a ver los frutos de un largo aprendizaje que obtuvo en el ejército y en la universidad. El trabajo en el mar lo ha llevado a vincularse, también, en el área social y a desarrollar una labor de representación, que se ha convertido en su gran bandera de lucha.
 

Por Verónica Ramos B. / Fotografía: Patricio Salfate T.

Trabajólico, riguroso y ultra deportista es este ingeniero en pesca serenense, que necesita más de veinticuatro horas al día para cumplir con todas las labores y metas que se propone.

De un dinamismo a flor de piel, Jorge Ortúzar Gelten distribuye su vida entre la familia, su empresa NIFRAMAR, la empresa pesquera de su padre, JEPESA, la gerencia de la Cooperativa de Pescadores Artesanales de Coquimbo y, como si fuera poco, se da el tiempo para practicar diversas disciplinas deportivas, entre ellas: enduro, caza, tiro al blanco, buceo y caza submarina.

Hace dos años, se propuso construir un barco pesquero. Un anhelo que pudo concretar, después de un largo camino. Cuando cursaba segundo medio en el Colegio Inglés decidió entrar a la Escuela Militar. Tras siete años, se retiró como sub teniente con la especialidad de ingeniero militar e ingresó a la universidad, donde se tituló como ingeniero en pesca. Trabajó en una naviera en Puerto Montt y luego, como jefe de operaciones en una empresa de transporte terrestre en Santiago.

Hace seis años regresó a esta zona para trabajar junto a su padre, Jorge Ortúzar, un conocido empresario pesquero de Coquimbo. Se hizo cargo del área operativa de la empresa hasta que una nueva oportunidad de negocio lo impulsó a tomar el timón de la independencia. El boom de la jibia, en ese entonces, le permitió tener tres embarcaciones artesanales jibieras, con capacidad para nueve toneladas cada una.

Hoy, está ansioso y feliz porque en enero se inició la temporada de pesca y “María Pabla”, su barco pesquero, ha comenzado a surcar las olas del Pacífico, con su propia tripulación.

CHAMPAÑA EN LA PROA

Dos años tardó Jorge en materializar su proyecto. El camino no estuvo exento de dificultades y eso le dio más fuerza para llevar a cabo su objetivo. Quince metros de eslora, capacidad para ochenta toneladas y una dotación para diez personas, son solo algunas de las características de “María Pabla” —nombre que quería para una hija, en homenaje a su abuela paterna— y con el que, finalmente, bautizó a su barco pesquero.

La ingeniería es parte de tu vida, ¿siempre soñaste con armar tu propia embarcación?
Sí, siempre quise armar mi propio barco. Cuando entré a la Escuela Militar siempre pensé en volver a esta zona y dedicarme a la ingeniería en pesca.

¿Por qué dejas el ejército?
Una cosa es a lo que te dedicas y otra muy distinta es el oficio. Mi oficio es la pesca y desarrollar proyectos.

¿Cómo parte el proceso de armado de tu barco pesquero?
Hice el proyecto y pedí apoyo financiero a la pesquera San José. Con una ingeniera naval realizamos los planos, ella me aterrizó bastante, por un tema de presupuesto y de normativa.

¿Cuánto tiempo dedicaste a esto?
De domingo a domingo. Es que es muy complicado realizar un proyecto de esta envergadura. ¡No sé si lo haría de nuevo!... (risas). Trabajé primero con un equipo de profesionales durante un año, pero los costos se elevaron. Finalmente, armé otro equipo con armadores de barcos que trabajan con artilleros y así lo terminamos.

¿Por qué resultó tan desgastante el armado?
Es que no había nada establecido o probado. Son aspectos muy técnicos los que se deben considerar; por ejemplo, cómo calcular la propulsión, el eje, la contramarcha, el sistema hidráulico, etc. Si un barco queda mal construido, se puede cargar con un setenta por ciento de su capacidad, pero se puede ir de cabeza, o bien, si las bodegas quedan mal distribuidas, se puede ir hacia atrás. Empezamos de cero y tampoco teníamos la experiencia. ¡Ahora puedo construir hasta una nave espacial! (risas).

¿Tuviste asesoría?
Mi padre me ayudó mucho, también fui asesorado por armadores de barcos… tuve la suerte de trabajar con un muy buen equipo. La verdad es que me ayudaron bastante.

¿En qué momento ves tu sueño terminado?
Después de dos años me di cuenta de que estaba tirando la champaña en la proa; la verdad, ¡no sé cómo lo terminamos! Afortunadamente, resultó todo muy bien. Lo probamos de inmediato, no quería perder más tiempo. Alcanzamos a pescar un mes y medio, porque la temporada de pesca es de enero hasta agosto, y el barco lo terminamos en julio.

Entonces ¿esta temporada es tu debut definitivo?
Así es y estoy feliz.

¿Y en qué consiste una jornada de pesca?
Salir un día a las dos de la mañana y regresar a las nueve de la noche. Si no tenemos suerte con la pesca, son dos días de marea. Estamos extrayendo jurel y anchoveta en Punta de Choros, por lo tanto, son seis horas de navegación de ida y seis de vuelta. El barco prende su motor un lunes y se apaga el sábado, a las siete de la tarde.

¿Cuándo es una buena temporada?
Cuando se extraen unas tres mil toneladas al año.

¿Qué sientes cuando levantas el ancla de tu barco y te vas mar adentro?
Enciendo el motor y ya el sonido me apasiona. Viajo a un lugar donde no sé lo que me espera. Vas a luchar con el medio… a pelear con un recurso que es esquivo y complicado. Cada día es un nuevo desafío y eso hace muy atractivo este trabajo.


VETA SOCIAL

Hace cinco años, Jorge fue nombrado gerente regional de la Cooperativa de Pescadores Artesanales de Coquimbo. Asumió esta labor como su bandera de lucha, motivado por el compromiso, las ganas de concretar proyectos y trabajar incondicionalmente por los pescadores artesanales. “Siento que soy hijo del rigor y esto me lo entregó el ejército. Hasta las últimas consecuencias… con lealtad y siempre pensando en cumplir el objetivo”, recalca.

Esta cooperativa agrupa a los armadores pesqueros artesanales de Coquimbo, es decir, dueños de embarcaciones que extraen recursos del mar, con el sistema denominado arte de pesca SERCO. “La cooperativa nace en el año 2004 porque se comenzaron a complicar las cuotas de pesca y era necesario estar unidos. Hoy representamos el noventa y cinco por ciento de las cuotas de desembarque de la región. Logramos mantener nuestra cuota y tenemos nuestras propias normas”.

Esta pasión por la pesca y el mar ¿la heredaste de tu padre?
Mi tatarabuelo, mi bisabuelo y mi abuelo eran médicos, entonces se esperaba que mi padre siguiera este camino, pero luchó contra la corriente y se dedicó al mundo pesquero. Con mucho esfuerzo y perseverancia llegó a formar su propia empresa y es también socio fundador de SERCOPESCA, gracias a él, siempre he estado vinculado a la pesca y al mar.

¿Esto motivó tu participación en la cooperativa?
Así es. Mientras trabajaba con mi padre, empecé a ayudar a la cooperativa y a aportar con mi experiencia profesional. Había muchas cosas por hacer… muchos proyectos. La directiva vio que estaba motivado con esta labor y me nombraron gerente regional de la cooperativa.

¿Cuáles han sido tus principales iniciativas en esta labor?
Primero, tener una sede propia y lo conseguimos. Ordenamos todas las materias administrativas, instalamos un laboratorio y ahora estamos comprando implementos de pesca para los socios. Nuestro objetivo es proporcionar, a los treinta y tres socios, apoyo social y laboral. Entregamos, también, becas universitarias a los hijos de los pescadores.

¿Alguna idea pendiente?
Crear un centro recreacional en el Valle de Elqui para los socios, pero en este último tiempo nos hemos transformado en un buffet de abogados, porque nos hemos preocupado de todo el tema legislativo de la ley de pesca, representando a los socios.

¿Ha sido un período muy complejo?
El sector industrial tiene un noventa y cinco por ciento de la cuota global de jurel y el sector artesanal tiene un cinco por ciento. Es muy poco lo que este último sector incide en el agotamiento del recurso. Considero que son muy drásticas las medidas. La ley de pesca es para Chile, pero todas las regiones son distintas, no es una realidad transversal.

Se ve que te entusiasma mucho esta labor…
Cuesta mucho encontrar líderes, personas que luchen por ti y la gente no se involucra. A mí me encanta este trabajo… ¡hay tanto qué hacer!, y me he dado cuenta de que no es difícil crecer. Nosotros lo hemos logrado y, en lo personal, lo he tomado como una misión.

¿Te sientes retribuido?
Absolutamente. El área social me interesa mucho y a veces pienso que me equivoqué de profesión (risas).

Sin duda, esta es la otra cara del trabajo en el mar…
Mi profesión la he vinculado con esta área y eso ha sido muy bonito y satisfactorio. Espero seguir realizando proyectos por el bien de los pescadores y sus familias.



“Enciendo el motor y ya el sonido me apasiona. Salgo a un lugar donde no sé lo que me espera. Vas a luchar con el medio… a pelear con un recurso que es esquivo y complicado. Cada día es un nuevo desafío y eso hace muy atractivo este trabajo”.

 

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