Por Mónica Stipicic H. / Fotos: José Luis Salazar y gentileza Francisca Vilches.
Llegó a pintar murales por casualidad y hoy se dedica de lleno a estas obras de gran tamaño. En casas, tiendas y piscinas plasma obras de arte que “no se descuelgan” y que, por lo mismo, exigen valor artístico y congruencia. “Me fascina ser dueña de la decisión de una obra que va a permanecer en el tiempo”.
Le obsesionan los salchichas. Además de una pareja de perros de esta raza que la acompañan todo el tiempo, en su casa hay figuras de varios tamaños con estas mascotas, que se mezclan con artículos kitsch, murales y cuadros llenos de color. Todos con una temática en común: objetos cotidianos, que apelan a la memoria colectiva y que aparecen en obras que hacen recordar a grandes exponentes del pop art.
Francisca viste de negro. Con unos gruesos bototos y un maquillaje intenso tiene pinta de modelo —de hecho reconoce haberlo sido en alguna etapa de su vida—, con un look medio rockero y oscuro que se contrapone con el color que la rodea.
Estudió arte en la Universidad Católica e hizo su especialización en videos. Sin embargo, hoy son otros los temas que llenan su agenda. “Antes de salir de la universidad, con un grupo de amigos arrendamos una tienda en un colectivo llamado Heavy Metal Punk, en la calle Orrego Luco. Mientras nos instalábamos se me ocurrió pintar un muro con la imagen de una mujer saliendo del baño. Casi de inmediato, la gente empezó a preguntar, hasta que llegó el primer encargo… siempre me acuerdo de que me pagaron muy poco y me demoré muchísimo en terminarlo. De un momento a otro y sin tener demasiada conciencia, ya había hecho treinta murales”, recuerda.
¿Cuál es la diferencia de un mural frente a otras obras de arte?
Que no se descuelga, eso es lejos lo que más marca este tipo de trabajo. Cuando uno pinta un cuadro lo entrega y la decisión de donde colocarlo pasa a ser de otra persona. Acá la decisión de donde va a permanecer una obra es completamente mía y eso me fascina, pero al mismo tiempo exige ser súper congruente.
¿Cómo definirías tu temática?
Mucho color y figuración, jamás algo abstracto. Mis temas tienen que ver con la memoria colectiva, con imágenes que evoquen algo de nostalgia, cosas que están en el subconsciente. Puede haber algo de pop en lo que hago, pero siempre que tengo la posibilidad de incorporar elementos más ácidos o sarcásticos lo hago. Más que pintar, lo que yo hago es intervenir espacios.
¿Tú decideslo que pintas?
Cuando el encargo es algo más corporativo tengo que ceñirme a ciertas pautas de color o requerimientos prácticos, pero la verdad es que la mayoría de las veces me dejan tomar decisiones. La gente se atreve mucho más de lo que uno cree.
PISCINAS, DECO Y MÁS
Francisca divide su área de trabajo en tres: lo doméstico, lo corporativo y las piscinas. Estas últimas las realiza a través de su empresa Cool Pool, que tiene en sociedad con Nicolás García, y que nació como una idea para expandir los espacios que pueden intervenirse.
¿Por qué piscinas?
Porque se trata de espacios que son útiles desde noviembre a marzo y después de eso están muertos. La idea era darle una vuelta el resto del año, transformarlo en un foco atractivo todo el tiempo. Y además, está el efecto lupa del agua, que es muy interesante visualmente.
¿Cuáles son las dificultades al momento de pintar una piscina?
Lo primero y más importante es que las pinturas hay que mandarlas a hacer a fabricantes especializados, lo que disminuye mucho la paleta de colores. Además, no es lo mismo pintar en los bordes que en el fondo, porque el agua deforma las imágenes. Hay que usar muchas texturas, no se puede hilar muy fino, los objetos tienen que ser grandes y fuertes. Estamos empezando con esto, no hemos hecho muchas, aunque a mí me parecen mucho más entretenidas que los muros.
Además de la pintura, Francisca ha ido expandiendo su trabajo a novedosas áreas. Estudió maquillaje en Londres y, como consecuencia de su experiencia con los murales, la han llamado para decorar distintos espacios: “acabo de hacer la decoración del Cirque Du Soleil, el backstage de varios conciertos y diseño tridimensional de vitrinas”, dice.
¿Y todo lo haces sola?
Tengo algunos asistentes, pero todo lo que se haga con las manos es trabajo mío. Yo pinto, soy muy perfeccionista y,por lo mismo, creo que nunca voy a hacer una gran empresa con esto. Funciono mucho con lo digital, la propuesta al cliente se presenta en Photoshop y eso es exactamente lo que va a encontrar en el producto final, no hay espacio a la improvisación.
¿No te complica pintar por encargo?
La verdad es que no. Aplico lo que aprendí en la escuela de arte, que es buscar siempre un concepto a partir del cual crear. Pintar murales es un trabajo y soy súper feliz haciéndolo. A mí todo el discurso artístico me da un poco de monos porque siento que más que ser parte de un circuito, ser artista es una cuestión de actitud y para eso es clave saber separar las cosas. Hay espacios donde iluminarse y crear y otros que son para trabajar. Apenas puedo me gusta meter temáticas sociales, pero tengo claro que una cosa es la intervención de espacios y otra es mi obra.
¿Y te das espacios para la creación de tus obras?
Sí, por ejemplo, hace unos años me invitaron a participar en una intervención colectiva en Brasil. Allí hice una pareja pintando un muro, sacada de un catálogo de tienda por departamentos y con un claro mensaje acerca del consumismo y de como el retail te ofrece herramientas nefastas para “hermosear” las casas.
“Pintar murales es un trabajo y soy súper feliz haciéndolo. A mí todo el discurso artístico me da un poco de monos porque siento que más que ser parte de un circuito, ser artista es una cuestión de actitud y para eso es clave saber separar las cosas”.