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EDICIÓN | Enero 2013

Chile-Japón, hermandad sísmica

Por Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.D.
Chile-Japón, hermandad sísmica

La relación de amistad entre Chile y Japón tiene ciento quince años; lazo firme, constante y recíproco. No obstante lejanías culturales y geográficas, ambas naciones se han entendido y acercado en todo ese tiempo. Dejando de lado las conveniencias e intereses económicos, ha habido y crecido una confraternidad trágica, sísmica. Ambos deben ser los países que han sufrido los peores terremotos y maremotos de la historia.

 El 21 de mayo de 1960, un cataclismo feroz destruyó el sur de Chile; al otro día, otro igual o peor causó un maremoto que se abalanzó sobre la costa, desde Concepción hasta Chiloé. El terrorífico maremoto también se expandió por el Pacífico. A la velocidad que vuela un avión, pocas horas después llegó hasta Japón, aplastando poblados costeros como si fuesen figuritas de papel. Uno de esos fue Shizugawa, población muy afectada que, además de llorar a cuarenta y un muertos, quedó deshecha.

Transcurridos treinta años y estando de nuevo la ciudad en pie, el alcalde de Shizugawa decidió conmemorar la tragedia. Propuso erigir una columna tan alta como la ola que entró al pueblo, de manera de recordar a los habitantes que todo esfuerzo de prevención y cautela ante un tsunami, siempre es poco. Ese alcalde le escribió al embajador de Chile en Tokio, invitándolo a participar en el proyecto (ya que la ola de 1960, había venido desde Chile). Y nació la Plaza Chile, en cuyo centro se puso una columna de seis metros de alto, con un cóndor en la parte superior, más una placa de bronce con el saludo del Presidente de la República de entonces, Patricio Aylwin, y cuatro versos de Neruda acerca “del mar verde que muerde la costa”.

Pero, para el gusto japonés, el cóndor no decía gran cosa. Así es que decidieron poner ahí mismo un moai; ciertamente una réplica, tallado por un artista de Santiago, y todo el conjunto fue inaugurado en 1991. Con el tiempo, la gente de Shizugawa hizo al moai el emblema del pueblo. Quienes visitaban Shizugawa se tomaban fotos con el moai; compraban llaveros, chapitas, camisetas, con el moai. Fue el camafeo y objeto de fortuna. Tanto así que hasta se dijo que el moai les había traído prosperidad (traducían moai al japonés como “visión del futuro”). La ciudad creció y abarcó un área urbana mayor, pasando a llamarse Minami Sanriku, que es como se conoce hoy. Entonces, vino el gran terremoto del 2011, ese que todos vimos, con su pavorosa masa de agua demoliendo edificios, arrastrando buques de pesca y vehículos en gran confusión. El 11-M, el mar transformado en máquina de destrucción barrió todo, incluida la Plaza Chile. Días más tarde, entre despojos y restos, apareció la cabeza del moai. El hallazgo tuvo especial relevancia: ¡el símbolo del pueblo se había salvado! A petición de los alumnos del Liceo Comercial de la ciudad, que por estar arriba de un cerrito era una de las pocas edificaciones enteras, el trozo de moai fue puesto en el patio de esa escuela. Entre tanto, en Chile se había formado un grupo de ayuda integrado por varias empresas chilenas vinculadas a Japón. Habían reunido algunos fondos que podrían servir para levantar algo emblemático. Y cuando se supo que el alcalde de Minami Sanriku quería “…un moai nuevo; pero ahora uno verdadero”, se empezaron a mover en esa dirección. Tras muchas conversaciones, el venerable Manuel Tuki —respetado miembro de la comunidad isleña— decidió donar una roca sacada de su propio terreno que, a su vez, sería tallada por su hijo artesano. De esa manera, se hizo el moai para Minami Sanriku, hecho en Rapanui por manos rapanuis.

En estos momentos ese imponente monumento ya está en Japón, y será instalado en el centro del espacio vacío de Minami Sanriku, en mayo de 2013. No será ese una copia mejor hecha y con roca auténtica. No. Será una donación llena de significado, del pueblo de Chile al pueblo de Japón. En un simbolismo más fino, un trozo especial de territorio chileno, hecho por una porción también muy especial de chilenos, que será puesto en un lugar muy representativo de Japón: un humilde pueblo costero. Japón, en esencia el mismo milenario pueblo pescador y navegante del océano, recibirá nuestra fuerza y deseo de superación. Será un acto potente cuando desde el más remoto lugar que ha acumulado la fuerza del Principio (mana), se entregue un símbolo de unidad y creación, como es un moai, a Japón, país hermanado por el fuego del Pacífico. Como ellos mismos esperan, el moai entonces encenderá la llama de la reconstrucción. En una sentida ceremonia se pondrán los ojos de coral al moai, para que mire el futuro; y no sólo en Chile sino en Japón haya un Te Pito o Te Hénua, unos ojos que miren al Cielo.

(Este artículo es parte del libro de varios autores, que se lanzará en mayo en Chile y en Japón, y que contará toda la historia del Moai de Minami Sanriku).

“Quienes visitaban Shizugawa se tomaban fotos con el moai; compraban llaveros, chapitas, camisetas, con el moai. Fue el camafeo y objeto de fortuna. Tanto así que hasta se dijo que el moai les había traído prosperidad”.

 

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