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EDICIÓN | Enero 2013

El rock es un museo

Por Marcelo Contreras
El rock es un museo

En abril ingresará una nueva camada al Hall de la fama del rock & roll, algo así como la liga de los súper héroes del género, pero en edad madura. Una de las reglas para ser inducido en esta institución nacida en Cleveland hace tres décadas, es que un artista solo puede ser postulado a veinticinco años del álbum debut, lo que da un margen razonable para considerar solo figuras con trayectoria. Si no fuera así, el próximo año tendríamos a Justin Bieber. El hall también incluye un museo. Su fachada recuerda la pirámide de cristal al ingreso del Louvre, una cosa faraónica, alusiva a momias, a los vestigios de una cultura desaparecida. ¿Quiénes eligen a los que merecen entrar al panteón? Gente de la industria y pesos pesados de la prensa musical estadounidense. Una de las críticas habituales a este jurado consiste en dudar de sus capacidades porque no son músicos —argumento tan irrisorio como cuestionar a un buen DT porque no fue futbolista—, y que obviamente privilegian sus gustos y miradas sobre lo que es el rock. Hay corrientes completas que provocan alergia en el hall, y pioneros aún sin su lugar.

Como todo premio, no solo se trata del talento artístico, sino de una maraña de movidas tras bastidores, relaciones públicas y sobajeos. Este año, los inducidos son Heart, la banda liderada por las hermanas Wilson (un clon de Led Zeppelin en sus orígenes), Rush (ignorados por la institución durante quince años por encarnar el rock progresivo), la fallecida reina de la música disco Donna Summer, el cantautor de los setenta Randy Newman, y los duros Public enemy, pilares del hip hop.

Para muchos que el rock esté en un museo es un contrasentido y una enésima señal de su extinción. Puede ser. Ya no conmueve a generaciones completas, no hay héroes, ni canciones del género que hagan cantar a toda la Tierra. Dejó de ser un engranaje vital de la cultura pop, para convertirse en una pieza digna de ser resumida en un artefacto —una guitarra, un disco, la letra a mano de un clásico—enmarcado en una pared. Una forma de arte que pasó de la acción a la contemplación.  
 

 

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