Muchos ariscaban la nariz cuando Ernesto “Che” Copete lanzó su película por su predecible humor de alcantarilla. Otros más prácticos sabían que un filme de esas características no hace escuela, sino que cumple la función de un peldaño. Veámoslo así: sin esa cinta, no habría, por ejemplo, una saga como Qué pena tu vida de Nicolás López. En el caso del pop chileno, sin Supernova y Stereo 3 —las bandas teen producidas por Cristián Heyne y Koko Stambuk a comienzos de 2000—, no tendríamos los discos de Javiera Mena.
El saldo dice que, en 2012, el pop chileno actual, forjado sin el espaldarazo de la industria discográfica, y que en los últimos cinco años se tomó la escena con el entusiasta apoyo de la prensa independiente y los medios tradicionales, comenzó un proceso de graduación. Quedaron atrás los discos grabados con prisa, casi en vivo, sin mucho retoque, como una especie de declaración de principios sobre frescura e instinto.
Las últimas entregas de Manuel García, Gepe, Ases falsos y Camila Moreno coinciden no solo en la calidad y madurez de sus composiciones, sino por aspirar a otro tipo de sonido, aprovechando a conciencia el estudio. Hay romanticismo y audacia en los álbumes lanzados con dos pesos, pero una trayectoria artística depende de ampliar las posibilidades en una evolución natural y honesta. Cada una de esas figuras presentó los mejores discos de sus respectivas trayectorias, hermanados en el deseo de lanzar obras capaces de sonar bien aquí y afuera. Buenos títulos no solo dignos de ser elogiados por oídos críticos y una audiencia culta, sino competitivos.
Lo que le falta a este movimiento para lograr la popularidad transversal, es la conquista de medios masivos como la televisión abierta, y mejorar sus shows en vivo, porque la competencia, literalmente, viene de todo el mundo gracias a la abultada cartelera en directo. Son los pasos pendientes para un movimiento que hizo su camino al andar.