Aunque esté en medio de la plaza, el emperador Marco Aurelio no será el foco de esta columna. Lo significativo está en la filosofía y espíritu laboral de Miguel Ángel.
Por José Pedro Vicente, arquitecto. Magíster en Arquitectura Pontificia UC. Santiago.
Hace quinientos años atrás, el papa Pablo III, fastidiado por el deplorable estado en el que se encontraba la Plaza del Capitolio, llama a este reconocido artista para pedirle alguna intervención menor que logre erradicar la presencia de las cabras pastando en la colina más importante de Roma, ya que, justo ahí, se encontraba el Edificio del Senado, el Antiguo Tabulario y el Edificio de los Conservadores.
Viendo la condición inicial de la plaza y finalmente el resultado, cabe mencionar las humildes palabras del autor: "La acción arquitectónica es aquella que responde y desarrolla la vocación del lugar", es decir, no hay diseños personales ni consecuencias de su mano, solo se pone en valor lo que, hasta ese minuto, pasaba desapercibido. Sin embargo, aquí hay un tema que es clave y es lo que pretenden rescatar estas líneas. Me refiero a la capacidad de gestión y convencimiento que tenía este artista, ya que el mayor grado de intervención solicitado, era la ubicación de la estatua. Para Miguel Ángel, la cosa no podía ser tan sencilla, o quizás, visto desde una perspectiva más contemporánea, tenía que aprovechar la oportunidad y el tipo de cliente para entregar algo épico que lo siga consolidando como uno de los grandes maestros de la arquitectura.
Vamos a la gestión: un lugar tan emblemático como este, no podía tener características de potrero, por lo tanto, debía desarrollarse un trabajo de pavimentación. La estatua no podía estar en otro lado que no fuera el centro de la plaza, pero para tal resultado, era necesario incorporar un edificio a modo de espejo del existente que consolidara la "envolvente del vacío". Ahora bien, afianzado el espacio público, el pueblo debía tener acceso; por lo tanto, se hacía necesaria una escalinata monumental que conectara el plan con el cerro y que fue denominada La Cordonata, alhajada además con estatuas, leones y trofeos. Trazados en el suelo, a modo de simbolismos, terminaban por maquillar el escenario de este plan maestro que, inicialmente, pretendía ser una "mano de gato". Este efecto dominó, donde una intervención requería de la otra para conseguir el resultado —a juicio estratégico de Miguel Ángel—, no solo consiguieron un lugar para la estatua y la erradicación de las cabras, sino también, una sabia lección sobre poder entregar más de lo que te piden, simplemente como método y política de oficina. Hoy, vemos que muchos servicios son simplemente a la inversa, es decir, operan con la ley del mínimo esfuerzo. Solo entregan lo que se pide, e idealmente, si se puede entregar menos para zafar, tanto mejor. Ahora bien, si a esta realidad le agregamos la cantidad de universidades que no cumplen con los estándares mínimos para formar a un profesional, tenemos como resultado un futuro servicio deficiente que, dicho sea de paso, será reemplazado rápidamente por la oferta calificada de profesionales españoles que están arribando a nuestro país, sedientos, además, de hacer las cosas bien para revertir su situación. Tal como me dijo uno de ellos: "Hoy llega una manada, mañana una jauría y luego la colonización".
Pd: A actuar como Miguel Ángel.