Así se sienten. Como una gran familia, cuya vida gira en torno a la música, las tocatas, las giras y los ensayos. Que se cuida, que se reinventa. Desde la terraza del Hotel Gervasoni, en Valparaíso, hablamos de la incursión de Maite en Factor X, de lo que sienten cuando están sobre el escenario, de cómo ven el circuito musical, del disco que se viene. Hablamos de sus sueños, de sus vidas y proyecciones.
Por Macarena Ríos R./ fotografías 'Vernon Villanueva B.
Hay personas que tienen ángel. Maite es una de ellas. Y si le preguntara en qué época habría nacido, la respuesta inequívoca sería en los años cincuenta. Con una estética delicada y elegante, esta viñamarina, cuya voz aterciopelada y sensual es el sello del grupo, se ha ido puliendo a sí misma. “Como en un principio me vi con pocas herramientas escénicas frente a la banda, me di el lujo de tener clases particulares con la actriz Tania Báez, en Santiago”. Y el resultado está a la vista. “Mi fuerte es la expresión corporal”.
LA HISTORIA DE MAITE
Su paso por diversos festivales escolares y universitarios la llevó a estudiar música en la Universidad de Valparaíso. Fue ahí donde conoció a Eduardo Acuña, “el Grinch”, como lo llaman en el grupo. El que llama al orden, el responsable de los arreglos y la dirección. Y aunque Maite, la vocalista, la profesora de canto, la que juega sobre el escenario el rol de Betty Boo, terminó sus estudios en la Universidad Católica, la amistad nunca se disolvió, todo lo contrario. Gracias a una invitación de Eduardo para cantar en la Big Band de la Universidad Católica de Valparaíso, Maite conoció al bajista Felipe Sánchez y a Rodrigo Morales (tenor, saxo y flauta traversa). Luego aparecería Jimmy Guerrero en escena (batería).
Todos coinciden en que la formación de la banda fluyó de manera muy natural. Que la amistad de diez años se mezcló a la perfección con el gusto por la música. Y que ya era hora de pensar en un proyecto con mayúsculas. De hecho, la página web www.maitesolana.cl es un verdadero currículum on-line.
Entre medio, Maite partió a Estados Unidos. “Me hablaron de una metodología en canto con Janet Lovetri, una eminencia de Nueva York, con cuarenta y dos años de experiencia, que acostumbra trabajar con músicos y actores de los aclamados musicales de Broadway. Me fui el 2011 a tomar un workshop intensivo. Las respuestas que busqué en diez años las encontré en diez días, ¡imagínate!
¿Tanto te sirvió?
¡Me cambió la vida! Metodológicamente, me ayudó a hacer más eficiente mi voz, a enseñar en forma amable. Se llama Somatic Voicework porque habla de la relación mente cuerpo. Esta es una metodología que pide constantemente el refuerzo positivo y la contención. Cuando hay un refuerzo, los resultados son distintos.
¿POR QUÉ NO?
Eso fue lo que se preguntó Maite cuando se abrieron las postulaciones a una nueva temporada de Factor X. Sin pensarlo dos veces, partió al canal a probar suerte. “Y me fue pésimo. En el medio televisivo, si no tienes una historia muy triste, no tienes mucha posibilidad. Me hicieron llenar un formulario terrible: ¿qué es lo peor que te ha pasado en la vida?, ¿te han humillado alguna vez?, ¿cómo fue tu infancia?, ¿qué te acompleja?, ¿lo más triste que te ha tocado vivir?”.
“Pero te sirvió para posicionar tu imagen”, le dice Eduardo. “Siento que a la Maite le sirvió bastante estar y vivir una experiencia diferente. Fue muy jugada”.
¿Era importante la opinión del jurado?
¿La verdad? No. Yo no fui a buscar una validación, yo fui por pega, para abrir nuevos nichos y puentes de comunicación, para que otras personas pudieran saber de mí. Y eso era lo que yo esperaba: tener una suerte de vitrina, estar en contacto con posibles eventos que pudieran surgir, con productores… pero nada de eso pasó porque todo se limita al drama.
“Frente a eso, la calidad musical y el talento pasa a segundo plano”, sentencia Rodrigo. Y todos concuerdan. “Yo sabía que tenía un proyecto musical serio de por medio. Para mí esto no era la última oportunidad”, agrega Maite. Ni arrogante ni soberbia. Fue justamente esa parada madura y profesional, la responsable de que no la afectara su eliminación, que ocurrió el mismo día en que recibió el video Cierro mis ojos.
“El pantallazo siempre sirve”, acota Eduardo.
¿Qué aprendiste de tu paso por la tv?
A querer y valorar lo que tengo con el grupo.
¿Volverías a competir?
Depende de las condiciones, porque si se trata de ir a contar lo peor que te ha pasado en la vida, no, pero si tenemos la posibilidad de mostrarnos y usarlo como una plataforma publicitaria, ¡feliz!
¿Todo el mundo puede cantar si enseñas bien una técnica vocal?
Te contesto como lo haría Janet Lovetri: según su metodología, cualquier persona que pueda escuchar y hablar correctamente, puede cantar. El tema de la expresividad, de las emociones y la puesta en escena, tienen que ver con el esfuerzo y el talento. Pero, eventualmente, todos podemos cantar.
“Eso es genérico de los músicos, siempre está el dilema de si el músico nace o se hace”, comenta Rodrigo. “Hay quienes, a punta de esfuerzo y estudio, pueden lograr grandes cosas”.
¿Y un músico nace o se hace?
Un músico nace desde la pasión, pero el talento puede venir incorporado o adquirirse mediante estudios, práctica y constancia, que es la clave de la música.
DE ESTILOS Y GRUPOS
Cada uno de estos músicos toca en otras bandas y realizan clases particulares y otros trabajos. Su amplia experiencia en otras Big Band a lo largo de los años los ha consolidado como profesionales notables dentro del circuito musical, al que califican de muy reducido.
“Siendo Patrimonio de la Humanidad, en Valparaíso no se dan tantas actividades culturales. Salvo el Duoc (“dueño de un tremendo plan de difusión”), el Teatro Municipal de Valparaíso y la ex Cárcel, el puerto carece de más escenarios”, opina Maite. Eduardo complementa: “En la escena musical hay muy buenas bandas, pero hay pocos espacios”.
¿Tienen alguna cábala?
El infaltable abrazo antes de comenzar un concierto.
“Yo soy muy supersticiosa”, dice Maite, “y no salgo a cantar si no me pinto las uñas y no me pongo este anillo”. Y muestra un anillo de ónix que se compró en un viaje a México.
“¿En serio?”, preguntan todos.
“Fíjense”, contesta Maite, “la única vez que no me pinté las uñas, se suspendió una presentación por lluvia”. Todos ríen. Hay complicidad en el ambiente. Hay cariño. Y me confirma lo que más adelante dice Eduardo: “Al momento de formar la banda primó la buena onda”.
¿Qué aporta cada uno?
(Maite) Jimmy aporta la ternura y la cuota de humor blanco. Rodrigo la genialidad y creatividad para tener un espectáculo de mejor calidad. Felipe es el que une, como un papá que nos acoge en su casa, el dueño del quincho. Y Eduardo es nuestro Grinch, el que asumió el rol de director, el que pone las normas, que ordena los ensayos.
¿Y Maite?
Es la flor de nuestra banda.
LA PRIMERA VEZ
La primera vez que tocaron juntos como banda fue el 29 de noviembre del 2011. Eduardo y Maite hace rato que tenían ganas de hacer un repertorio navideño, con un producto diferente. Con una propuesta formal bajo el brazo (una apuesta distinta, con el jazz como hilo conductor), Maite partió a tocar puertas. La primera que se abrió fue la del Mall Marina Arauco.
El día del show, estaban muy nerviosos. Tanto que, en veinte minutos, ya habían cantado todo el repertorio. Onda navideña, creer, compartir. “Fueron muchos amigos y la verdad es que fue nuestro estreno en sociedad como Maite Solana & Santa’s Band, ojo que en esa oportunidad cambiamos el nombre de la banda, porque nuestro show fue netamente navideño. Nos fuimos muy contentos y satisfechos. Valió la pena el esfuerzo”, comentan. “El fiato que tenemos como grupo se refleja mucho en el trabajo musical”, afirma Rodrigo. Y Eduardo comenta: “Este equipo de trabajo es muy bueno, porque salen muchas ideas”.
Ideas que la mayoría de las veces deben ser puestas en práctica de inmediato, como el caso de los dos videoclip —Cierro mis ojos y Big spender, cuyo autor fue Eric Carreño— que debieron grabar el mismo día.
“¡No tienes idea el making off!”, confidencian. “Fue ahí donde aprendimos los tiempos entre un trolley y otro”, cuenta Jimmy, con una sonrisa. Todo un acierto, porque en uno de los videos aparece uno de estos monumentos históricos. A pesar de la presión, salió todo perfecto: gracias al demo que presentaron días más tarde a Enjoy, fueron contratados para dos presentaciones en el Casino.
CEBOLLA JAZZ
Ese fue uno de los nombres que pensaron antes de llamarse Maite Solana & The Swing Band. “¡También Onion Project!”, salta Maite. “Y no nos olvidemos de “La Flor”, recuerdan. Las tallas van y vienen. Y las risas también.
¿Siempre hay nervios?
(Jimmy) Si no hubiera nervios, ¡sería muy fome!
(Felipe) Yo estoy aterrado…
¿Por qué?
(Felipe) Siempre he sido bajista, pero acá en la banda me dijeron que se vería visualmente más atractivo con un contrabajo, porque además de dar una propuesta estética, otorga otro timbre, más acústico, con un sonido más vintage. Aunque no lo creas, hace tres meses no tenía idea de cómo tomar uno de estos instrumentos, mucho menos tocarlo. Tuve que comprarme uno y comenzar a estudiar.
“En tres meses ha aprendido como ocho años de conservatorio”, comenta Maite con orgullo. “¡Felipe es medio genio!”.
¿La mejor presentación?
El Aula Magna de la Universidad de Santa María. El verdadero Carnegie Hall de Valparaíso. Fue un sueño hecho realidad. Un momento de película.
¿Quién es el más mateo?
(Eduardo) Todos. Los arreglos uno los puede escribir, pero al final la esencia y la vida de las canciones se la dan los músicos.
¿Y el más desordenado?
¡Rodrigo!
¿Una ayuda imprescindible?
¡Claudia Pinto! Nuestra querida diseñadora gráfica.
¿Qué se viene para más adelante?
Grabar un disco con canciones antiguas en español o inglés que tengan toques de jazz y que sea versátil.
¿Piensan componer?
Hay músicas dando vueltas a las que hay que darles forma. Y ese es un proceso creativo que va mucho en la intimidad de cada uno. Las ideas están en el aire.
“La mejor presentación ha sido en el Aula Magna de la Universidad de Santa María. El verdadero Carnegie Hall de Valparaíso. Fue un sueño hecho realidad. Un momento de película”.