El Aleph Editores (2007), 444 páginas.
Por Gonzalo Yuseff Quirós.
Agota Kristof nació en Hungría, en 1935. Le tocó vivir sucesivamente la Segunda Guerra Mundial y la ocupación soviética. En 1956 huye junto a su marido y una hija recién nacida hacia Suiza. Allí, trabaja en una fábrica de relojes cuya monotonía la abruma. Para evadirse comienza a escribir. Primero en su lengua de origen y, luego, en francés. Su obra publicada no excede unos centenares de hojas ya que, a pesar de su éxito editorial, pronto se aburrió también de escribir.
La novela está estructurada en base a tres historias diferentes, pero relacionadas, sobre dos hermanos gemelos que crecen al cuidado de una huraña, por decir lo menos, abuela. Tales circunstancias se desarrollan durante la Segunda Guerra Mundial. La primera historia, denominada El gran cuaderno (de 1987), consiste en las anotaciones tomadas por los niños durante su infancia. Abundan en esta parte los padecimientos vividos por los civiles durante la guerra. Los horrores ocurridos fuera del campo de batalla, a la población civil, nos deben recordar que la guerra tiene poco de heroico. La crueldad de los protagonistas parece en acá una simple travesura, llevada a cabo por dos niños que sólo quieren divertirse, en un mundo en que no hay espacio para la alegría. La segunda historia, llamada La prueba (de 1988), relata cómo, terminada la niñez, los protagonistas se separan. Uno escapa hacia Austria mientras el otro permanece en la Hungría comunista. El que se queda, intenta una vida caritativa de buenas acciones, pero el destino inefable le niega cualquier posibilidad de ser feliz. La tercera historia (La tercera mentira, de 1991), cuenta el reencuentro de los protagonistas. El problema que se produce en esta parte es poder determinar la veracidad del cuaderno original de anotaciones y la identidad precisa de los gemelos.
El estilo seco de la obra aumenta la sensación de agobio que produce su lectura. No nos da respiro. Un relato sin adornos. Una historia conmovedora. Al comienzo de los cuadernos los gemelos deciden seguir una regla: “la redacción debe ser verdadera. Debemos escribir lo que es, lo que veamos, lo que oímos, lo que hacemos…”. Esa verosimilitud fingida engaña al lector.