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EDICIÓN | Diciembre 2012

El lenguaje del alma

Roberto Lehnert
El lenguaje del alma

Su mundo está lleno de libros y palabras. Reconoce cierto orgullo cuando, al ir a escuelas del interior, los niños levantan la mano felices para responder preguntas en cunza, lengua local que estuvo a punto de desaparecer. Hasta que apareció Lehnert, dispuesto a dar la lucha por mantener vigente el principal pilar de la identidad de un pueblo: su idioma.

Por Claudia Zazzali C. / Fotografías Andrés Gutiérrez V.

Recuerda cuando de niño iba de la mano de sus hermanas mayores al mercado de Temuco. Se fascinaba mirando a los mapuches que llevaban sus productos para venderlos o intercambiarlos y podía quedarse extasiado por largos minutos, escuchando sus “extrañas conversaciones”, en un idioma que para él era indescifrable.

Roberto Lehnert es académico de la Universidad de Antofagasta, miembro del Instituto de Investigaciones Antropológicas. Su especialidad en etnolingüística le ha llevado a conocer, como pocos, la tradición de los pueblos originarios del norte. La historia que nos relata en sus libros y sus conversaciones es tan nuestra como suya, pues ya la hizo parte de su sangre y su familia.

Nacido en Puerto Varas, su niñez transcurrió en varias localidades del sur de nuestro país. De padre alemán con un espíritu de mejora permanente, su familia nunca temió a los cambios. Roberto tiene recuerdos desde cuando llegaron a Collipulli, pero antes de eso, la familia estuvo en Puerto Montt, Osorno y Río Negro: “mi padre tenía taller así que se trasladaba de un lugar a otro, decía ‘las cosas están mejor en tal parte, vámonos’, siempre buscando la mina de oro”, recuerda.

“Tenía un taller de carpintería, hacía carretas, arado, lo que viniera, tenía buenas manos y buenas ideas. De Collipulli nos fuimos a Concepción, después a Lautaro, Temuco y, finalmente, a Antofagasta”.

¿Cómo fue esa vida tan nómade?
Creo que dejó una huella positiva en mi personalidad, pero resulta difícil cuando uno es más joven. Particularmente, me costó muchísimo el traslado de Temuco; esa ciudad marcó, por ejemplo, mí cercanía con los grupos étnicos. De niño iba al mercado de Temuco donde se juntaban cientos de mapuches en carretas para vender choclos, verduras, y yo escuchaba el mapudungun y quedaba maravillado.

¿Era como observar un mundo paralelo?
Me impresionaban mucho por su carácter, su indumentaria. Una vez un tío me llevó a una ceremonia indígena y yo me sentí el niño más feliz del mundo. Fue una experiencia muy potente. Tanto como cuando fui a San Pedro de Atacama, era invierno y el río estaba congelado. Al día siguiente, empezamos a hablar con la gente del lugar y ahí me di cuenta del mundo diferente en el que viven los indígenas. Ya no se trataba de los mapuches, sino también de los atacameños. La pequeña gran diferencia es que aquí, la mayoría ya había olvidado un poco la lengua y ahí comenzó esta aventura.


NORTE GRANDE

Llegó a Antofagasta, el año 1954, pero con las ideas claras. Dice “haber sentado cabeza acá” y uno de sus primeros proyectos fue  ingresar a la Universidad del Norte. “Conocí, en ese tiempo, a un montón de jesuitas que marcaron mi existencia, gente estupenda; el cura Le Paige —sin duda un experto— hablaba un pésimo castellano, pero todos le entendíamos en las conferencias”.

¿Esas personas marcaron su tendencia profesional?
Sin duda alguna. Otro hito que marcó mi interés profesional fue el primer viaje a San Pedro con otro antropólogo, Mario Orellana, que vino a dictar un curso en un seminario que hicimos sobre lenguas indígenas. El descubrimiento del mundo atacameño en este viaje fue el impulso que requería para decidir a qué quería dedicar mi vida.

¿De inmediato se decidió por antropología?
Estudié pedagogía en inglés primero, después saqué una licenciatura en filosofía y educación y, finalmente, un magíster en ciencias sociales con especialización en antropología. Aunque debería haber sido antropólogo desde un principio, es algo que hice al final de mi carrera, casi como una preparación.

¿Y cuándo surgió la fascinación por el rescate del lenguaje?
Comencé a investigar, a buscar información y poco a poco, fui leyendo todo lo que llegaba a mis manos, que tampoco era mucho. Estudiaba los hallazgos arqueológicos, hurgando por vestigios de de nuestros antepasados. De repente, me encontré con un glosario de la lengua atacameña de 1896. Ese glosario fue el inicio de mi pasión, un estudio inagotable para mí, una lucha por rescatar la lengua local que es la base de la identidad de todo pueblo.

¿Es complejo trabajar con los grupos étnicos locales? Se sabe que son bien desconfiados…
Sí, y tienen razón de desconfiar. Los pueblos originarios de Chile nunca fueron protegidos por los distintos gobiernos de este país. Imagínese que en el año 1900, aún andaban cazando a los indígenas en la Isla Grande de Tierra del Fuego. No hay políticas inclusivas. Es como si los hubieran borrado del mapa.


LA RAÍZ

Lenhert es un apasionado por el rescate lingüístico; sus publicaciones sobre la lengua cunsa forman parte de los programas de estudios de niños y niñas de raíz atacameña, en pos de que mantengan sus raíces. Pero el camino que describe Roberto no ha sido fácil: “Cuando comencé a investigar, lo primero que descubrí fue que durante la Colonia, al parecer, nadie se interesó por la lengua que aquí se hablaba. Casi no existen documentos que den cuenta que aquí se hablaba una lengua distinta al quechua y al aymara. Existe una pequeña primera recopilación con no más de cincuenta o sesenta palabras. Hay otra que recoge dos versiones del Padre Nuestro en lengua cunsa, una versión que le entregó el párroco del pueblo y otra versión que le entregó un indígena”.

¿Cunsa, kunza, cunza?, ¿cómo se escribe?
Hemos tenido una búsqueda al respecto y hoy por hoy, lo dejamos en cunsa. Hicimos una reunión de todos los profesores de la letra atacameña y decidimos sacar todas las letras que pudieran hacer más difícil el tema. Las cosas hay que simplificarlas para que los niños las entiendan.

¿De dónde recuperó la información?
Fue un rastreo intenso. Muchas veces tuve que escribir a Francia, a Bélgica. Creo que, finalmente, pude recomponer el corpus básico de la lengua cunsa que, en rigor, no supera las mil doscientas palabras, incorporando préstamos del quechua, del castellano. Después tuve que hacer un proceso de depuración de la lengua cunsa y como antes había estudiado un poco de quechua, eso me facilitó las cosas.

¿Por qué tan pocas pistas del cunsa?
Una de las más grandes dificultades, es su fonología. Es complicada la pronunciación y los significados de palabras parecidas, son absolutamente diferentes.

¿Y con tanta dificultad se podrá recuperar algo del cunsa?
Uno de los logros más interesantes que tenemos como Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad de Antofagasta es la colección "Licana, texto de la lengua y cultura atacameña", trabajo realizado en conjunto con Alejandro Bustos y que busca entregar una base del cunsa a los estudiantes de educación básica de las escuelas del interior de la Región.


BAJO PERFIL

Su aporte a la cultura local es invaluable, pero Roberto Lenhert se refiere a su carrera con humildad: “creo que nuestra modesta contribución como investigadores es valorar las lenguas originarias como base de toda sociedad, como raíces milenarias de las culturas. El cunsa debe tener más de tres mil años porque es la única lengua de sustrato que uno encuentra en los estudios del origen y significación de los nombres propios de lugar, es decir, una de las más antiguas que se identifican en el mundo. No podemos permitir que se pierda”.

¿Usted cree que sus esfuerzos de hoy se van a mantener en el tiempo?
Yo pienso que mientras exista algún atacameño con corazón de atacameño, va a apreciar los trabajos que hemos realizado. Hoy existe una revaloración de las tradiciones y si vamos a cualquier escuela y preguntamos ¿alguien habla cunsa? Los niños saltan “yo”, “yo”, muy orgullosos de lo que saben.
También entiendo que es un proceso complejo en el que debe involucrarse toda la sociedad, desde las autoridades hasta las pequeñas comunidades. No decir: “ellos son atacameños”, sino “todos tenemos raíces atacameñas” sea de donde sea que vengamos. Si vivimos acá y echamos raíces acá, esta es nuestra tierra.

¿Cómo se ve en algunos años más?
Trabajando, feliz. Siento que tengo mis tareas cumplidas, una familia hermosa con hijos y nietos maravillosos. Por eso me iría feliz a vivir allá arriba, a San Pedro de Atacama, a disfrutar del silencio, lejos del ruido. Me siento muy afortunado, porque me pagan por hacer lo que me gusta y como si fuera poco, siento que he ayudado a que los atacameños se descubran a sí mismos y se valoren como pueblo.


“Me iría feliz a vivir allá arriba, a San Pedro de Atacama, a disfrutar del silencio, lejos del ruido. Me siento muy afortunado, porque me pagan por hacer lo que me gusta y como si fuera poco, siento que he ayudado a que los atacameños se descubran a sí mismos y se valoren como pueblo”.
 

 

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