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EDICIÓN | Diciembre 2012

Seguir descubriendo en la Pampa del Tamarugal

Por Juan Vásquez Trigo, Historiador
Seguir descubriendo en la Pampa del Tamarugal

“Allí estaban grabadas las manos de los estucadores de esas habitaciones de piedras, revestidas de barro; los camastros simples y dobles, rectangulares, también de barro, para proveer del descanso a esa población pequeña, de las cuales no se hallaron grandes capas residuales que denotasen una larga ocupación”.

En el marco de un estudio y cuando ya parecía que nada podía seguir descubriéndose en una superficie muy recorrida de la Pampa del Tamarugal, de pronto apareció un pequeño centro urbano de fines del siglo XIX o comienzos del XX. Y no es que haya aparecido por milagro súbito, sino que aconteció gracias a los seguimientos satelitales de Pedro Lázaro Boeri, que logró detectar este conjunto de treinta y cinco recintos, muy próximos a ciudades, carretera y otros bienes culturales que, por motivos obvios, no se pueden referenciar mayormente, hasta que no se haya previsto los mecanismos para su resguardo.

A partir de las georeferencias, el equipo de trabajo, constituido por los arqueólogos Horacio Larraín Barros y María José Capetillo, lo mismo que el historiador que suscribe, se abocó a revisar las fuentes bibliográficas y crónicas que permitiesen determinar antecedentes del poblado, que gracias a su camuflaje de afloraciones de sales parecía haber pasado por siempre inadvertido. Y en efecto, así había acontecido, ya que las fuentes de estudios actuales y de época, no daban señales de este centro. Primero pensamos en una salitrera y luego como una boratera, dudas despejadas con la complementación que se produce cuando arqueólogos e historiadores trabajan juntos.

El debate arrojó un resultado irrebatible: había que constatar en terreno. El trabajo de campo depararía no pocas sorpresas. No sin antes advertir al lector que estábamos frente a un poblado de este desierto árido y claramente de tiempos históricos y que, por lo tanto, no se trata de ciudadelas formidables.

Unos quinientos metros antes de llegar al sitio, hallamos un pequeño cementerio, asociado al poblado, que no había sido objeto de saqueos por buscadores de “reliquias”. Ya se habían detectado huellas de carretas y muchos senderos que convergían radialmente hacia aquella “nuestra ciudad” y que provenían de todos los puntos cardinales.

Y justamente esa sería la característica principal de ese asentamiento, rústico, simple. Allí estaban grabadas las manos de los estucadores de esas habitaciones de piedras, revestidas de barro; los camastros simples y dobles, rectangulares, también de barro, para proveer del descanso a esa población pequeña, de las cuales no se hallaron grandes capas residuales que denotasen una larga ocupación.

Pero, ¿qué era, cuál fue su función? Tan abundantes como las habitaciones eran grandes corrales con sus abrevaderos. Había muchos hornos que más daban cuenta de actividad cotidiana que industrial, y especialmente sorprendente fue encontrar al menos dos sitios de uso litúrgico, asociado a la cultura andina (“kanchas” y un pequeño altar en una de estas). Con ese referente se abrió la posibilidad que hubiese sido un centro de operaciones para el porteo del salitre con carretas o que se tratase de un centro relevante en el tránsito de ganado en pie desde el noroeste argentino, para proveer a las salitreras de Tarapacá, pues en ambos casos se empleó mucho a carreteros y arrieros de origen andino, lo que explicaría estos espacios rituales.

Al final y como debe ser, quedamos con más preguntas que respuestas y con los ánimos de seguir descubriendo acerca de este pequeño gran centro urbano–logístico del desierto tarapaqueño. Y como mensaje que va con la fecha, una reflexión: siempre es posible descubrir y redescubrir, incluso donde pensamos que ya estaba todo hecho y nada por hacer. Felicidades, y los mejores hallazgos en el año que se aproxima.
 

 

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