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EDICIÓN | Diciembre 2012

A contracorriente

Trinidad Ried Goycoolea
A contracorriente

Así siente que ha sido su vida. Una vida que le ha regalado momentos intensos, duros y plenos, que le ha dado esa capacidad infinita de abrir nichos insospechados y la oportunidad de ser partícipe de grandes desafíos. La fundación del colegio Santa Cruz en Chicureo, su cercanía con la metodología HighScope en Chile y la llamada Pedagogía de los Vínculos, cuyo libro está próximo a editar, son solo la punta del iceberg de una mujer excepcional.

Por Macarena Ríos R. / fotografía José Luis Salazar

Una sardina. Esa fue la metáfora que eligió Trinidad para explicarle a un profesor de redacción de la carrera de periodismo, quién era ella y su misión de vida. Fue durante su primer año universitario y el cuento que escribió para ese ramo —y que tituló Peces contracorriente— se transformó, en cierta forma, en su leit motiv y en el principio de todo lo que vendría después.

Tras su práctica en Megavisión, la contrataron para ECO Televisa (que había comprado hacía algunos meses el canal privado), y le ofrecieron irse a México y con ello, un mundo de posibilidades. Pero Trinidad eligió quedarse. Trabajó en ProChile y en la viña Concha y Toro, donde pudo desarrollar toda su creatividad en el área de marketing. La espera de su segundo hijo y los eternos viajes de Colina (donde vivía) a Pirque (donde quedaba la Viña), gatillaron su salida y, tras ella, la llegada al mundo de las fundaciones educacionales de la mano de Educación Empresa.

SANTA CRUZ

En paralelo, comenzó a gestarse la idea de crear un nuevo colegio en el sector. Junto a su mamá, que es académica, elaboraron un proyecto educativo, pero más que eso: desarrollaron un proyecto humano que hablaba de cómo aportar a la sociedad “gente valiosa, feliz y con herramientas súper potentes para enfrentar la vida”. Lo hicieron desde el corazón, conscientes de la responsabilidad que implicaba el formar personas. Al minuto de buscar una directora, todos los ojos recayeron en ella. Tenía veintiséis años. “¿Te das cuenta en lo que te estás metiendo?”, le preguntó Andrés Goycoolea, su marido. “Sí, pero no puedo zafarme, ya es parte de mí”, le contestó Trinidad. Una vez más apareció la sardina que había descrito ser en esa clase de redacción años atrás. La que nadaba contracorriente. La que buscaba algo más.

En octubre de 1996, les entregaron el sitio donde levantarían el colegio Santa Cruz: cinco hectáreas de orégano. Sin agua, sin luz, sin cerco. Fueron cinco meses de una verdadera maratón para construir el establecimiento educacional, conseguir el empalme eléctrico, instalar los pozos, hablar con los constructores y arquitectos sobre el diseño, lidiar con los maestros, con los albañiles. Con esfuerzo y a puro ñeque lograron lo que parecía imposible. Un imposible que hoy es un colegio hecho y derecho con cerca de mil alumnos.

¿Cómo fue ese primer día?
Inmenso, mágico, indescriptible.

EL ABRAZO DEL OSO

El recuerdo más nítido que tiene Trinidad de su infancia es el de su abuelo materno, Marcos Goycoolea. Un hombre alegre, sencillo, cariñoso, gozador, que la acercó a la naturaleza, a la vida al aire libre. Los recuerdos surgen como destellos. Los paseos eternos a los bosques sureños, sus chistes, los dibujos que estampó en su primer yeso. “Era como un oso, grande y alto, que me abrazaba siempre. Estar con él era como vivir dentro de la película La vida es bella”.

Aunque nunca publicó nada, él también ilustraba y escribía cuentos. De hecho, en uno de los últimos libros que editó Trinidad, incorporó La niñita rubia, un cuento que redactó su abuelo inspirado en ella. 

“Soy cero defendida”, me dice la Trini con sus tremendos ojos azules. Y le creo. Una mujer con algo de niña, que no ha perdido la capacidad de asombro, que se define ingenua, transparente, intensa. Tan intensa que, en quinto año de periodismo, mientras preparaba el examen de grado y luego de hacer la práctica, ya trabajaba en Megavisión, se había casado y esperaba su primer hijo.

¿Qué ha significado tu marido en esta aventura?
Ha sido el mejor regalo de la vida, mi piedra angular. Andrés es un tipo súper luchador, emprendedor, positivo, cercano, cariñoso y muy seguro de sí mismo. Con él me siento protegida y amada en forma incondicional. Somos el complemento ideal que nos permite potenciar todas nuestras facetas.

¿Qué te enamoró de él?
Su personalidad. Su parada contundente frente a la vida.

¿La alegría más grande?
Mi matrimonio, cada nacimiento de mis hijos, los libros, fundar el colegio.

¿El momento más duro?
El día que supimos que Andrés, mi hijo mayor, tenía una hemiparesia, (problema motor que se traduce en la parálisis parcial de la mitad del cuerpo, causado por un infarto cerebral). Tenía cinco meses. El neurólogo nos dijo que no iba a caminar nunca, que iba a ser un niño postrado, que tampoco iba a hablar. No pude parar de llorar. Fue el momento más triste de mi vida.

Y nuevamente la sardina que nadaba contra la corriente se hizo presente en el alma de Trinidad. Con más fuerza que nunca, buscó segundas y terceras opiniones, se hizo asesorar por diversos especialistas, fue a talleres con su pequeño Andrés, buscó nuevas terapias para sacarlo adelante. “Neurológicamente lo hicimos de nuevo. Aprendió a caminar, a andar en bicicleta, salió del colegio y hoy está en la universidad estudiando derecho con un muy buen promedio. Y eso te demuestra que es tan potente la fuerza del amor, que no hay barreras. Yo he visto niños que llegan de otros colegios destrozados y cuando le empiezas a armar el nidito de cariño, de contención, de afecto, donde valoras sus aptitudes y le dices que es valioso, poco a poco empiezan a florecer y lo hacen en plenitud”.

“AMAR ES UN RIESGO”

Trinidad, la que escribe libros infantiles, la que pinta, la actual vicerrectora del colegio, la que siempre nada contracorriente, dice que está embarcada en una cruzada personal, que hay un mensaje que quiere transmitir a través de su libro —aún sin nombre— que habla acerca de la llamada Pedagogía de los Vínculos (PV). Un libro que fue tomando cuerpo luego de un largo y afanoso invierno, casi en la frontera de Canadá, en la ciudad universitaria de Ann Arbor, Michigan. Fue el segundo periodo sabático que se tomaba con toda su familia. Y así, entre papas, paseos y secadoras, fue decantando, investigando y plasmando la segunda parte del Peces contracorriente de su adolescencia. Un libro que la tiene expectante y en el que ha puesto toda su energía.

“¡Es tan fácil hacer sentir bien a los demás! Basta con mirar a la gente a los ojos. ¿Cómo no embarcarse en una cruzada como esta? ¿Te vas a transformar en un profe frío, impersonal, donde apenas te sabes los nombres de los niños? ¡Arriésgate!, si al final amar es un riesgo. Hay quienes no te van a entender, hay quienes no te van a querer o van a decir que eres una loca; sin embargo, soy una convencida de que hay que ir tirando hartas semillas, porque más de alguna va a florecer, quizá no delante de tus ojos, pero en veinte años más se van a acordar de ti por alguna razón”.

¿Quién dejó huella en ti?
Hay personas que marcan para siempre, como mi abuelo, que murió cuando yo tenía ocho años. Y no hay día en que no lo recuerde. Es lo que en la Pedagogía de los Vínculos se llama “transferencia pedagógica”. Son voces que te acompañan la vida completa, pueden ser malas voces que recuerdan tus defectos o las cosas que hacías mal, o voces preciosas que te inflan, como una mamá bombín o una profe bombín, y que te hacen superarte y ser mejor.

El libro parte con la educación, pero sirve para cualquier ámbito. Cómo lo vives en tu matrimonio, en la sala de clases, en tu empresa. Toda esa metodología produce cambios gigantes.

Este es un extracto del prólogo del nuevo libro de Trinidad y que es un resumen perfecto para entender su cruzada y lo que la mueve: “La esencia del libro y del cuento que escribí en la universidad es la misma, pero ahora la experiencia y los conocimientos, los triunfos y los fracasos, las alegrías y las penas, los procesos y los duelos, el aprendizaje formal y el informal me han permitido aventurarme con esta metodología concreta de la Pedagogía de los Vínculos —concepto creado por el sacerdote alemán José Kentenich, fundador de Schoenstatt—, que busca rescatar al ser humano y cooperar en su proyecto de felicidad, en un mar que está cada vez más revuelto y que arrastra con fuerza a una supervivencia muy centrada en lo material y muy pobre espiritualmente”.

LOS CUENTOS DE LA TRINI

Recién casada, Trinidad se fue a vivir a Estación Colina, cerca de Lampa, y comenzó a colaborar en una pequeña revista con temas de educación y familia. A los veinte números comenzó a escribir cuentos con enseñanzas. Cuentos que llegaron a manos del padre Rafael Fernández, director de la editorial Patris, quien la instó a publicar e impulsó inconscientemente su incipiente carrera de escritora.

Corría el año 2000 cuando escribió —e ilustró— su primer libro, Peces Contracorriente, un conjunto de cuentos infantiles que lanzó en ese tiempo en Casas de Lo Matta y que fue presentado por Sylvia Lavanchy y Vasco Moulián. Y de ahí no paró más. Y mientras su creatividad la impulsaba a escribir más cuentos, su veta artística la transformó en cuadros y lienzos llenos de color que, hoy por hoy, plasma en un gran domo blanco a un costado de su casa y donde se le ocurren “todas las cabezas de pescado que hago”, comenta con una sonrisa cómplice. “La pintura es un canal, en cada cuadro quiero comunicar algo”.

LA FAMILIA

Mamá de Andrés (19), Benjamín (16), José Tomás (14), Felipe (12), Iñaki (7) y Trinidad (3), dice que es súper achoclonada y que las vacaciones a Curaumilla son un relajo y un tiempo real para estar todos juntos. “Son niños tremendamente cariñosos, niños que brillan, choros, potentes, simpáticos, muy intensos, con mucha libertad de ser lo que son”.

También asegura que su verdadera inversión de vida como familia son los viajes. Han hecho dos viajes de familia “sabáticos”: el 2003 a Marco Island por siete meses (tiempo en que su hijo mayor estuvo en rehabilitación) y el 2010, en Michigan, por seis meses trabajando en la metodología HighScope.

¿Qué te molesta?
El egoísmo.

¿Qué te emociona?
Los niños, la fe me conmueve, las experiencias místicas de encontrarme con Dios en la gente y la vida.

¿Has llorado de rabia?

Sí, es la forma que tengo de expresarla. ¡Mi enojo se sale por los ojos!

¿El mejor consejo que te han dado?
Que aprenda a esperar… pero en forma reflexiva, en el sentido de absorber y procesar todo lo que me está pasando.

¿Periodista, escritora, ilustradora o pedagoga?
Soy un instrumento de comunicación.

El tiempo se acaba. Mientras caminamos hacia la entrada del colegio, Trinidad me comenta que el fin de semana se va a la pequeña localidad de Tirúa (a ciento veinte kilómetros al sur de Lebu) con un grupo de alumnos y profesores del colegio a preparar lo que será la tercera caravana de solidaridad en septiembre y a participar en diversos trabajos, capacitaciones a los docentes y encuentros con la comunidad. Días de sueños y esperanzas que pretenden ser acaso un granito de arena que les permita construir un mundo mejor, más justo, más solidario, más comprometido.

 

“He visto niños que llegan de otros colegios destrozados y cuando le empiezas a armar el nidito de cariño, de contención, de afecto, donde valoras sus aptitudes y le dices que es valioso, poco a poco empiezan a florecer y lo hacen en plenitud. Así de potente es la fuerza del amor”.

“¡Es tan fácil hacer sentir bien a los demás! Basta con mirar a la gente a los ojos. ¿Cómo no embarcarse en una cruzada como esta? ¿Te vas a transformar en un profe frío, impersonal, donde apenas te sabes los nombres de los niños? ¡Arriésgate!, si al final amar es un riesgo.

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