La mitad de la vida se iba en una noche: un salón, música, danza y lo más granado de la sociedad chilena, donde se urdía el destino político del país y, cómo no, el romántico de las señoritas “bien”. Los bailes han sido un espacio de intensa vida social, con una fragancia que los discotequeros del siglo XXI podemos inhalar en algunos libros, autobiografías y una reciente exposición, que se presenta hasta marzo próximo en el Museo Histórico Nacional.
De los grandes terremotos, sus supervivientes hablan por años y décadas. De los bailes, también. Mal que mal, ambos causan conmoción, aunque por razones opuestas.
En Santiago, a comienzos del siglo pasado, las familias más encumbradas en la esfera social se embarcaban en ellos como un asunto de suma importancia. Verdaderas fortunas se gastaban solamente en alhajar las casas: mucha seda y moda francesa; mármol, cristales y espejos italianos. Para los paladares, fina gastronomía acompañada de mostos también importados. Para los egos: los convidados a tan trascendental evento debían invertir sumas millonarias, la etiqueta capitalina requería más intensamente los productos de joyerías y casas de moda.
Hasta marzo, estamos invitados a revivir, en parte, el esplendor y lujo de una de estas celebraciones, que por estos días cumplió cien años. El Museo Histórico Nacional exhibe trajes y fotografías del baile Concha Cazotte, celebrado en 1912 para conmemorar el santo de Teresa Cazotte. Por años, las familias de los asistentes conservaron vestigios de la fantasía primaveral que la anfitriona ideó para su onomástico. Desfiló lo más granado de la sociedad santiaguina, personificando a Luises, Catalinas y Federicos: emperadores, reyes y reinas, personajes de la literatura clásica y renacentista, seres mitológicos, fenómenos climáticos y de la naturaleza y exóticos peregrinos provenientes de Egipto, chinos, moros, turcos.
El baile se encuentra presente en la humanidad desde sus inicios; los movimientos rítmicos del cuerpo se suceden en una ceremonia mágica, practicada exclusivamente por los interlocutores entre los humanos y los espíritus de otro mundo, como son curanderos, machis o chamanes.
Su transformación a una actividad recreativa y social se experimenta cuando surgen las aldeas, la vida urbana, los instrumentos musicales. Al son de ellos se baila en forma profana. En Chile se practica la danza en el pueblo y en la aristocracia. Durante la colonia se celebran tertulias musicales y saraos. Amenizan la tarde las propias damas de la casa: arpa y guitarra entre las manos.
En las imponentes mansiones y palacios que empezaron a poblar la capital, entrado el siglo XIX y fruto de las grandes fortunas industriales, se construyen habitaciones especiales, diseñadas para alojar dicho festejo. Brillante parqué, una tarima para la banda y grandes espejos en las paredes se podían apreciar en palacios como el Ariztía (sede actual de la cámara de Diputados en Santiago), el Cousiño o el Concha Cazotte (emplazado en el conocido barrio Concha y Toro).
Allí se juntan, pero no se revuelven, grupos etarios de varones y damas. En una esquina, las matronas contemplan a los “muchachotes” y sus tímidos intercambios con las “muchachinas”, quienes aprovechan aquel respiro romántico permitido por la vida social. Los adultos conversan, arman y desarman en política y negocios. Se charla, se bebe en abundancia, se arregla el mundo. Alguna reminiscencia de estos eventos familiares queda aún en las fiestas de quince, que aún se celebran en algunas familias, tradición importada que remplaza las presentaciones en sociedad que abundaron en el Santiago de mediados del siglo XX.
Una serie de innovaciones causó que los residentes de los años 2000 tengamos que ir al libro o al museo para conocer estas experiencias: la educación mixta, la música envasada, los dispositivos electrónicos personales, de alguna forma, han separado a las parejas y quitado elegancia al evento, pero nunca al delirio, coquetería, vitalidad y emoción. Tantos años después, seguimos bailando.